Festivales: crítica de «Black Bear», de Lawrence Michael Levine (Sundance)

Festivales: crítica de «Black Bear», de Lawrence Michael Levine (Sundance)

por - Críticas, Festivales
25 Ene, 2020 10:29 | Sin comentarios

Una cineasta llega a una casa en un bosque a escribir su nueva película. Allí la recibe una pareja que no está pasando por su mejor momento. Entre los tres vivirán una intensa noche en la que se cruzarán el deseo, la traición y el cine.

El realizador de GABI ON THE ROOF IN JULY –película indie que pasó por el BAFICI allá por 2011 y tuvo un estreno comercial en Argentina al año siguiente– regresa con BLACK BEAR, su segunda película desde entonces, un drama de relaciones enredado dentro de otro que repite, en mayor o menor medida, los mismos conflictos solo que de otra, más compleja, manera. BLACK BEAR es la clásica película dividida en partes en la que, en un momento determinado, entendemos que todo lo que hemos visto no es tan así. O lo es, pero es un tanto más complicado de lo que parece.

Una suerte de juego de cajas chinas sobre relaciones de pareja, la película de Levine se inicia de manera aparentemente simple, con una escritora/cineasta (Audrey Plaza, ganando en intensidad con el correr de los minutos) que llega a una bellísima cabaña en un bosque con la intención de instalarse allí para poder escribir el guión de su nueva película. Los anfitriones son una pareja (Christopher Abbott y Sarah Gadon) que está instalada allí y que parece tener serias dificultades de relación. En la larga cena de bienvenida que conforma buena parte de la primera mitad del relato, algunas tensas mecánicas entre los tres se desplegarán, acompañadas por el consumo de alcohol.

Aubrey Plaza, Christopher Abbott y Sarah Gadon

La embarazada pareja dueña de casa se pelea agresivamente frente a la invitada (a la que no conocían antes de la visita), incomodándola. Pero la chica es menos inocente de lo que parece y pronto una mecánica de celos, miradas y atracción sexual empieza a correr por allí, mecánica que desembocará en más y más problemas. Allí, de golpe, la historia se corta y empieza un segundo capítulo que cambia las nociones de lo que veníamos viendo hasta ahora. Sin revelar lo que pasa allí diremos que la locación y la temática se mantienen, pero todo lo demás cobra un carácter de espejo, de doble, de metaficción. Mismos actores y otros van recomponiendo la mecánica de lo sucedido –y agregándole otros niveles de lectura– pero el centro es el mismo: un drama de crisis de pareja afectado por la llegada/aparición de un tercero que saca afuera algunos secretos.


BLACK BEAR se inserta dentro de una tradición de intensos dramas de pareja, con un costado casi teatral (gran parte de la película transcurre en el living de una gran casa en el bosque) pero filmado con una cámara nerviosa que persigue y se pega a los personajes en función también de la violencia física y/o verbal que ellos van generando a su paso. Los actores –especialmente Plaza– están muy a gusto en este tipo de película que les permite utilizar sus recursos dramáticos más clásicos a partir de los planos secuencia y una intensidad casi del orden de lo cassavettiano.

Más compleja de lo que parece en un principio –el triángulo amoroso de la primera parte parece un tanto obvio, al igual que ciertos diálogos e intercambios, pero eso también tiene una explicación–, BLACK BEAR habla sobre cuestiones de género, sobre el proceso creativo, sobre los roles en las parejas y sobre el deseo, todo dentro de una historia que logra, a la vez, volverse cada vez más compleja y ambiciosa en cuanto a estructura pero sin dejar de ser simple y directa en relación a los temas que toca. Un drama de pareja… con un oso negro y peligroso que ronda por los alrededores.