Roman Polanski, Twitter y la crítica «para especialistas»

Roman Polanski, Twitter y la crítica «para especialistas»

por - Críticas
12 Mar, 2012 07:51 | comentarios

«La crítica cinematográfica argentina es la única crítica cultural que solo se interesa masivamente por obras para especialistas.» – Daniel Molina (@rayovirtual) Twitter es una herramienta temible, generosa, contradictoria, extraña. Produce la sensación de estar participando de una especie de coro griego de eso que llaman realidad y, a la vez, también te hace pensar […]

«La crítica cinematográfica argentina es la única crítica cultural que solo se interesa masivamente por obras para especialistas.» – Daniel Molina (@rayovirtual)

Twitter es una herramienta temible, generosa, contradictoria, extraña. Produce la sensación de estar participando de una especie de coro griego de eso que llaman realidad y, a la vez, también te hace pensar que estás perdiendo el tiempo como un pelmazo y que el asunto no es más que una interminable sobremesa donde los comensales no se sentarían jamás a comer el mismo asado.

Pero Twitter es, por momentos, inevitable, inescapable, te succiona y no te deja salir. El otro día viajaba en un colectivo por la ciudad y chequeando Twitter en mi teléfono me topo con un tweet de Daniel Molina (@rayovirtual, para los que lo ubican por ese nombre) que me fue inevitable contestar. Decía lo siguiente: «No sé en qué momento la crítica profesional de cine se distanció para siempre del deseo del espectador de cine. Pero sucedió.» Previsiblemente, me fue inevitable contestar y seguir debatiendo durante lo que duró mi viaje. Logró, sí, que el trayecto se me pasara rápido…


Contextualizando. Daniel Molina se autodefine en Twitter así: «Crítico cultural. Estoy interesado en las nuevas experiencias. Argentina. Literatura. Entretenimiento. Cultura Web». Y es un tipo habitualmente lúcido que escribe en varios suplementos culturales, da clases, tiene una historia de vida muy fuerte y es bastante respetado en ámbitos intelectuales. Pero, por algún motivo que se me escapa (especialmente viniendo de alguien que se define como «interesado en las nuevas experiencias»), la tiene contra los críticos de cine a los que muchas veces llama snobs y, por consecuencia, también contra el BAFICI y todo lo que huela a «otros cines»…

Según entiendo, Daniel venía de ver UN DIOS SALVAJE, de Roman Polanski, una película que la crítica local no trató demasiado bien (en el mejor de los casos las críticas fueron respetuosas, la calificaron con un «bueno», y de ahí para abajo) y que a él le había gustado. Su comentario, claro, y los que siguieron luego de iniciar una amable discusión conmigo al respecto, trataban de establecer una lógica que a él le molestaba y que queda más o menos clara en los dos tweets suyos que ya copié arriba y que otros dos tweets posteriores reafirman: «Es como si yo solo elogiase libros de poesía hermética. Y dijera que el resto es basura o, cada tanto, algo kitsch, «de culto» y «No veo algo semejante (el desprecio por el espectador lego, pero culto) en la música, la literatura, las artes visuales, etc.»

La discusión es, por cierto, demasiado compleja para resolver en bloques de 140 caracteres y menos cuando terminarían siendo dos monólogos en paralelo para algunos espectadores virtuales probablemente pasivos. Intenté responderle usando tres ejes que son los que quisiera exponer acá, de una manera un poco más extensa. Por un lado, la idea del «deseo del espectador de cine» como una condición natural, preexistente, con la que todos venimos formateados de nacimiento y que nos dice, supuestamente, cómo deberían ser las películas para que nos gusten. Por otro, enorgulleciéndome de ese comentario suyo que nos ubica a los críticos argentinos como los únicos que nos interesamos de manera supuestamente masiva «en obras para especialistas», especialmente tomando en cuenta que en el resto del mundo se trata de la excepción (sólo basta, digamos, leer a Carlos Boyero en El País español). Y, tercero, tratando de dejarle en claro que no sólo nos interesan «las obras para especialistas», sino que el grueso de la crítica argentina celebró en los últimos meses, por ejemplo, películas como J. EDGAR, CABALLO DE GUERRA, LA INVENCION DE HUGO CABRET, MONEYBALL, etc, etc. Películas no particularmente hechas «sólo para especialistas».

El «primer eje» es un poco obvio y nos lleva a considerar la idea de que las estructuras narrativas clásicas y/o tradicionales son naturales al espectador, que no forman parte de una educación audiovisual que lo va llevando a esperar determinados tiempos narrativos y cierto realismo psicológico. Lo que «le gusta a la gente» -sea eso una superproducción estadounidense o un «filme de autor europeo»- es una idea con la cual la crítica argentina (o al menos parte de ella) ha venido discutiendo hace muchos años y da la impresión de que, más allá de muchos avances realizados (de los cuales el BAFICI es el ejemplo más claro) nunca termina de cerrar. La misma gente que no tiene problemas en experimentar en la gastronomía, en la música, en la literatura o en el arte, siente que el cine tiene un formato que debe ser respetado y que, cualquier modificación que se le haga, debe ser castigada, reprimida, tildada de «snob», pretenciosa, etc. Y no sólo los espectadores «comunes». Sino, se ve, también en ciertos círculos periodísticos y/o intelectuales.

El «segundo eje» se conecta directamente con el primero, ya que mi experiencia a lo largo de los últimos 15 años me permitió ser testigo de que el caso de la crítica argentina es envidiado en casi todo el mundo, especialmente en América latina o España. Son pocos, poquísimos, los lugares en los que los medios masivos tienen críticos de cine que todavía tratan de observar el fenómeno cinematográfico más allá de los estrechos paneles que dividen todo en Cine de Hollywood vs. Cine europeo, Cine comercial vs. Cine de autor o «cine vs. cine para entretenerse». Requerir que la crítica cinematográfica se sume al ritual de la autocelebración que tiende a existir en otras artes (buena parte de la crítica musical y literaria, sin ir más lejos), poniendo el pulgar para arriba en todo lo que «debe ser» aceptado y negando, o marginando, lo que no tiene permiso para serlo, es quitarle lo que algunos consideramos como lo mejor que la crítica local tiene para ofrecer: la posibilidad de mirar a su manera, de quebrar los razonamientos binarios que mantienen al cine en compartimientos estancos. Es un trabajo que muchos venimos haciendo hace ya 15/20 años, pero sigue resultando una batalla cuesta arriba. Y apenas se dice que una película de Polanski que «debería ser buena», no lo es, salen cientos de voces a criticar a los críticos.

El tercer eje es también obvio para todos los que leen las críticas en los medios argentinos. No sólo se celebran las obras para especialistas ni mucho menos. Hay un grado de heterogeneidad que permite que las listas de mejores películas anuales estén integradas, sí, por una película rumana y otra de Kiarostami, pero también por un dibujo de Pixar, por SUPER 8, por  RAPIDO Y FURIOSO 5 o -como ya algunos saben- por un JACKASS 3D que despertó otro tipo de polémicas en su momento. De cualquiera manera, prefiero no centrarme en esto porque parece una especie de defensa o autojustificación («fijate que también nos gustan las películas que le gustan a la gente normal») y es lo que menos me interesa hacer ante este tipo de «acusación».

La crítica cinematográfica en la Argentina apoya el cine «para especialistas» tanto como la crítica musical o literaria puede apoyar a bandas que apenas venden unos pocos discos o libros que nadie conoce. Lo que no se consigue -y parece una batalla perdida a esta altura- es convencer a la gente que el cine también tiene el «derecho» a ser otra cosa, llámese como se llame eso que Molina define «para especialistas». Da la impresión que de todas las artes masivas, el cine es la única que está obligada por alguna especie de absurdo contrato quién sabe con quién, a ser siempre accesible para todo el mundo, a no poder tener un grado de «especialización», a tener que conformar siempre a todos por igual. Una exigencia que no se le hace a ningún otro arte o forma de entretenimiento.

De cualquier manera, la acusación de Daniel venía a partir de una película en concreto, que es UN DIOS SALVAJE, de Roman Polanski, que a muchos -inclusive a mí- nos parece una bastante mediocre adaptación de una obra teatral que tampoco da la impresión de ser demasiado interesante. No es éste el momento de hablar en extenso de los problemas de la película del habitualmente elogiado Polanski (los comenté aquí mismo en el momento de su paso por el Festival de Venecia), pero tampoco es difícil de entender, viéndola, porqué la crítica cinematográfica puede haber sido un poco dura con el filme, aún con lo respetado que es Roman como cineasta.

Más allá del interés que para algunos pueda tener como texto teatral, es una película con muy poco nervio y creatividad cinematográfica, algo raro en Polanski especialmente en situaciones de encierro y agobio. De hecho, es casi su especialidad y suele saber sacarle buen jugo. Acá está tapado por el texto o tal vez por el ego de actores que nunca estuvieron tan, digamos, «desprotegidos». O bien, librados a su suerte.

El mismo Molina lo dice en uno de sus tweets antes de la discusión: «tal vez no sea cine, pero los espectadores la van a disfrutar». Ahí, probablemente, radique buena parte del problema: somos críticos de cine, no policías de tránsito del potencial disfrute del espectador. Nos interesa si lo que vemos es o no es buen cine. Si el espectador lo disfruta o no, no sólo es otro tema sino que no lo podemos saber. Por suerte, hay críticos de cine en este país que superaron el «vaya, la va a pasar bien», el «se deja ver» o el «mejor quédese en su casa». Pedir por eso es querer girar la rueda del tiempo 30 años atrás. O, tal vez, hacernos preparar para el estilo «rebaño» que tarde o temprano se impondrá y que, parece, ni siquiera molestará a los intelectuales.