Series: crítica de “Black Mirror” (Temporada 5)

Series: crítica de “Black Mirror” (Temporada 5)

Los tres episodios de la quinta temporada de la serie que se ve en Netflix son más sencillos y optimistas que los habitualmente rebuscados y oscuros capítulos típicos de la serie. Pero los resultados son igualmente desparejos.

Nunca fui demasiado fan de BLACK MIRROR. Sí, como a todo el mundo, algunos episodios me han gustado mucho, otros lo suficiente y el resto –los más, diría– no demasiado. Más allá de cada historia y anécdota en particular, lo que me molestaba en general de la serie de unitarios era la necesidad cínica y nihilista de dar siempre giros y vueltas de tuerca hacia lugares oscuros, demostrando una y otra vez que el ser humano es algo así como un material irrecuperable, que ante cada situación difícil e incómoda tomará siempre la decisión más egoísta, más jodida, más cruel e inhumana.

Sé que a muchos no les molesta eso. De hecho, creo que hasta ven la serie esperando twists crueles que dejen en claro que el futuro de encantador no tendrá nada. Más bien todo lo contrario. Tampoco es que yo sea un optimista iluso, pero me parece que cuando una película o una serie plantea de entrada y de manera muy clara cuál es su mirada acerca del mundo, el drama que surge a partir de ahí se vuelve previsible. Todo lo que puede salir mal saldrá mal, por lo que se acaba la sorpresa (o si hay sorpresas uno ya sabe para qué lado irá) y la dramaturgia se vuelve programática. Solo falta saber el cómo.

“Striking Vipers”

Soy de los que creen –como muchos, sorprendentemente– que SAN JUNIPERO es el mejor episodio de todo BLACK MIRROR. Digo sorprendentemente porque es el que menos responde a las características habituales de la serie: es romántico, emotivo, a su manera optimista, tierno, alejado casi por completo de la negrura habitual. Y tengo la impresión que en esta breve quinta temporada Charlie Brooker y su equipo han decidido avanzar un poco más sobre esa fórmula. Es decir: menos giros hacia el vacío, cierta forma de optimismo, un relativo alejamiento de la ciencia ficción más pura y dura para llegar a algo que podría suceder ahora o en muy poco tiempo.

Creo que el primero, STRIKING VIPERS, es el mejor de los tres. (SPOILER ALERT: los que no quieran saber nada de nada paren aquí ya que algo se cuenta de todos los episodios) Este drama humano, romántico, que apenas tiene una excusa tecnológica que no es realmente importante, se centra en la relación de dos amigos afroamericanos que tienen una tradición de toda la vida de juntarse a jugar videojuegos. Después de un tiempo sin verse –uno se casa y tiene hijos; el otro continúa solo– se reúnen y uno le regala al otro un modernísimo juego en el cual los participantes directamente se transportan al escenario y al personaje elegido. Así es que ambos sienten allí lo mismo que los avatares en cuestión: uno de ellos femenino y otro masculino. Lo cierto es que lo que sucede en ese juego los sorprende a ambos ya que en lugar de pelearse descubren que les interesa más hacer otras cosas.

Lo tecnológico, decía, es circunstancial. Puede referirse a relaciones virtuales, al porno, a cualquier tipo de contacto acaso no “real” pero sí muy efectivo entre personas. Aquí hay que agregarle el hecho de que las personas que viven esa relación son, al menos en el mundo real, hombres. Y si bien es verdad que ese “cambio de sexo” entre lo virtual y lo real distiende un poco lo que podría ser un cuestionamiento más efectivo y potente acerca de la amistad masculina, lo cierto es que las ideas que el episodio maneja respecto a las intrincadas relaciones entre lo real y lo virtual, si bien no son para nada novedosas, están presentadas de manera ingeniosa.

“Smithereens”

El segundo episodio es más clásico en cuanto a cómo se maneja dentro del sistema BLACK MIRROR pero está realizado con la suficiente pericia, en su mayor parte, como para ser atrapante y efectivo. Este sí que podría suceder ahora y de hecho transcurre en 2018. Un chofer de una empresa tipo Uber se dedica, obsesivamente, a buscar a personas que trabajan en Smithereen, compañía que –si bien no se explica en detalle– es una suerte de aplicación que combina Facebook, Twitter y Spotify. O algo parecido. Chris (Andrew Scott, que recientemente se lució como el sacerdote “sexy” de la segunda temporada de FLEABAG) termina secuestrando a un empleado menor de la compañía y tomándolo de rehén con el objetivo de poder comunicarse con el dueño de esa empresa. Es claro que el hombre ha sufrido una experiencia traumática por la que culpa a la adictiva aplicación en cuestión.

La experiencia en sí es previsible y más realista que muchas de las cosas que suelen verse en BLACK MIRROR. Con alguna que otra diferencia podría haberle pasado a cualquiera. El episodio no plantea grandes vueltas de tuerca y se encamina hacia la resolución que, más o menos, cualquiera podría imaginarse, pero funciona como una “denuncia” –aunque de manera quizás un tanto burda– acerca del control que este tipo de compañías ejercen sobre sus consumidores. No solo por la experiencia traumática de Chris en sí sino por todo lo que sucede en la situación con el rehén. La mayor parte del tiempo la propia Smithereen tiene más información que la policía respecto a lo que pasa dentro del auto, de la misma manera en la que tiende a saber más del pasado del “secuestrador” por su historial online. Visto de otro modo, SMITHEREENS, más que culpar a estos conglomerados de todos los males de este mundo, culpa (o al menos pone la mirada y parte de la responsabilidad) en los consumidores. Algo debatible pero no tan lejano a la verdad.

“Rachel, Jack, and Ashley Too”

El tercero, RACHEL, JACK AND ASHLEY TOO es olvidable en casi todos los sentidos. Dos historias mezcladas de manera forzosa, tira un par de ideas inquietantes sobre el futuro de la cultura pop pero se queda a mitad de camino de todo: de ser una observación realmente interesante, de contar una buena historia, de armar personajes con cierta complejidad. Por un lado hay una familia que viene de la traumática muerte de la madre y no logra superar el asunto: el padre está obsesionado con capturar ratones, la hija mayor solo quiere escuchar a las bandas indies de los ’80 que escuchaba su mamá y la menor trata de encontrar inspiración en las letras de “auto-ayuda” y “empoderamiento” de Ashley O., una estrella pop encarnada por Miley Cyrus. A tal punto se obsesiona con ella que compra un robotito inteligente idéntico a su ídola (llamada Ashley Too) que se convierte en su mejor amiga.

Por otro lado está la vida de Ashley en sí, la clásica diva pop manejada por un equipo que quiere exprimirla lo máximo posible, tanto en presentaciones como haciendo más y más canciones pop. Para eso, de hecho, le dan pastillas de todo tipo. Pero Ashley (un poco como la propia Miley) está agotada de ese mundo y deprimida, por lo que se rebela de los mandatos de su manager y tía. Lo que sucede de allí en adelante servirá para unir las dos historias de una manera completamente absurda y caprichosa, que no respeta siquiera la coherencia “científica” de la serie. Nada de lo que sucede una vez que las historias, promediando el episodio, empiezan a unirse, tiene sentido alguno. Y es una pena, otra vez, no solo porque intenta ser un episodio “optimista” y hasta amable sino porque la idea de una estrella pop virtual parece algo bastante cercano y posible. Pero el guion es tan flojo y la factura tan pobre que cualquier buena idea que circule por ahí queda olvidada en medio de un desastre que ni siquiera los covers pop que Cyrus hace de temas de Nine Inch Nails pueden salvarlo.