Miniseries: crítica de “The Act”, de Nick Antosca y Michelle Dean

Miniseries: crítica de “The Act”, de Nick Antosca y Michelle Dean

La serie de ocho episodios se basa en un caso criminal real sobre una madre que “enfermaba” a su hija para controlarla. Patricia Arquette y Joey King se lucen en este drama con toques de policial y atmósfera de cuento de terror.

Se podría decir que no hay muchos elementos demasiado originales, al menos desde el planteo y la estructura, en una miniserie como THE ACT. Se trata de una clásica “true crime story“, basada en un extraño caso real que sucedió hace muy poco (en 2015) en Missouri. Hemos visto muchos de estos relatos en telefilms, películas, series y miniseries (SHARP OBJECTS, de alguna manera, transita un territorio parecido). ¿Qué tiene de particular entonces THE ACT? El crimen en sí no lo es. La investigación, tampoco. La complejidad de la trama, aún menos. Lo que hace funcionar a la serie de Hulu son dos elementos fundamentales: la relación entre los dos personajes principales y una puesta en escena que se anima –por momentos, no siempre– a meterse en territorios alejados del realismo y jugar al borde del terror.

Acaso el referente más claro de este tipo de historia sea el clásico QUE PASO CON BABY JANE?, tanto en su tema como en su tono. Y eso tiene que ver con la particularidad de la enfermiza relación que es central al caso, la de una madre (Patricia Arquette) y su hija (Joey King, nominada al Emmy por este rol). Dee Dee Blanchard vive sola con la pequeña Gypsy Rose, una niña que posee una inusitada cantidad de dolencias que la han hecho acreedora de una enorme cantidad de donaciones. La serie empieza con ambas mudándose a la casa en la que transcurrirá gran parte de la trama. Queda claro que Dee Dee es una madre sobreprotectora y, de a poco, empezamos a sospechar que las enfermedades de la pequeña no responden del todo a la lógica ni a la realidad. Las dudas aparecen: ¿se trata de un engaño/estafa para vivir de donaciones y regalos? ¿O hay algo más perverso en todo eso? Y, de ser así, ¿es la madre la única responsable o la niña es también parte del juego?

De entrada queda claro que hay un crimen (la serie está estructurada, en sus primeros episodios, entre la llegada de ambas a la casa en 2008 y los momentos posteriores al crimen de 2015, pero luego abandona esa lógica por otra que no conviene adelantar) y si no quieren enterarse más no googleen nada sobre el caso. Yo no diré más, pero lo cierto es que el crimen en sí termina siendo lo menos importante de la miniserie. De hecho, cuando el guion pone el eje en el caso criminal/investigación policial no es tan interesante ni original como lo es la relación entre la madre y la hija a lo largo de toda la vida de la pequeña.

Si han escuchado hablar del Síndrome de Munchausen por poderes (by proxy) sabrán más o menos cómo empezar a entender esa relación. Si no, se los explico brevemente, aunque no estoy del todo convencido que sea la única forma de entender el caso. Ese Síndrome tiende a darse cuando un progenitor (generalmente sucede con las madres) inventa enfermedades o directamente las provoca en sus hijos como una manera de retenerlos y sentirse útil, necesario y fundamental en sus vidas. Al tener a sus hijos “enfermos” se aseguran que ellos crean que no pueden valerse por sí mismos y que dependen de sus cuidadores para sobrevivir. Este caso es prototípico, ya que de entrada queda más que claro que la niña no tiene muchas de las dolencias que la madre le atribuye.

El asunto se complica aquí porque la niña cree lo que la madre le dice pero, cuando crece y se vuelve adolescente, empieza a dudar y a sospechar. En paralelo, su necesidad de conectar con el afuera genera que la madre se vuelva aún más sobreprotectora y pase de simular a generar las enfermedades, prácticamente incapacitándola. Pero si la serie se llama THE ACT (el acto, la actuación) es por algo más y tiene que ver tanto con el uso que la propia niña hace de la situación y, en paralelo, los beneficios económicos que en este caso les reporta. Dee Dee no trabaja (vive de donaciones constantes y premios) y la niña a veces saca también provecho de esa situación. Es claro quién es el culpable y quién la víctima para el espectador, pero acaso no sea tan claro para la chica.

Allí está lo fascinante de THE ACT. Los creadores de la serie nunca buscan dar respuestas fáciles a ese dilema y si bien va quedando claro que Dee Dee tiene características de una bruja mala de Disney –estudio del que la serie toma muchas referencias a partir del fanatismo de Gypsy Rose por sus princesas y personajes–, la chica no es estrictamente una heroína atrapada por un ogro en un castillo. O, si lo es, en cierto punto fue dándose cuenta de cómo aprovechar y hasta manipular ciertos aspectos del proceso. En ese sentido, THE ACT tiene mucho en común con un elemento central de la trama de EL HILO FANTASMA, de Paul Thomas Anderson, en donde la perversa mecánica de ese mismo síndrome era revelada.

Promediando la serie el caso policial en sí cobrará mayor relevancia. Y si bien esa parte tiene otros puntos intrigantes y curiosos, como la relación que la chica establece con un amigo online –con quien tiene igualmente complicados manejos de poder–, THE ACT pierde en su segunda mitad algo de fuerza, fuerza que se podría haber recuperado haciéndola un par de episodios más breve. Hay otros personajes secundarios encarnados por actores reconocidos (Chloe Sevigny y Juliette Lewis le dan a la miniserie un aura noventosa aunque están bastante desaprovechadas) que sirven más que nada como testigos de esta perversa relación que se va convirtiendo en un triángulo. Una vez establecido este “romance” que promete sacar a la chica de su prisión, uno cae también en la cuenta que tampoco acá hay un Príncipe Encantado y que la Princesa aprendió más de un truco de la Bruja en cuestión.

La serie juega todo el tiempo, de manera más o menos sutil, con los tópicos de los cuentos de hadas. La decoración y el aspecto de la casa (de color rosa), el vestuario de la niña, las pelucas, entre otros elementos, más allá de que hayan sido parte del caso real, son utilizados aquí para reforzar el aspecto más tenebroso de esos cuentos, pero de una manera más adulta. Es como la versión más perversa y oscura posible de alguno de esos cuentos clásicos de Disney, solo que con personas demasiado reales como para poder observarlos con cierta distancia. Arquette y Young, a sabiendas que sus personajes bordean la caricatura (los exagerados acentos y tonos de voz de ambas acrecientan aquello de que hay mucho de actuación en sus vidas, tanto para adentro como para afuera), hacen lo posible para humanizarlos. No es sencillo, pero THE ACT logra que entendamos también que entre lo aparentemente normal y lo monstruoso hay menos distancia de lo que uno podría suponer.

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