Estrenos/Festival de Mar del Plata 2019: crítica de “Los sonámbulos”, de Paula Hernández

Estrenos/Festival de Mar del Plata 2019: crítica de “Los sonámbulos”, de Paula Hernández

La nueva película de la realizadora de “Herencia” se centra en la tensa reunión de fin de año en una casa de campo de una problemática familia. Con Erica Rivas, Luis Ziembrowski, Ornella D’Elía, Rafael Federman, Daniel Hendler, Valeria Lois y Marilú Marini.

La escena inicial de LOS SONAMBULOS –un largo plano secuencia– es misteriosa, casi espeluznante. Una mujer se levanta en medio de la noche y recorre su casa vacía. El agua del baño corre y hay ropa tirada en el piso pero no vemos a nadie. En penumbras la mujer sigue circulando y buscando a alguien que no está allí. Hasta que se topa con la puerta abierta de la casa y una joven mujer, desnuda y sangrando, parada frente al ascensor. El tono es ominoso y bordea el clima de película de terror. Pronto sabremos que el problema de Ana (Ornella D’Elía), la hija adolescente de Luisa (Erica Rivas), es que es sonámbula y que la sangre en cuestión es simplemente menstrual, pero la explicación no alcanza a quitarle el espectador la sensación de que algo oscuro, tenebroso, está inscripto en esta historia.

Es que pocos minutos después, LOS SONAMBULOS entra en otro espacio y otro tono. Luisa, Ana y su marido Emilio (Luis Ziembrowski) viajan en coche hacia el campo, a pasar fin de año con el resto de la familia. Allá los espera la abuela paterna Meme (Marilú Marini) y los hermanos de Emilio, Sergio (Daniel Hendler) e Inés (Valeria Lois), el primero con dos niños y la segunda con un bebé, ambos sin pareja a la vista. Pese a la amabilidad del reencuentro pronto se empiezan a notar las grietas familiares. Luisa, especialmente, se siente marginada por Meme, quien parece juzgar a todos con su mirada. Eso se exacerba cuando llega Alejo (Rafael Federman), el hijo mayor de Sergio que hace mucho que no ve a la familia, y a nuestro trío protagónico lo mandan a un cuarto más viejo y alejado del casco central.

Las cosas tampoco están del todo bien entre ellos. Ana está todo el día con su celular y le presta muy poca atención a su madre. Y Luisa, por su parte, vive siempre al borde de la pelea con el demandante Emilio. Los conflictos generales aparecen en la primera comida cuando se confirma lo temido por Emilio: Meme quiere vender el campo. El no quiere saber nada pero parece ser el único que se resiste, lo cual empieza a tensar los hilos familiares. Y, por otro lado, Alejo empieza un raro juego de seducción tanto con su prima Ana como con su tía Luisa, aprovechando casi instintivamente la fragilidad aparente de ambas mujeres que se sienten un poco oprimidas y marginadas en ese mundo.

LOS SONAMBULOS va preparando de a poco una receta que se adivina explosiva. La molestia da paso a la irritación, la irritación a la pelea y no pasará mucho tiempo para que empiecen a circular acusaciones (hay líos ligados también al trabajo) y gritos. Luisa sobreprotege a Ana y su hija se pone celosa cuando ve que el seductor primo hace un viaje al pueblo con su madre. Cuando, la segunda noche, el alcohol empiece a circular copiosamente las discusiones por la venta de la propiedad serán secundarias al infierno familiar que se adivina.

Hernández presenta un cuadro familiar extendido y un escenario (una casa campestre rodeada de una zona boscosa, piscina, río) y hábitos (conversaciones familiares, alcohol, tensiones subterráneas) que recuerdan, inevitablemente, al universo de Lucrecia Martel, en especial a LA CIENAGA. Y si bien la película difiere mucho en su propuesta estética y en su más clásicamente organizado relato, es una referencia insoslayable a la hora de mirar las acciones que se desarrollan. LOS SONAMBULOS explora un universo de deseos, frustraciones, cuentas pendientes, celos y broncas familiares que afloran ante una presencia que se adivina casi diabólica de parte de Alejo. No en un sentido literal, claro, pero si esa familia es de por sí complicada el chico viene a ser una suerte de ángel del mal dispuesto a sacar todo eso a la luz.

LOS SONAMBULOS hace referencia a la afección que sufre Ana pero también otros miembros de esa familia aunque, metafóricamente, el título intente hablar un poco de la manera en la que muchos miembros de ese grupo se conducen por la vida. Madre e hija –los puntos de vista que utiliza Hernández, casi a modo de espejo– parecen atrapadas en un círculo de microagresiones y violencia sutil que se manifiesta en pequeños detalles que acaso no lo sean tanto. En la costumbre de Meme de recortar de las fotos a las personas con las que se lleva mal, en las historias del pasado del abuelo Lacho, en las disputas entre los hermanos por el control de la editorial familiar y de la casona. Luisa y Ana lo observan pero prefieren hundir la cabeza (en el alcohol o en el teléfono) y tolerarlo todo al punto de terminar enfrentándose entre ellas, las más obvias víctimas de esos manejos, si se quiere, patriarcales.

Visualmente elegante y con un clima que va creciendo en inquietud, actuada a la perfección por un elenco sin casi fisuras (la joven D’Elía es una revelación), LOS SONAMBULOS tiene un desenlace un tanto brutal que puede ser un poco difícil de digerir, más allá de que es totalmente consecuente con el desarrollo de la historia. Es allí donde la película abandona la sutileza y va directo por el golpe al estómago. La sensación es desagradable pero el impacto es furibundo. Allí la película retoma la oscuridad y negrura del comienzo y torna a este drama familiar en un relato de terror, de esos en los que solo sobreviven los que se escapan a tiempo.