Berlinale 2020: crítica de «El prófugo», de Natalia Meta (Competencia)

Berlinale 2020: crítica de «El prófugo», de Natalia Meta (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
21 Feb, 2020 07:00 | 1 comentario

Inquietante apuesta por el terror psicológico, la nueva película de la realizadora de «Muerte en Buenos Aires» se centra en las extrañas experiencias de una mujer tras vivir un episodio traumático. Con Erica Rivas, Nahuel Pérez Biscayart, Daniel Hendler y Cecilia Roth.

El terror psicológico es un género bastante explorado por la literatura argentina pero no tanto por el cine, que no ha conseguido a lo largo de ya varias décadas producir películas que puedan estar a la altura de las ambiciones de sus escritores en estos complicados y pantanosos terrenos. Habría que ir muy atrás, quizás a las primeras películas de Leopoldo Torre Nilsson o ciertos aires de EL DEPENDIENTE, de Leonardo Favio, para encontrar ejemplares de tono más o menos similar. EL PROFUGO, de Natalia Meta, es una película inspirada libremente en EL MAL MENOR, una novela escrita por C.E. Feiling en 1996 y que se inscribe dentro de ese amplio género, desde una perspectiva lo más realista posible.

La directora de MUERTE EN BUENOS AIRES –una película que, más allá de sus muy obvios problemas, evidenciaba una audacia formal poco usual en el cine nacional de género– le aplica al texto de Feiling recursos que bien podrían haber salido de una película de suspenso europea de los años ’70 y principios de los ’80, pisando un poco en el giallo, otro poco en el clásico de Nicolas Roeg DON’T LOOK NOW (que se conoció en la Argentina con el curioso e inolvidable título de VENECIA ROJO SHOCKING) y un tanto más, mudándose de continente, en las películas más oscuras de Brian de Palma de esa época como OBSESION, VESTIDA PARA MATAR o, por su temática específica, BLOW OUT.

EL PROFUGO es un retrato de la locura o de la pérdida de las convencionales nociones de la realidad. La protagonista es Inés (Erica Rivas), una cantante y actriz que se gana la vida doblando películas y que, además, canta en un coro. Su voz es su principal instrumento y lo puede usar tanto para hacer un doblaje castizo como para cantar opera y, si es necesario, para gritar desaforadamente. Cuando comienza el film la chica se va de vacaciones con una pareja reciente (Daniel Hendler), un muchacho un tanto denso con el que no se lleva muy bien en unas playas mexicanas. Hasta que, en medio de una discusión, sucede algo sorprendente e inesperado que altera a Inés para siempre.


Al principio, tras su vuelta de esas muy fallidas vacaciones, las cosas parecen ir encarrilándose normalmente, con Inés regresando a su trabajo y al coro. Pero poco a poco veremos que no todo es tan así y que una especie de stress post-traumático empieza a tomar posesión de ella, más que nada a partir de la voz. En sus grabaciones en el estudio parecen colarse sonidos que no provienen de ella y en los ensayos con el coro su voz falla y altera su rango. Reaparece en su vida su madre (Cecilia Roth), tratando de ayudarla pero complicándolo todo. Y, a la vez, Inés encuentra en un joven que afina instrumentos (Nahuel Pérez Biscayart) la aparente posibilidad de salir de su estado de confusión, uno que se complementa además con extrañas pesadillas y posibles visiones.

Meta juega en un terreno delicado entre la estilización formal (la película transcurre casi toda en interiores, medio a oscuras, como si estuviéramos dentro de su perturbada mente) y la credibilidad más «psicologista» de la trama, en la que cualquier espectador puede suponer qué es lo que le está sucediendo a Inés. Pero las cosas se van enredando cada vez más y, en un punto, ya no es demasiado claro qué es real y qué no, y cuál es el origen de ese «prófugo» que parece dominarla desde adentro de su propio cuerpo, instalándose en su voz, en sus pesadillas y luego en lo que ella comprende como su realidad.


Con algún punto de contacto con la reciente HORSE GIRL, película que está en Netflix y que narra en primera persona el derrotero imaginario de una mujer que atraviesa algún tipo de trastorno delirante, EL PROFUGO no llega a crear del todo un mundo paralelo en el que Inés vive sus posibles fantasías sino que prefiere mezclarlas dentro del mundo real, haciendo que de a poco su realidad se fracture, empezando por el sonido. Ese, quizás, sea el gran hallazgo de la historia: preferir expresar las posibilidades de lo fantástico a través del sonido, de voces y ruidos interiores que solo pueden ser captados por equipos de alta tecnología. Cuando la película entre de lleno en un universo, digamos, alternativo, lo expresará de manera sonora más que desde lo visual.

En ese sentido es notable el trabajo de Guido Berenblum (habitual colaborador de Lucrecia Martel) en el sonido, lo mismo que el de Bárbara Alvarez en fotografía, dándole una atmósfera tenebrosa a un film que, después de la hitchcockiana sorpresa inicial, casi no tiene exteriores. Lo mismo se puede decir de las actuaciones, empezando por Rivas, cuya expresión se va volviendo cada vez más perturbada y extraña con el correr de los minutos, siguiendo por Biscayart, con un rostro y gestualidad más enigmáticas que nunca, y culminando en una Cecilia Roth que juega magistralmente en los límites más siniestros del género.

La película en sí se topa con algunos problemas, en general ligados al guión, que por momentos se estanca en la repetición de ciertas figuras e ideas en un par de escenas que se vuelven un tanto largas o reiterativas. Pero más allá de eso, o de la discusión sobre si la competencia de Berlín es o no un lugar apropiado para este tipo de películas (yo creo que, a su extraña manera y proponiendo una lógica distinta de «cine de festivales» proveniente de países periféricos, lo es), EL PROFUGO funciona muy bien como un intento de jugar en los límites del género y en los de la locura dejando que el horror se apropie de nuestros bienes más preciados: nuestra voz, nuestra mirada, nuestro cuerpo y, finalmente, el mundo todo entero.