Berlinale 2020: crítica de «Undine», de Christian Petzold (Competencia)

Berlinale 2020: crítica de «Undine», de Christian Petzold (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
23 Feb, 2020 09:32 | 1 comentario

Basándose en un mito de una criatura mitad humana y mitad marina el realizador de «Ave Fénix» crea una historia de amor en la Berlin actual que también funciona como fábula clásica.

Tomando como punto de partida y referencia el mito germánico conocido en castellano como Ondina (una criatura mitad humana, mitad marina, «condenada» a un amor eterno con un ser humano), la nueva película del director de TRANSIT sigue flotando en esa zona fabulosa entre el drama y la fantasía, integrando mundos en apariencia mágicos o fantasmagóricos al real de una forma, sino natural, al menos muy creíble desde lo narrativo y estético. UNDINE es una historia de amor: profundo, verdadero, doloroso. El hecho de que coquetee con una temática mítica y que tenga al agua como elemento central parece llevarla a un territorio similar al de LA FORMA DEL AGUA, pero la película se aleja de ese paradigma más fantástico y solo lo utiliza como figura retórica y hasta como juego.

Undine es una chica (Paula Beer, la nueva musa del realizador, ya distanciado de su histórica protagonista Nina Hoss) que trabaja en un museo explicando la historia arquitectónica de Berlín y que, cuando empieza la película, se está separando de una pareja. La separación es un poco violenta (no físicamente, sino en el tono) y ella directamente lo amenaza de muerte sino cambia de parecer. Y pese a eso el hombre la deja igual.

Pero apenas sucede la ruptura en cuestión, en un confuso episodio Undine tiene un accidente en ese mismo lugar con un tal Christoph (Franz Rogowski, el Joaquin Phoenix germano) que trabaja de buzo. El accidente involucra una pecera que se destruye, justo un muñequito de un buzo que cae en sus manos y el agua que los moja, arrastra y lastima. Tras ese extraño accidente parece sellarse entre ellos un romance irrompible y mágico, que Petzold dedica su tiempo a explorar.


Pero todo tiene sus vueltas y complicaciones, sus entreveros y accidentes, y eso llegará en UNDINE más temprano que tarde. Hay regresos inesperados, situaciones confusas que podrían pertenecer al orden de lo «mágico», accidentes y desapariciones dudosas. Pero los episodios tienen un eje en común que es poner a ambos amantes ante la dura situación de soportar varios contratiempos. Y es ahí que el mito cae con toda su fuerza y condena, en cualquiera de las versiones (griega, germánica, irlandesa, nórdica, hasta llegar a la mismísima Sirenita de Hans-Christian Andersen) que puedan imaginar, con sus similitudes y diferencias específicas.

Tal vez sin la maestría formal y temática de TRANSIT y mucho más cerca de las primeras películas un tanto fantasmales y misteriosas del cineasta alemán –en las que, como decíamos antes, elementos del género fantástico más puro conviven con tramas policiales o románticas más clásicas–, UNDINE es más que ninguna otra cosa una increíble y melancólica historia de amor que se apoya en mitos pero que nunca se aleja del todo de la realidad contemporánea alemana. La película tiene toda una subtrama muy interesante ligada al rol socio-político de la arquitectura berlinesa que, si bien no se integra demasiado naturalmente al resto de las ideas del film, es muy interesante en sí misma.

Pero lo principal pasa por la dupla Beer-Rogowski y su amor condenado, su pasión por el otro, el agua, los celos, el miedo, el dolor. Ellos convencen al espectador de la credibilidad de la fantástica historia (hay un par de escenas que son especialmente indescifrables) gracias a que transmiten de una manera muy verdadera la pasión que sienten el uno por el otro, la alegría del grato momento compartido (hay un gag muy simpático con la canción «Staying Alive«, de Bee Gees) y los enormes, casi desmedidos, sufrimientos que los atravesarán cuando las cosas se compliquen. Es que más allá de su impecable manejo de los elementos de la puesta en escena y de sus estructuras narrativas complejas, lo que siempre transmite el cine de Petzold es la pasión y devoción de sus personajes. El realizador será de la Nueva Escuela de Berlín, pero en el fondo es un romántico de la más vieja de las escuelas.