Miniseries: crítica de «Drácula», de Steven Moffat y Mark Gatiss (Netflix)

Miniseries: crítica de «Drácula», de Steven Moffat y Mark Gatiss (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Series, Streaming
17 Ene, 2020 06:54 | comentarios

Dos muy buenos episodios y uno realmente muy malo convierten a esta nueva adaptación de la novela de Bram Stoker en un producto difícil de analizar. Escrito por los creadores de la serie «Sherlock» es una miniserie de tres episodios de 90 minutos que implota, literalmente, al concluir el segundo.

Hay forma, a más de 120 años de escrita la novela de Bram Stoker y habiéndose adaptado centenares de veces en diferentes formatos, de seguir encontrándole algún tipo de «vida» a la historia del Conde Drácula? ¿Puede que una serie de este tipo, que tiene una extensión parecida a una película muy larga (son tres episodios de 90 minutos cada uno), sea el mejor formato para contarla con otro tipo de condimentos? Nunca lo sabremos, en realidad, porque lo que hicieron Gatiss y Moffat, los creadores de SHERLOCK, entre otras series, no puede ser considerado como una unidad en sí mismo. En un caso extrañísimo aún para los parámetros abiertos de las series de televisión o streaming, su DRACULA opera como tres películas por separado, completamente distintas entre sí, por lo que analizarlas como un todo se vuelve una tarea excesivamente caprichosa. Tratemos, de todos modos.

DRACULA tiene un primer episodio que fluctúa entre lo clásico y lo original. Con algunos de los acostumbrados «regodeos» visuales que caracterizaban a SHERLOCK pero sin exagerar con ellos, la primera parte –que se centra en la llegada de Jonathan Harker al castillo de Transilvania en el que vive el conde en cuestión y lo que sucede con él allí, básicamente– aporta una justa dosis de humor y de exageración (llamémoslo «camp-light») a los hechos. No llega a ser paródico ni grotesco, pero coquetea con el guiño cómplice a un espectador que sabe que le van a volver a contar una historia que, cambios más, cambios menos, en líneas generales conoce. Gracias al agregado de un personaje (no es del todo un agregado, pero no quiero spoilear) simpático e irreverente como Agatha (la excelente Dolly Wells), una monja que no cree en Dios, este DRACULA logra tomar distancia de algunos clichés pero, a la vez, conservar formalmente el tono oscuro y, sobre todo, sangriento y perverso de las adaptaciones clásicas.

«Como muchas mujeres de mi edad –dice, ácida, Agatha cuando Harker le pregunta por qué sigue en el Convento si no cree en Dios–, estoy atrapada en un matrimonio sin amor y mantengo las apariencias para tener un techo sobre mi cabeza». Ella es la que entrevista a Harker cuando él logra escapar aparentemente con vida del endemoniado castillo. Y ella se convertirá en la rival más temible del Conde, encarnado por el actor danés Claes Bang (el curador de arte de THE SQUARE) con la combinación en principio perfecta entre peligrosidad e ironía, entre sarcasmo y agresividad. El primer episodio es ejemplar, una adaptación perfecta de un material que ya soltó cualquier relación con ciertos conceptos básicos como la «plausibilidad» narrativa. Con DRACULA se puede hacer cualquier cosa y, de estar bien hecha, puede ser válida. En el primer episodio optaron por una justa mezcla de respeto e ironía y lograron un producto notable.


El segundo episodio conserva varias características del primero en cuánto a la combinación entre oscuridad y comedia, aunque en este caso la parte «cómica» va empezando a quedar de lado. El capítulo se centra, de principio a fin, en el viaje del Conde a Inglaterra, y la diferencia principal con el anterior pasa por la puesta en escena: el 99% transcurre dentro de un barco y tiene las características de un pequeño thriller de suspenso en el que el hombre de los colmillos va aniquilando pasajeros, uno por uno. Lo que sucede de allí en adelante, de vuelta, es mejor no contarlo porque tiene algunas características sorpresivas, pero vale decir que esta suerte de película de misterio, suspenso y violencia concentrada en un solo espacio físico está resuelta también con elegancia, coherencia y respeto por los modos y tonos de las adaptaciones, digamos, premodernas. Si bien el viaje en barco no suele tener tanta importancia en la mayoría de las películas que se han hecho sobre el personaje, la expansión de esta parte de la historia es efectiva. Quizás menos sorprendente que la primera (ya verán las diferencias), pero de todos modos tocada por la misma carga de tensión, sexualidad, humor y sangre, mucha sangre.

A falta de una expresión más gráfica, digamos que en el tercero «se pudre todo». Los que no quieran saber algunas pocas cosas de lo que pasa allí pueden saltar directamente hasta el último párrafo. De golpe, a Moffat y a Gattis se les ocurre tirar, literalmente, por la borda todo lo hecho hasta el momento y aparecerse con una idea propia de BLACK MIRROR filmada como su adaptación de SHERLOCK. De hecho, el director es el impresentable Paul McGuigan (un cineasta con un importante récord negativo en casi todo), que solo piensa en modos absurdos de mover la cámara e impactar al espectador desde lugares narrativa y estéticamente insostenibles. Pero lo más desagradable es la desaparición de esa lógica clásica y su giro, totalmente caprichoso, hacia la fantasía posmoderna más pura y dura.

DRACULA reaparece en el presente, usa Tinder para conseguir sus víctimas, adivina claves de WiFi y descubre qué es una heladera y cómo meter a alguien adentro. Debe lidiar con los tataranietos, 120 años después, de sus enemigos de antaño y el episodio se centra en otro personaje clave de la novela: Lucy Westenra. Pero el paso de época no sería necesariamente un problema si los creadores hubieran conservado el tono, el tempo, el humor o los modos que la serie traía hasta entonces. Pero no sólo no lo hacen sino que le dan un giro de 180 grados, un vuelco tan radical que ni siquiera parece ser la misma serie. Si bien es cierto que una serie no es una película y que puede mutar estéticamente con el correr del tiempo, también suele haber en ellas lo que se llama una «Biblia», en la que ciertos códigos de puesta en escena conservan algún tipo de continuidad de episodio a episodio. Aquí, quizás intentando imitar los supuestos tiempos y ritmos del mundo de hoy en relación a los de fines del 1800, tiran todo por la borda y arman un sangriento e incomprensible aviso publicitario de 90 minutos que no conserva tampoco la coherencia narrativa que mantenían hasta entonces.

¿Cómo analizar una serie que tiene dos partes muy sólidas y una terrible? No soy de los que creen, como les sucede a muchos críticos y espectadores de series, que un mal cierre anula todo lo conseguido antes (de hecho, defiendo series como LOST y haber visto cinco extraordinarias e intrigantes temporadas más allá de que el final bordee lo ridículo) y, de hecho, suelo recomendar series aunque, como suele suceder en muchos casos, lleguen a sus finales, digamos, con el «caballo cansado». Pero este caso es distinto. No se trata de seis temporadas que agotaron de ideas a cualquier grupo de guionistas. O decisiones narrativas específicas respecto a personajes que pueden no gustarme. No. Es una especie de traición a sí misma. Una serie que se frena en seco y decide hacer todo mal lo que hasta entonces venía haciendo bien. En este caso, se me ocurre que por todo lo logrado en las primeras tres horas que duran los dos primeros episodios, este DRACULA merece ser visto. La historia, con sus cambios posibles, más o menos se sabe, así que ni siquiera hace falta llegar hasta el final y bien pueden abandonarla allí. Si quieren seguir, háganlo, pero ya saben que se exponen a arrepentirse de toda la experiencia.