Rodaje de ELEFANTE BLANCO: entrevistas completas

Rodaje de ELEFANTE BLANCO: entrevistas completas

por - Críticas
08 Ene, 2012 02:32 | 1 comentario

Por motivos técnicos, en la versión online de Clarín, sólo figura la entrevista a Darín. Aquí les agrego las entrevistas a Pablo Trapero, Jeremie Renier y Martina Gusman y, como yapa, todas están en versiones más largas de las que salieron publicadas en el diario. “Es buenísimo ésto, me voy a comprar uno y lo […]


Por motivos técnicos, en la versión online de Clarín, sólo figura la entrevista a Darín. Aquí les agrego las entrevistas a Pablo Trapero, Jeremie Renier y Martina Gusman y, como yapa, todas están en versiones más largas de las que salieron publicadas en el diario.

“Es buenísimo ésto, me voy a comprar uno y lo voy a usar todo el tiempo”, dice Ricardo Darín señalando al grabador. Es que intentar mantener una conversación con él en la vereda de un café se hace una tarea complicada por las constantes interrupciones de personas que quieren saludarlo, sacarle un foto o contarle algo. En un momento, cuando la cuestión empieza a tornarse complicada, Ricardo empieza a señalarle el grabador a cada uno que se acerca. “Ahora no puedo, estamos grabando, después hablamos”, susurra, como pidiendo disculpas o como si la entrevista estuviera saliendo en vivo.

Darín es un tipo al que la gente se acerca con cariño, como si se tratara de un amigo. Y Ricardo -cordial, amable- siempre hizo un culto del buen trato. Pero en un punto puede ser agotador. Algo de esa imagen y de lo que la gente deposita en los famosos, se hace presente en el rodaje de Elefante blanco, la película que está filmando con Pablo Trapero, que ya lo dirigió en Carancho.



Allí interpreta a un cura que trabaja en las villas y que se enfrenta a una serie de problemas que allí se suscitan, además de los que tiene con un cura amigo, más joven, que trabaja con él (el belga Jérémie Renier, actor de varios filmes de los hermanos Dardenne) y con la asistente social (Martina Gusman) que lo ayuda en su labor. El filme se está rodando en su mayor parte en Ciudad Oculta, y las expectativas que la gente allí pone en el cura, en la ficción, se confunden con las que ponen en Darín, en la vida real.

“Mucha gente cree que el famoso tiene posibilidades de contar lo que ocurre, entonces sos epicentro de una serie de reclamos. Se mezcla un poco –dice-. Pasa. Y si ves algo que está a tu alcance ayudar a resolver, lo hacés. Estamos ayudando a un chico que se tiene que hacer una operación urgente. Son cosas que pasan y no les podés sacar el cuerpo. La gente te habla de sus problemas con las cloacas, la falta de atención sanitaria, el narcotráfico, esperando que puedas ayudar de alguna forma. Hablaba con un grupo de mujeres de las Madres del Paco y me decían que estaban preocupadas por lo que va a ocurrir cuando se termine el rodaje. Una decía: ‘hace cuatro semanas que mis dos hijos no fuman paco porque están trabajando en la peli. ¿Qué va a pasar después?’.”

Esas zonas pantanosas en las que Trapero se suele meter (las mafias, las cárceles, la policía) encuentran en Elefante blanco un correlato personal aún más fuerte. Los que trabajan en el filme se replantean prejuicios y tratan de escapar a generalizaciones. Y también la experiencia los pone frente a otro “elefante” al que muchos prefieren no mirar: la relación personal con la fe y la religión.

“Es muy fuerte todo y es muy diferente en la teoría que estar en el terreno –cuenta-. Con la gente de la villa nos vamos conociendo y te enterás de sus problemas y aprendés a diferenciar. Muchos utilizan el facilismo de decir “villa” y creen que así describen a todos. Y eso es una generalización, una injusticia. Variás tu ángulo de enfoque al estar ahí, esa cosa de clase media que te hace creer que tenemos problemas graves por renunciar a un subsidio y no nos damos cuenta los verdaderos problemas que tiene la gente. Cuando entrás en contacto con ellos empezás a tener una percepción distinta de todo”.

¿Y en lo religioso como te toca?

Yo no soy religioso, pero hacer está película me hace poner en duda mi falta de fe. Lo que me ha llevado a la falta de fe, o falta de apego a la institución, es la distancia que yo tengo con cierta actitud de la Iglesia frente a los problemas de la gente. Pero cuando te toca trabajar con estos tipos metidos hasta el cuello en los problemas de la gente se te mueven un montón de cosas y empezás a dudar. No todo es tan claro y fácil.

Lo llaman para ir a toma. Adentro, en la vacía y enorme Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Palermo, le toca “unas escenas fáciles”, comparadas a las más intensas de la villa. Mientras el fotógrafo Bill Nieto acomoda la luz para grabar con la nueva cámara digital Arriflex Alexa, los asistentes acomodan cosas y hasta dos de los coguionistas (Santiago Mitre y Martín Mauregui) chusmean lo que pasa, la iglesia luce impactante. “Estamos filmando otra secuela de El Código Da Vinci”, bromea Trapero, a punto de arrancar con el plano.

Para Darín, se trata de una película compleja y abarcativa. Su personaje, cuenta, “ha seguido la línea de los sacerdotes obreros franceses, del movimiento del Tercer Mundo, ligado a la tradición e ideología del Padre Mugica, más pegados a la gente en la Tierra que a la religión en el cielo. Pero no por eso deja de ser un sacerdote. Se entera de un problema de un amigo, discípulo, mal herido y al borde de la muerte en una población indígena del Amazonas. Lo encuentra y lo trae a trabajar en la villa. Y ahí aparecen las patas reales de la trama: la gente que labura y la que no, políticos, funcionarios. Es una historia grande, abarca varios temas grossos: la realidad de la villa, los conflictos internos en la Iglesia, la confrontación entre proyectos para sacar a la gente de la indigencia. Hay una crisis de fe, hay sexo también. Hay de todo…”

Elefante blanco es una película larga (diez semanas de rodaje) y grande. “Vamos por la mitad y Pablo ya tiene un armado de una hora y media. Lo quiero matar, pero lo quiero… -dice y se ríe-. Es que donde ponés la cámara todo te parece rico y fuerte. ¿Qué dejas afuera de eso? La historia está cubierta y tenemos además un gran plus de imágenes”.

¿Te preparaste para el papel hablando con curas?

Permanentemente. Sacerdotes, curas villeros, patear el terreno y ver lo que hacen. No necesitás vivir un año al lado, enseguida ves lo que se deposita en ellos, lo que representan, son el epicentro de conflictos, reclamos y demandas de la comunidad. Gestionan, van y vienen, y al mismo tiempo hacen su trabajo pastoral que es evangelizar. Estoy aprendiendo un huevo.

Darín cree que Elefante blanco, a diferencia de otras películas “más realistas” del director de El bonaerense, va a tener un elemento distinto. “Es extraño, pero creo que los conflictos internos de los personajes mezclado con lo que pasa en la villa va a terminar dando una sensación de tener algo místico”, dice.

Y también más dura…

Claro. Esta es la película mas arriesgada que Pablo hizo en su vida y la mía también. Y no hablo de interpretación. El trabajo, llegar el lugar, cómo filmar. O te transformás en un invasor que retrata desde afuera o te metés con las patas adentro y te involucrás. Nosotros elegimos este camino: estar en contacto permanente con la gente.

 

EL AÑO DE DARIN

“Me procuré un semestre tranquilo”, dice Ricardo acerca del año pasado. “Pero ahora se me juntó todo”. Y empieza un repaso que suena agotador. “Termino acá a fin de enero y me voy a Francia y a Inglaterra a hacer prensa de Un cuento chino. De ahí a Barcelona a rodar una película con Cesc Gay, que son cuatro historias y yo actúo en una. Vengo, descanso un poco, y casi seguro me meto en un policial (Tesis sobre un homicidio, de Hernán Goldfrid).” Y a eso le sigue una película dirigida por Martín Hodara, correalizador con él de La señal. Y luego el demorado proyecto de Walter Salles. Y luego, quizás, volver a dirigir.

“Creo que sí, estoy más cerca, pero no tengo un libro aún, es una irreverencia pensarlo. Pero desde que se me abrió esa compuerta voy incorporando cosas, me metó en los proyectos desde otro lugar. Es como un Master. La historia es mi mayor obstáculo. Cuando la tenga, me mando”, dice.

Con lo que sigue sorprendido es con la repercusión en el exterior de Un cuento chino.  “Se prendieron fuego en todos lados. Alemania, Italia, Brasil, ahora sale en Francia. En el único lugar donde la historia no impactó tanto fue acá. La gente respondió, pero a nivel crítica fue tomada con naturalidad. Afuera les parece arriesgada, novedosa. Me moviliza lo que ocurre. Salvando las diferencias, me hace acordar a Nueve reinas, que se hizo de abajo, con el boca a boca. Ya estamos planeando otras con Sebastián (Borensztein). Cuento… nació de juntarnos a comer, charlar y cagarnos de risa. No teníamos nada. Eramos él, yo y una provoleta. A la peli le decimos ‘la provoleta’.”

 

 

PABLO TRAPERO

La iglesia, enorme y vacía, cobija al pequeño equipo que está trabajando. Entre ellos, yendo y viniendo de los actores al puesto de cámara, está Pablo Trapero, que conversa con Clarín entre idas y venidas de la preparación. Este proyecto, durante mucho tiempo titulado Villa, logra concretarse finalmente tras una serie de retrasos. “Lo tengo de la época de El bonaerense, creo, o antes”, dice Pablo, que reconoce que el origen de la historia está ligada a su adolescencia.

“No es autobiográfica, para nada, pero hay como un recuerdo, imágenes, que tengo de una época en la que iba a hacer trabajo social a las villas, y que mucha gente de clase media hace. Yo iba a una escuela salesiana durante la dictadura y se hacía mucho trabajo social y también había curas refugiados en la escuela. Ese contraste me marcó mucho, ver como gente trabaja de manera silenciosa para ayudar. Me interesaba contar la historia de personas que entienden la religión de una manera diferente a la tradicional. Lo humano, antes que lo religioso. En ese sentido son personajes opuestos a los de Carancho: ellos vivían de la desgracia ajena, éstos la combaten”.

El proyecto, dice, lo iba a hacer después de El bonaerense, “pero era una producción complicada de tiempo, gente y locaciones y se fue atrasando. Tampoco quería que quede pegada a películas como las de las favelas (Ciudad de Dios, por ejemplo), porque no tiene nada que ver con esa y no quería quedar subido a una moda. Es un universo diferente.”

El director de Mundo grúa dice que lo más difícil de esta experiencia es “hacer convivir a todos estos mundos: el equipo, Darín, un actor extranjero, todos ellos conviviendo en un lugar muy diferente al que están acostumbrados. Y a la vez es lo más movilizador del proceso. Como todas las películas, está lo que pasa en la ficción y lo que vivís mientras la hacés. En ese sentido, esta es una película extrema.”

Trapero reconoce que hay un cierto criterio de “exploración de universos” en cada una de sus películas. “Me gusta descubrir mundos que, si no fuera por el cine, vería de manera más distante. Enfrentarte con eso y confrontarlo con tu realidad. El filme es un viaje personal y es ficción, no es periodístico. Antes que la denuncia está el cine, no creo que sea necesario ser explícito. Las denuncias se hacen en los juzgados, las películas sirven para provocar debates. Si lo que pasa conmueve a los espectadores y los hacen cambiar, accionar, mejor. Pasó con Carancho y Leonera. Muchas películas de denuncia sólo le hablan a los que piensan lo mismo de lo mismo. Yo prefiero invitar al debate”.

Y la experiencia en sí le hizo replantearse cosas y replantearse prejuicios. “La gente quiere saber si es violento o no, si hay trabajo o no. Pero lo que pasa adentro tiene muchos más matices de lo que sale en los diarios o en la televisión. Lo más fuerte, para mí, es entender que la villa no es nada, es un conjunto de casas en las que hay personas y cada una tiene una historia para contar. Son eso -personas, historias-, no podés generalizar”

El elenco, dice, se arma, además del personaje de Darín, con un “cura gringo”, que “es un extranjero, ya que esos movimientos son internacionales, como Médicos sin Fronteras, no importan de dónde son sino adónde van” y una asistente social “que es la parte laica del asunto”. Según Trapero, “ese trío era una buena base”. Renier llega, cuenta, “porque lo vi en las películas de los Dardenne y tenía esa dosis exacta de extrañeza que necesita la película, además de ser un actor increíble.” ¿Y Ricardo? “Me encanta como trabaja y quería repetir, ya es un compinche en esta historia. Lo mismo que Martina, con la que nos conocemos bien y trabajamos muy bien juntos, por suerte…”, se ríe.

 

 

MARTINA GUSMAN

Martina Gusmán ya casi terminó de rodar su parte y ahora está en Mar del Plata, en plena temporada teatral, haciendo Extraños en un tren, adaptación de la película de Hitchcock en la que actúa con Gabriel Goity y Pompeyo Audivert, entre otros. Desde allá, habló de este tercer protagónico con Trapero, su marido.

“A diferencia de Leonera y Carancho, este personaje no me es tan lejano. Hice trabajo de campo, fui a las villas, pero yo cuando era adolescente y militaba, hacía algo parecido. Es un mundo más cercano a mí que los otros, que no tenían nada que ver con mi vida”.

Esa asistente social que encarna entra en una relación algo complicada con el personaje de Rénier. “Es un actor increíble y tiene un nivel de intuición fantástico, una conexión más allá de sus dificultades con el idioma. Es lindo lo que hicimos juntos. Con Ricardo ya tenemos experiencia juntos y me gusta mucho tranajar con él, aporta cosas todo el tiempo”.

De cualquier manera, admite sin vanidad, que “si bien hay una historia de amor que se va armando, la película está más centrada en el vínculo entre ellos. Y muy importante es el lugar, es un personaje más. Al final, Elefante… es una reflexión sobre ese ambito social, sobre religión y política”.

Martina, que no oficia de productora en este filme (“no podía, muchas cosas a la vez”), dice que el filme le sirvió para sacarse “preconceptos y miedos al ir a la villa. Puede ser que si vas a Ciudad Oculta solo sea peligroso, pero al entrar desde este lugar vas conociendo las injusticias, las imposibilidades, el deseo de una vida diferente que hay. Hay mucha desprotección, lo notás en los chicos especialmente”.

Para cerrar, cuenta una anécdota que le quedó grabada. “El segundo día hicimos un plano secuencia largo desde un segundo piso del edificio hasta afuera. El equipo pasó y me quedé sola. Y viene un piojito y me dice: “No te preocupes, yo te cuido”. Me impresionó. Tendría cuatro años.”

 

 

JEREMIE RENIER

Hace dos meses que está aquí y, dice, ya habla mucho mejor castellano que cuando llegó. “Es la primera vez que estoy acá, me encanta la gente, muy cool todo, disfrutando”, dice el actor belga de 30 años, mezclando inglés y castellano, si bien su lengua original es el francés.

Renier (no confundir con Jeremy Renner, el actor de Misión: Imposible 4 y Vivir al límite) es conocido gracias a cuatro películas con los Dardenne como La promesa, El silencio de Lorna, la inminente El chico de la bicicleta y, especialmente, El niño, en la que encarnaba a un padre que vendía a su bebé. “Son mis padres del cine, de no ser por ellos no estaría aquí. Son increíbles y tenemos una relación muy profunda. Crecí con ellos”, explica. Trabajó también en filmes como Potiche, Escondidos en Brujas, Las horas del verano y Pacto de lobos, entre otras.

Y fueron los Dardenne, que conocían a Trapero, los que le recomendaron trabajar con Jérémie. “Hace mucho tiempo me contaron del proyecto de Pablo. Luego Trapero me llamó, me contó la historia y me gustó. Es un guión increíble. El tema era que tenía que estar en muy pocas semanas en Buenos Aires y venía de hacer una película grande en Francia, y no sólo estaba cansado sino que necesitaba trabajar mi castellano. Le dije que necesitaba más tiempo, pero al final me convenció. Es un gran proyecto, con dos grandes actores como Martina y Ricardo y un excelente equipo”. Ahí fue que se sentó y vio la filmografía completa de Trapero. “Y me encantó”, agrega.

Jérémie reconoce que es “complicado actuar en otro lenguaje. A Pablo le gusta que los actores cambien sus textos y es difícil reaccionar cuando te cambian la letra. Pero voy aprendiendo y me voy soltando. Ya estoy mucho mejor que al principio”. Su personaje es “alguien que tiene una larga relación con Darín y que él rescata de Perú para venir a trabajar en la villa. Allí trabaja Martina también. Y ahí se mezcla un poco todo: la relación entre ellos, el trabajo, la religión.”

Renier no se considera religioso, pero cree que es importante el trabajo que los curas hacen en las villas. “En Bélgica no hay villas así, pero hay cosas parecidas. Al estar allí, trabajando, siento que la película es muy importante para la gente de allá”.

Con Darín, agrega, entablaron una relación excelente. “No sabía que era tan famoso. Y me encanta que sea una persona amigable, abierta. No hay muchos actores como él en el mundo”. Darín devuelve gentilezas: “Jérémie está haciendo un trabajo formidable, titánico. Y es un muy buen tipo, es un placer laburar con él. Nos hicimos amigos, vamos a comer juntos, viene a casa. Son cosas que ocurren cuando estás fuera de tu país, terminás teniendo una especie de familia sustituta.”

Pero lo que sí tiene Jérémie es un actor que se llama igual que él. “Sí, Jeremy Renner, es gracioso. Y encima tenemos la misma edad (se ríe). Pero no es un problema. El es famoso, yo no tanto.”