Streaming: crítica de «Blow the Man Down», de Bridget Savage Cole y Danielle Krudy (Prime Video)

Streaming: crítica de «Blow the Man Down», de Bridget Savage Cole y Danielle Krudy (Prime Video)

Este policial negro con toques de comedia, en una línea cercana a la de los primeros films de los hermanos Coen, es una pequeña y agradable sorpresa para ver online.

Buscando entre las propuestas de streaming legal fuera de Netflix uno puede toparse con algunos interesantes descubrimientos. Uno de ellos es esta opera prima de la dupla que integran dos mujeres –Bridget Savage Cole y Danielle Krudy–, cuyo tono y escenarios recuerdan a las primeras películas de los hermanos Coen, así como a policiales negros de helados pueblos chicos como UN PLAN SIMPLE, entre otros. Es un thriller indie, pequeño, plagado de caras reconocibles pero no famosas (además de, claro, «the beloved character actor Margo Martindale», como se conocía a su alter-ago animado en la serie BOJACK HORSEMAN) que funciona agregando algunos condimentos humorísticos a una historia oscura y violenta. La película está disponible en Prime Video de Amazon pero también se puede encontrar online…

El escenario es Easter Cove, un pequeño y neblinoso pueblo de pescadores de Maine en el que todos parecen conocerse. En un relato que está marcado, casi coralmente, por algunas canciones de pescadores que funcionan como comentario sutil a la trama, la historia comienza con un funeral. Es el de Mary Margaret Connolly, madre de dos jóvenes que rondan los veinte. Priscilla, la mayor, es la más modosita y timorata, la que trabajaba con ella, mientras que Mary Beth, la menor y más rebelde, no ve la hora de irse de allí. Ella se entera en pleno velorio que deberán vender la casa por las deudas contraídas por su madre. Y explota de furia.

Enojada y ya bastante alcoholizada, Mary Beth (Morgan Saylor, actriz de las primeras temporadas de HOMELAND) decide irse a un bar y termina enganchada con un sujeto llamado Gorsky con pinta bastante peligrosa. Se sube con él a su auto, que ella maneja, y allí empiezan los problemas. El se pasa de rosca con ella, la chica lo rechaza, él se torna amenazante y ella, sin posibilidad de escape y tras ver sospechosa sangre en su baúl, termina matándolo grotescamente con un arpón. Cuando vuelve a su casa y le cuenta a su hermana, ambas deciden no decirle a la policía –no sería un policial si lo hicieran– y esconden el cadáver en un freezer de una manera un tanto descarnada pero, si se quiere, graciosa.


El asesinato parece ser la puerta que abre muchos de los secretos del pueblo. Cuando las chicas descubren que se olvidaron un cuchillo que tiene impreso el apellido familiar, Mary Beth regresa a la escena del crimen y descubre una enorme pila de dinero. ¿Quién era ese Gorsky y a qué se dedicaba en el pueblo? ¿Qué hace ese dinero ahí? Acaso la coincidencia más «forzosa» del guión de BLOW THE MAN DOWN es que al día siguiente la policía encuentra un cuerpo flotando en el río, pero no es el achurado Gorsky sino una mujer. Pero antes de que puedan decir «pueblo chico, infierno grande» nos enteraremos que ambos muertos están conectados entre sí.

El relato no tendría el curioso encanto que tiene de no ser por cuatro roles femeninos en apariencia secundarios que terminan siendo el corazón del relato. En el velorio ya habíamos conocido a tres de ellas –Susie, Gail y Doreen–, pícaras veteranas que parecen saber todos los secretos y la historia del lugar. Y pronto conoceremos a la cuarta, Enid, que regentea un prostíbulo que todos saben que funciona dentro de un Bed & Breakfast pero hacen como que no. Y el cadáver encontrado es de una chica que trabajaba allí. En ese universo –que incluye otra de las trabajadoras sexuales, además de un par de típicos policías entre amables, ineptos y corruptos de pueblo chico– se desarrollarán los acontecimientos, cada vez más turbios, de BLOW THE MAN DOWN.

Las idas y vueltas de la trama ofrecen ciertas sorpresas, pero lo principal aquí pasa por el funcionamiento de este pueblo que, acaso en función de la labor como pescadores de los hombres que pasan gran parte del tiempo en el mar, parece manejado desde sus entrañas por varias generaciones de mujeres, incluyendo la explotación sexual. Con un humor un tanto absurdo que va desapareciendo en tanto el relato se asoma a zonas más oscuras y violentas, las directoras van estableciendo un raro relato policial protagonizado por una decena de mujeres, más si se incluye a la fallecida madre, que también tenía su historia y conexiones. Es claro que los que menos idea tienen ahí de lo que sucede son los hombres.

Hay algo extraño y fascinante en ver un policial con momentos de extrema violencia en el que, salvo en un caso que no vemos, todos los personajes que los cometen sean mujeres. Y que, a la vez, cada una de ellas tenga sus motivos, justificaciones, temores y dudas ante las situaciones que enfrentan. Un rol clave lo tiene Alexis, una prostituta del lugar (encarnada por Gayle Rankin, de GLOW), quien sufre las consecuencias de una violencia masculina ejercida fuera de cámara, pero también de los maltratos de la madama Enid (Martingale, en un papel que le cae perfecto), que parece funcionar como la gran manipuladora de los acontecimientos.


Pero si nuestras heroínas en este asunto, supuestamente, son las hermanitas huérfanas (la mayor, Priscilla, es la más confundida de todas, ya que siempre se mantuvo fuera de todos estos submundos), el encanto y el carisma de la película lo dan las señoras, que engañan a todos con su aspecto de abuelitas simpáticas, pero que tienen muy claro quién es quién en esta historia y acaso saben todavía más de lo que dicen. June Squibb (la abuela de LAS CONFESIONES DEL SR. SCHMIDT y NEBRASKA), Annette O’Toole (de larguísima carrera en cine y TV) y la menos conocida Marceline Hugot –junto, claro, a la ya legendaria Martindale– son la que le dan a BLOW THE MAN DOWN su personalidad única. Pero no se confundan: no estamos ante un policial simpático con pícaras señoras mayores –de esos que solían surgir anualmente en Gran Bretaña décadas atrás– sino de un film negrísimo y violento donde los verdaderos gángsters parecen unas abuelitas salidas de alguna de esas publicidades protagonizadas por familias aparentemente perfectas.