BAFICI 2012: Adolescencias

BAFICI 2012: Adolescencias

por - Críticas
23 Abr, 2012 09:38 | comentarios

Al cumplir los 14 años, el BAFICI parece haberse transformado en un adolescente hecho y derecho. No sólo por tener una sección llamada directamente ADOLESCENCIAS (dedicada específicamente al tema), sino porque la mayoría de las películas argentinas en el festival contaron historias de adolescentes y jóvenes. Esa adolescencia podría trasladarse también a cierta etapa, o […]

Al cumplir los 14 años, el BAFICI parece haberse transformado en un adolescente hecho y derecho. No sólo por tener una sección llamada directamente ADOLESCENCIAS (dedicada específicamente al tema), sino porque la mayoría de las películas argentinas en el festival contaron historias de adolescentes y jóvenes. Esa adolescencia podría trasladarse también a cierta etapa, o actitud, del festival que uno, acaso forzando los paralelismos, podría definir como «adolescente». O, al menos, un poco confundida, enmarañada e insegura.

Lo de las películas es sorprendente. Uno podría decir, pegando un rápido vistazo por los filmes seleccionados, que es el tema del festival. Las tres películas argentinas de la Competencia Internacional tienen a protagonistas de un rango que van de los 13 a los veintitantos años: los chicos en fuga de LOS SALVAJES, los hermanos de GERMANIA (título con doble sentido si los hay) y el adolescente tardío que encarna Martin Piroyansky en LA ARAÑA VAMPIRO son casi modélicos en ese sentido, si bien todos muy distintos entre sí. Y de los 14 títulos de la Competencia Argentina por lo menos la mitad tiene protagonistas adolescentes y/o jóvenes, de AL CIELO a MIS SUCIOS 3 TONOS, de IGUAL SI LLUEVE a EL ESPACIO ENTRE LOS DOS, y tampoco son del todo adultos, en más de un sentido, los protagonistas de VILLEGAS, DROMOMANOS y MASTERPLAN.

Muchas de esas películas, también, funcionan con la idea del escape, de la iniciación, el rito de pasaje, el fin de la inocencia y demás transiciones típicas de la adolescencia. Qué motiva que el cine argentino -a que sus directores y los seleccionadores- se haya puesto tan adolescente se me escapa, pero es llamativo que casi no haya adultos en sus historias, que raramente los protagonistas superen los veintitantos y que, cuando sí los superan, sólo parecen hacerlo en cuanto a la edad, no a la madurez.



En las cuatro primeras películas de la Competencia Argentina que cité, las similitudes exceden a la edad de los protagonistas: sus situaciones específicas son muy similares, sus intereses sexuales tienen bastante en común, lo mismo que el rol central que en todas ellas tiene la música. De una manera un poco más indirecta -con cumbia en alemán, digamos- uno podría sumar a GERMANIA. Más allá de las especificidades de esa comunidad, lo que les sucede a los protagonistas no es muy diferente.

Esa idea permanece en muchas de las películas extranjeras elegidas (el caso más «excesivo» es NANA, con su protagonista de 4 años) y uno podría atribuirla tanto a la casualidad, al gusto de los programadores o al hecho de que, tal vez, sea una pequeña obsesión de los cineastas de hoy hablar de sus adolescencias, recoger de ese arcón de recuerdos material para sus películas. Epocas confusas, realidades poco claras, da la impresión de que hablar de tiempos pasados es un reaseguro para los realizadores, así como una forma de universalizar sus propuestas.

Es que si hay otro tema central, y que muchas veces va en conjunto con el de los protagonistas adolescentes, es que los escenarios raramente son porteños. Salvo MASTERPLAN, porteña de pura cepa, las películas transcurren en ciudades más chicas, pequeños pueblos, en el campo, en ciudades del interior del país o en distintas locaciones del mundo, de Corea a Praga. Pero solo el filme de los Levy o los primeros 10 minutos de VILLEGAS están filmados aquí, lo que habla por un lado de la descentralización del cine nacional, pero también de la impotencia de los realizadores para encontrar historias valiosas para contar entre las millones posibles que pueden existir en esta ciudad.

Es un poco una broma que esto coincida con la edición número 14 del festival. Y si bien el combo debe ser puramente casual (podría haber sido pensado como un tema del festival a la hora difundirlo, de haberse pensado así) a uno le tienta trazar equivalencias entre las películas y el festival que las aloja. Un evento que, a muchos de los que lo recorremos desde que nació, lo encontramos en un territorio extraño, por momentos irreconocible. Sigue siendo, sin dudas, uno de los festivales con mejores películas que conozco, pero a la vez uno no puede evitar observar una suerte de apatía, de confusión y hasta de inseguridad en él.

Con la inocencia perdida ya hace mucho tiempo por la lógica políticamente perversa que se impone en los eventos locales, el BAFICI parece medio confundido en su camino, si se quiere, hacia la edad madura. Con una programación discreta, entre errática y cómoda, que plagó las competencias de títulos de un nivel que no superaba lo aceptable en la mayoría de los casos, y una premiación bastante discutible aún dentro de esos parámetros (pero eso no le compete al festival, obviamente), la sensación que corría alrededor del Abasto es que no se trató de la más feliz de sus ediciones.

Uno podría suponer que es esa «adolescencia» la que lleva al festival a actuar como a la defensiva, entre fastidioso y apático, refugiándose en un básico sistema de amigos y enemigos, que nunca ayuda ni al análisis ni a la autocrítica. Autocrítica que también les (nos) corresponde a los periodistas, a los que trabajamos allí y entendemos que nuestras críticas, de haberlas, son para ayudar a hacer un mejor festival, no para otra cosa. Monólitico hacia afuera, impenetrable en sus contradicciones, el BAFICI 2012 fue de 14 años en más de un sentido. En las pantallas y en los pasillos también.