Estrenos online: crítica de «Honey Boy», de Alma Ha’rel

Estrenos online: crítica de «Honey Boy», de Alma Ha’rel

por - cine, Críticas, Estrenos
09 Abr, 2020 08:10 | Sin comentarios

En esta película autobiográfica, con guión de Shia LaBeouf, el actor encarna a una versión de su intenso y violento padre, con el que tuvo una difícil y complicada relación. Un film personal y doloroso que logra escaparse tanto de los clichés del subgénero como del narcisismo extremo de este tipo de relatos.

Shia LaBeouf es un personaje curioso. Un actor talentoso pero con muchos problemas personales (que se volvieron, lamentablemente, públicos), un personaje creativo capaz de proponer extrañas y originales experiencias artísticas y performances, alguien a quien se ve a mitad de camino entre la genialidad y el desastre. No es el único, claro (James Franco recorrió similares rutas y aún otras peores; y hay muchos más), pero LaBeouf de algún modo logró mantener su lugar en el mundo del cine sin ser barrido por la ola de cancelaciones recientes.

Quizás se deba a que cualquiera puede notar que, en sus bizarros actos performativos (como aquel en el que invitó a gente al cine a ver junto con él sus propias películas en formato maratón) hay una suerte de sufriente criatura necesitada de atención, de un abrazo, de algún tipo de cariño. Bueno, sí, es un actor y esas cosas suceden en ese rubro de la vida… Lo cierto que LaBeouf es innegablemente talentoso como intérprete (algo que no siempre se puede decir de Franco) y el balance amor-odio que genera su figura acaso empiece a modificarse con este film sobre su vida que él mismo escribió y que protagoniza. Pero en la que no se interpreta a sí mismo sino a su padre.

HONEY BOY es una de esas películas terapéuticas que, mal hechas, pueden resultar un puro ejercicio narcisista y auto-indulgente. No vamos a negar que mucho de esa catarsis de diván existe aquí, pero la película dirigida por la israelí Har’el (especializada en documentales que se cruzan con ficción, videoclips, performances y publicidades) atraviesa esa frontera ombliguista no tanto gracias a la originalidad de sus temas sino a dos factores que, para mí, son decisivos: un inteligente punto de vista y una factura impecable.


Lo de la factura es fácilmente explicable. LaBeouf, Lucas Hegdes (que interpreta a Shia de grande) y Noah Jupe (quien lo encarna de pequeño) son tres notables actores que dan lo mejor de cada uno aquí, aún a costa de por momentos «pasarse de rosca» (en especial el personaje de LaBeouf) en intensidad. La película existe en un universo creíble y realista, más allá de su estilización y sus juegos con los tiempos. Y en ese punto es también clave el trabajo de la directora de fotografía, la argentina Natasha Braier (GLUE, THE NEON DEMON, GLORIA BELL), quien arma a la par de la directora un mundo que combina el realismo un tanto sucio que precisa la historia con un interesante ida y vuelta con algo más cercano a la fantasía de la vida de un actor.

Curioso es también que un equipo altamente femenino esté detrás de este drama que podría considerarse esencialmente masculino. La historia arranca cuando el actor Otis Lort (el excelente Hedges «canalizando» la nerviosa energía de LaBeouf aún teniendo un aspecto muy diferente) tiene que ir a rehabilitación tras tener un accidente conduciendo alcoholizado. No es su primera vez ahí y se nota que lo fastidia tener que repetir ese ciclo. Es como si supiera que nada cambiará al salir y que seguirá siendo ese actor profesional y cumplidor que, apenas culmina la jornada de trabajo, termina generalmente, digamos, completamente pasado de rosca.

Pero algo pasa aquí y, sabiendo que el guión de la película lo escribió en uno de estos pasos por rehab, queda claro que esta experiencia fue distinta. Su psicóloga (interpretada por Laura San Giácomo, aquella promisoria actriz de SEXO, MENTIRAS Y VIDEO que ha hecho una carrera principalmente televisiva desde entonces) le insiste, entre otras cosas, para que escriba acerca de sus experiencias pasadas ya que, según ella, Otis sufre de un claro desorden post-traumático. De ahí en adelante, y pese a volver de vez en cuando al lugar donde está internado Otis, HONEY BOY se centrará en una etapa de la infancia del actor, en la que convivió con su padre.

La película se mueve entonces a 1995, cuando Otis tenía doce años, ya trabajaba como actor (LaBeouf empezó de muy chico, sus primeros créditos profesionales son de esa época) y vivía con su padre, James, que funcionaba como una suerte de manager suyo. Shia encarna a su propio padre como un tipo violento, agresivo, incapaz de lidiar con su propio fracaso como performer (era clown de circo, entre otras cosas), alguien quien si bien llevaba cuatro años sobrio no lograba calmar lo que solemos llamar sus «demonios personales». Entusiasta promotor de Otis, solía pasarse al peligroso lado de esos padres pesados, demandantes y violentos que terminan arruinando las carreras de sus talentosos hijos ya que ponen en ellos las expectativas profesionales que no pudieron cumplir en sus propias vidas.

Otis y James viven en una suerte de motel barato, rodeados de vecinos ruidosos o en similares condiciones de precariedad económico-emocional. Y es en ese mundo que el chico vive las experiencias que lo van a marcar de por vida, tanto con su padre como con otras personas que conocerá allí. Pero fundamentalmente la película es un repaso del trauma de un actor que, al llegar a su adultez, se encuentra haciendo la versión «exitosa» de su propio padre: igualmente alcohólico, violento y agresivo, solo que actuando en superproducciones de Hollywood (el primer plano del film es una clara referencia a TRANSFORMERS, la saga que lo hizo conocido) y no para sus vecinos, hastiados de sus pesadas bromas.


HONEY BOY será una película acerca de esa relación con un padre capaz de los actos más violentos y egoístas, de esos que no cumplen con casi ninguna de las reglas de lo que se considera «un buen padre». Pero aquí viene el otro punto original del guión escrito por el propio LaBeouf: si bien la película pinta a su padre en muchos momentos como un monstruo, el actor tiene muy en claro que James era también una persona compleja, ambigua, con una historia personal dura y, si se quiere, víctima de una saga familiar (de alcohol, silencio, frustraciones y violencia) que viene de mucho antes.

En ese sentido, HONEY BOY se separa un poco de la clásica película post-traumática en la que el protagonista se victimiza todo el tiempo poniendo la responsabilidad de todo lo que le pasa en algún otro, generalmente en los padres. Eso está aquí, es innegable (su padre era impresentable en muchísimos sentidos más de los mencionados acá), pero también es evidente que el actor que Shia es hoy le debe parte de su talento a ese lazo y a esas experiencias. Y que la relación con su padre que se muestra aquí es más que un simple ajuste de cuentas. Es la difícil, dolorosa pero también esperanzadora constatación de que los lazos familiares complicados no solo operan –como buena parte de la literatura o el cine contemporáneo parece decir– para justificar o explicar lo peor o más oscuro de nosotros mismos sino, a veces, también lo mejor.