Streaming: crítica de «ZeroZeroZero» (Amazon Prime)

Streaming: crítica de «ZeroZeroZero» (Amazon Prime)

La serie sobre narcotráfico internacional es un ambicioso y violento retrato del negocio de las drogas. La serie no sorprende pero igualmente atrapa y tiene algunas interesantes ideas narrativas. Pablo Trapero dirigió los últimos tres episodios.

La ambición no era pequeña. Allí donde la mayoría de películas y series sobre el narcotráfico se centran en casos y locaciones específicas y particulares, ZEROZEROZERO, la nueva miniserie de Amazon Prime, se acercó desde un punto de vista casi opuesto: global, económico, macro. El truco consiste en hacer las dos cosas a la vez: un drama humano sobre narcotraficantes y sus negocios y, en segundo plano, una mirada más abarcadora a la industria internacional del tráfico de drogas. El resultado quizás no alcance a cubrir esas ambiciones pero la experiencia es sin dudas atrapante.

De algún modo es un approach más similar al de TRAFFIC que al de NARCOS, por usar dos reconocidos productos audiovisuales (una película y una serie) sobre el tema. ZEROZEROZERO, una producción básicamente europea sobre la novela homónima de Roberto Saviano, el autor de GOMORRAH y SUBURRA, cuenta tres historias interconectadas entre sí a través de un cargamento de cocaína que parte en barco desde México a Italia. Ese viaje transforma a la miniserie, en cierta manera, en una road movie, transformando la propia lógica de una narración serial de un modo que la volverá diferente a la de la mayoría. Eso genera un producto audiovisual con una buena cantidad de personajes importantes y desarrollos paralelos que conviene mirar con mucha atención si no se quiere perder nada de su complejo entramado de traiciones y dobles y triples traiciones.

Por un lado está la parte italiana, la mafia calabresa que es la que hace el pedido de 5 toneladas de cocaína desde México y que atraviesa tensiones internas entre familias y aún en el seno de la propia familia que está a la cabeza, entre el abuelo Don Minu (Adriano Chiaramida) y su nieto Stefano (Giuseppe De Domenico), lo cual lleva a que un sector de esa mafia no quiera que el cargamento llegue a destino. Por otro lado, y casi como una película aparte dentro de la serie, está el segmento mexicano, que es el que origina el drama pero que raramente se mezcla con los otros. Allí hay otra guerra de poder entre los poderosos Leiva, traficantes reconocidos de Monterrey, y una suerte de ejército paramilitar que pasa de perseguirlos a asociarse a ellos, siendo de algún modo su fuerza de choque.


El enlace literal y dramático entre ambos grupos es la familia Lynwood, empresarios transportistas de Nueva Orléans, que son los brokers de estos envíos a través de su flotilla de barcos. Como muchos saben, la cocaína se mueve de acá para allá escondida dentro de productos comerciales y mezclada con otros productos de consumo legal en enormes containers que atraviesan el océano. Y ellos, delincuentes de guante blanco, se encargan de ese no menor asunto. Edward (Gabriel Byrne) es el padre de la familia mientras que Emma (Andrea Riseborough), su hija, es su heredera natural ya que su otro hijo Chris (Dane DeHaan) es un muchacho alejado del negocio por su frágil salud.

Una serie de violentas situaciones que tienen lugar en el primer episodio cambiarán los planes de todos. De los Lynwood (especialmente de Chris, que debe meterse en el asunto, a su manera), de los narco-militares mexicanos que, comandados por el violento, religioso y circunspecto Manuel Contreras (Harold Torres), van creciendo en la estructura de poder local en Monterrey mediante acciones de inusitada y brutal violencia. Y de los veteranos y más jóvenes miembros de la ‘Ndrangheta, que reinterpretan las viejas disputas generacionales de esas organizaciones.

ZEROZEROZERO se las arregla muy bien para cruzar las tres historias. Los dos muy violentos primeros episodios, dirigidos por Stefano Sollima (SICARIO 2: SOLDADO, SUBURRA) son los que más cruzan su narración, yendo y viniendo por las distintas locaciones, dando a conocer los personajes y los desafíos que atraviesan. Pero no es un sistema narrativo de idas y vueltas permanente, sino que se toma su tiempo en cada locación. Y después del segundo cada vez más los episodios se caracterizan por hacer eje, principalmente, en uno de ejes del relato, siempre en relación y sin descuidar a los otros. Los tres episodios del medio, dirigidos por Janus Metz (ARMADILLO), ponen más el acento en el viaje de la embarcación en sí y en las peripecias que viven cuando son desviados a Africa. Dos de los últimos tres que, como algunos sabrán, dirigió el argentino Pablo Trapero, son también específicos en sus locaciones (y llamativamente giran en torno a tardías historias románticas) mientras que en el último –también suyo– se vuelve al recorrido mundial y a la violencia más extrema.

El mundo que describe ZEROZEROZERO no llega a ser del todo novedoso pero el equipo creativo armado por los italianos Leonardo Fasoli y Sollima junto al mexicano Mauricio Katz es tremendamente eficiente en su trabajo. La serie se mira de corrido, es atrapante, por momentos grotescamente violenta y tiene un look que podríamos definir como «realismo de alto contraste», esa suerte de naturalismo estilizado muy usual en las series y que parece venir de la matriz planteada años atrás por la película CIUDAD DE DIOS: un estilo que apuesta a ser creíble y callejero pero con una puesta en escena por momentos excesivamente preciosista, especialmente en lo ligado al uso estético de las locaciones. Un detalle no menor que le da a la miniserie una cierta melancólica elegancia es que la música incidental está compuesta por Mogwai.


Hay otra particularidad que llamará la atención a los que se interesan, como yo, en los experimentos narrativos. Constantemente la serie apuesta a precisos y específicos flashbacks que son apenas señalados con una cámara lenta y que en general se usan para conocer líneas narrativas paralelas. Esto es: cuando dos personajes se separan, la serie sigue a uno de ellos hasta que se reencuentran, para luego volver al punto en el que se separaron y contar lo que pasó en el otro vector del relato, muchas veces resignificando lo que habíamos visto. Es un sistema ingenioso (no es original pero tampoco es algo muy usado) pero al final se vuelve un poco mecánico. Algo similar sucede con las constantes traiciones entre los personajes. Llega un momento en el que se vuelven tan constantes (traición sobre traición sobre falsa o aparente traición) que ya no sabemos muy bien quién juega para qué equipo, quién es o se hace y así.

La miniserie de Amazon (o serie, se verá) no es lo profunda que podría ser en cuestiones, si se quiere, macro (entendemos cómo funciona el negocio, pero con el correr de los episodios son más y más importantes los asuntos familiares), pero sirve como muestrario dramático de una industria en el que los consumidores o pequeños traficantes parecen del todo desconectados. No son un tema. Algo similar sucede en la propia miniserie: el consumo es un tema que está fuera de campo, las consecuencias humanas del negocio no existen para los personajes, salvo que sean amigos o, a veces, familiares los que corren peligro de muerte. Eso hace que, finalmente, lo que estemos viendo sea una gran cantidad de personajes nefastos y miserables, de asesinos crueles y brutales. Y eso vuelve difícil que el espectador pueda defender o identificarse con alguno de ellos. No hay héroes, solo personas con algunos códigos éticos un poquito más elevados que los otros. Pero no es suficiente ni para calificar como antihéroe. Es un mundo brutal y salvaje, que funciona aún cuando todo parece salir mal. Y que seguramente seguirá funcionando, si es que el mundo sigue girando como hasta hace unas semanas.