San Sebastián 2018/Estrenos: crítica de “Nace una estrella”, de Bradley Cooper (Perlas)

San Sebastián 2018/Estrenos: crítica de “Nace una estrella”, de Bradley Cooper (Perlas)

por - cine, Críticas, Estrenos, Festivales
29 Sep, 2018 07:16 | comentarios

Cuarta versión de la clásica historia de amor entre una celebridad veterana y algo decadente que se enamora y lanza a la fama a una joven talentosa e inexperta, la película cuenta con grandes actuaciones, sólidos números musicales, pero va perdiendo su fresco y natural tono inicial por uno más propio del melodrama clásico que el realizador no parece poder manejar del todo bien.

Cuarta versión de la misma historia, NACE UNA ESTRELLA tiene una propuesta tan contundente como indestructible. La historia de un artista veterano que se enamora de una colega más joven, la ayuda a triunfar en el mundo del espectáculo para luego ser testigo del crecimiento y la popularidad de ella a la par de la decadencia suya. En sus dos primeras versiones (la de 1937, con Janet Gaynor y Fredrich March; y la de 1954, con Judy Garland y James Mason) el universo era el del cine, actores y actrices. Ya en la de 1976 (con Kris Kristofferson y Barbra Streisand) y la actual (con Lady Gaga y Bradley Cooper), todo sucede en el mundo de la música. Es una serie de películas que ha contado con los mejores guionistas y escritores de Hollywood, de Dorothy Parker a Joan Didion, pasando por William Wellman. Y muy buenos directores, como el propio Wellman, George Cukor (en la que para mí.es la mejor de todas, del 54) y Frank Pierson.

La versión dirigida por Cooper es bastante similar, en más de un sentido, a la de 1976. No solo porque transcurre en el mundo de la música (una suerte de country rock mezclado con baladas pop que es lo que hacían Kristofferson y Streisand, solo que acá hay un poco más del pop bailable propio de Gaga) sino que hasta los looks son parecidos, con Cooper caracterizado un poco como ese actor y otro tanto como Eddie Vedder, el lider de Pearl Jam, y Gaga, especialmente en la primera parte del filme, muy al natural y bromeando sobre su nariz, uno de los atributos más reconocibles, después obviamente de su voz, tanto de ella como de Barbra.

La película no altera en demasía en modelo narrativo, pero sí un poco el estilo. Y eso hace que se sienta como un film partido al medio. Es que en su primera mitad —la que va desde que el artista famoso y alcohólico conoce a una chica talentosa pero sin suerte en el espectáculo hasta que se establecen como pareja—, Cooper usa un registro más moderno y fresco, que por momentos parecen casi improvisados por los actores, con escenas muy sueltas, naturales y encantadoras, especialmente en la larga secuencia en la que se conocen. Y si bien la película sigue así durante un buen rato, cuando ella empieza a sumarse a sus espectáculos y a crecer con peso propio, hay un punto de inflexión promediando el relato en el que NACE UNA ESTRELLA se convierte en otra cosa.


¿En qué? A partir de la aparición de un manager que la quiere contratar a ella, llevar su carrera en otra dirección musical y alejarla de la casi siempre alcoholizada estrella de rock (bah, country rock), los mecanismos más tradicionales del melodrama empiezan a hacerse sentir. Este no es un problema per se, pero como esa primera mitad era tan naturalista y hasta indie de estética, el choque estilístico se vuelve fuerte. Y todo lo que antes parecía natural y convincente pasa a convertirse en algo mucho más estructurado que, tengo la impresión, que ni el guion de Eli Roth ni Cooper como director consiguen llevar bien adelante. El problema, aún con el cambio de género, de todos modos es otro: es que lo que al principio hacían bien, luego lo hacen mal. Y uno siente que la película ya no fluye como antes. Y ni las esperables lágrimas surgen naturalmente.

Es una pena que esa magia se pierda (da la sensación, además, por ciertos huecos en el relato o saltos muy pronunciados en el tiempo, que hubo que cortar algunas cuantas escenas) porque la primera mitad es extraordinaria, con Lady Gaga, en especial, funcionando a la perfección como está chica trabajadora que canta en un bar de “drag queens”, que se engancha con Cooper una noche que él cae borracho al bar después de un show. Fresca, vital, bromeando sobre sus dificultades para triunfar por su look no muy tradicional (y su gran nariz), Gaga la rompe ante un Cooper que la mira admirado (como colega y director) y enamorado (como personaje). El también está muy bien como el sufrido y decadente músico con traumas infantiles y apegado al alcohol y las drogas. Su voz carrasposa y de llevar siempre algo de alcohol en la sangre lo torna parecido a Vedder pero su música, más cercana al pop-rock con acento country es más heredera de la de Kristofferson.

En su segunda mitad gran parte de esta naturalidad se pierde. Hay toda una cuestión de elecciones musicales que quedan de lado de la trama (ella deja las baladas y el tono de cantautora para transformarse, cual Taylor Swift o similares, en una estrella pop de atuendos llamativos rodeada de bailarinas) y el giro entre su ascenso y la decadencia de su marido se vuelve demasiado veloz, sin el desarrollo necesario. Da la impresión, en algunos momentos, que todo fluiría mejor en el marco de una miniserie de 6/8 episodios. A esto habrá que sumarle las decisiones musicales específicas (la banda sonora es un elemento importante del film) y si bien Gaga responde a los géneros que trabaja fuera de la ficción, los estilos elegidos para Cooper atrasan 20 años. Pudiéndolo volver un rockero más puro y duro (mejor idea habría sido un romance entre estrellas de hip hop), eligen para él una onda tipo Eagles o esas bandas de rock sureño con influencias country de los ‘70 que si bien se siguen escuchando hoy (o hay bandas nuevas, similares) suenan un poco fuera de época.

Pero eso es cuestión de gustos musicales. El problema real de la segunda hora no es necesariamente de música ni de actuación sino de guión (de Eric Roth y el director) y hasta de la capacidad de Cooper como cineasta para manejarse en esas zonas donde las emociones son más grandilocuentes y clásicamente hollywoodenses, algo que no parece manejar del todo bien. O, al menos, no tan bien como el tono de la primera parte. Allí, NACE UNA ESTRELLA derrocha parte de su frescura y su potencia, prefiriendo caminar paralela y perezosamente al lado del guion sin ponerle demasiados condimentos propios. Y es una lástima, porque tenía todo para ser una gran película. En especial, una gema actoral como Lady Gaga, que va camino a seguir haciendo grandes cosas.