Berlinale 2020: crítica de «The Salt of Tears», de Philippe Garrel (Competencia)

Berlinale 2020: crítica de «The Salt of Tears», de Philippe Garrel (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
23 Feb, 2020 10:17 | Sin comentarios

La nueva película del veterano realizador de «Los amantes regulares» cuenta las desventuras románticas de un «provinciano» francés que viaja a estudiar a París y se mete en problemas con varias mujeres.

El universo de Philippe Garrel, con el correr de los años y el paso del tiempo, se va estableciendo cada vez más en un curioso lugar entre el realismo y el extrañamiento, entre lo que parece desprenderse del mundo real y de las criaturas que viven en él, con otro, puramente cinematográfico, al que podríamos denominar como una «burbuja» que existe solo en la imaginación o en la nostalgia del realizador francés. THE SALT OF TEARS no tiene elementos del fantástico –como algunas de sus películas que lidian con esos temas y figuras– pero podría tranquilamente ser una fábula que funciona en ese mundo paralelo llamado cine. Y es ahí donde mejor se siente y donde gana.

Es difícil inscribir los comportamientos y actitudes de los protagonistas de esta película en cualquier realidad. Uno puede imaginar que es la clase de historia (por muchas de las actitudes de algunos personajes, por ciertos planos y escenas, por una mirada profundamente masculina) que no pasarían hoy ningún test de corrección política. Pero ver solo la película desde ese punto de vista –como parecía suceder en la función a la que fui, con mucha gente riéndose, incómoda, en muchas escenas– es perder gran parte de su esencia.

Lo que se cuenta aquí es la historia de un joven, aprendiz de carpintero, que viaja del pueblo en el que vive a Paris por unos días para dar un examen y entrar a una prestigiosa escuela especializada en lo suyo. Pero lo que más quiere es vivir las románticas posibilidades de estar en esa ciudad. Y si bien la historia transcurre lejos de su centro más fotogénico y recorre más alejados suburbios, filmada en blanco y negro la ciudad sigue pareciendo mágica y abierta a las experiencias de un «provinciano» un tanto horny.


La película repasará una serie de desventuras amorosas del tal Luc, un chico en apariencia amable y tierno pero que resulta un tanto egoísta, machista y finalmente bastante cruel. El veinteañero conocerá a la joven Djemila en una parada de autobús, se acercará a ella y poco después estarán saliendo. Pero las cosas no terminan del todo bien ya que él parece más apresurado que ella en tener sexo, ya que en pocos días debe volverse a su pueblo. Como Djemila no quiere apurar las cosas, él se manda literalmente a mudar.

Luc vuelve a su casa, en la que vive con su padre, un maestro de su profesión y con el que tiene una gran relación, y allí se reencuentra con Genevieve, una vieja amiga de la adolescencia, con la que pasa rápidamente a los hechos en una bañera. La pareja parece funcionar muy bien junta, pero él sigue en contacto con la muchacha parisina que lo espera, sufriente y solitaria. Luc, que ha sido aceptado en la escuela en cuestión, tiene que volver a Paris, pero es allí cuando Genevieve lo sorprende con un hecho que lo obliga a tener que tomar una decisión. Y allí digamos que sus desventuras románticas recién están comenzando, ya que involucrarán más idas y vueltas, más reencuentros y desencuentros, además de nuevos personajes que aparecerán, complicándolo todo.

En el universo generado por el propio Garrel a lo largo de su cine –y en el macrouniverso de cierto cine francés de su época al que pertenece– los acontecimientos y comportamientos narrados en THE SALT OF TEARS tienen completo sentido y hasta lógica. Hay algo particular en la personalidad y en el modo de conducirse de Luc que es inherente a este tipo de personaje de tanto cine francés de los ’60 y ’70: un tipo que se deja llevar por el deseo, que no piensa demasiado en los otros (a excepción, en este caso, de su padre) y que está dispuesto a cumplir con lo que se propone, caiga quien caiga. Hay algo de la simpatía inicial del personaje que no se condice mucho con sus posteriores comportamientos creando una suerte de rara fricción que atraviesa la historia.

La verdadera fricción, obviamente, está entre ese universo y el real, en el entender cuál es la mirada de Garrel sobre esas relaciones y esos personajes. A juzgar por su obra previa y por lo que sucede en la segunda parte del film –que conviene no adelantar–, THE SALT OF TEARS parece virar hacia un lugar de confrontación, en el que Luc de algún modo se verá enfrentado no solo a las consecuencias de sus actos sino a personas que actúan con él de la misma manera en la que él lo hace con los demás. Acaso aquello de la Regla de Oro (lo de «trata a los demás como quisiera que te traten») termine siendo la lección que reciba Luc a lo largo de su recorrido. Por la película y por la vida.