Clásicos online: crítica de «Yella», de Christian Petzold (MUBI)

Clásicos online: crítica de «Yella», de Christian Petzold (MUBI)

Este thriller con elementos fantásticos, de 2007, analiza las relaciones entre la ex Alemania Occidental y Oriental al contar la historia de una mujer (Nina Hoss) que se muda a Hanover para trabajar en el mundo de las finanzas.


Acaso la última película de la trilogía de fantasmas del alemán Petzold sea la más literal de todas ellas. Inspirada claramente en CARNIVAL OF SOULS –clásico del terror clase B de los años ’60–, YELLA traslada la acción a una específica zona de Alemania, la que se ubica en el invisible límite entre el Este y el Oeste, entre la vieja «Alemania Oriental» y la «Alemania Occidental». Se trata de una película de 2007, casi veinte años después de la reunificación del país que siguió a la caída del Muro de Berlín, pero las diferencias seguían (y en más de un sentido siguen) siendo ostensibles. Y, más allá de su línea de relato fantástico, la película del realizador de BARBARA habla exactamente de eso.

Yella es el nombre de la protagonista de la historia, interpretada por Nina Hoss, actriz fetiche de Petzold a lo largo de media docena de películas. Es una joven de Wittenberg, que regresa a su ciudad tras conseguir un trabajo en la cercana Hanover (200 kilómetros pero un mundo de diferencias) con la idea de despedirse e irse de allí. Las ciudades no son un tema menor en la trama. Su hogar está en la ex Alemania Oriental y el trabajo que consiguió en la ex Occidental. Eso despierta algún recelo en Ben (Hinnerk Schönemann) su ex pareja, con quien tuvo una tensa relación y al que quiere evitar a lo largo de esos días. El hombre, sin embargo, insiste y la persigue, enojándose con ella por haberlo abandonado y por no querer participar en un negocio que él le había propuesto.

(ATENCION: Si no vieron la película, de aquí en adelante pueden toparse con potenciales SPOILERS). Viajando en uno de los tantos autos y por una de las tantas rutas que vemos habitualmente en el cine de Petzold –Ben la lleva supuestamente a la estación cuando ella se va a Hanover–, el hombre se enoja, le dice «Te amo» y pega un brutal volantazo en medio de un puente. El auto cae en picada al agua y se hunde con ellos dos adentro. Ambos logran llegar hasta la orilla y, milagrosamente, Yella se recupera. Poco después está en el tren, camino a su nueva vida, a la Tierra Prometida.


Pero al llegar se da cuenta que las cosas no son como las esperaba. Su tarjeta no le funciona para pagar el hotel –en el que vivirá las siguientes semanas– y solo consigue pagarlo gracias a un rollito de billetes old school que su padre le metió en el bolsillo. Poco después descubre que la persona que la contrató acaba de ser despedida de su trabajo y que su interés con ella era más sexual que otra cosa. Y así termina involucrada y colaborando con Philipp (David Striesow) otro cliente del hotel que también trabaja en ese tipo de compañías financieras que se dedican a negocios un tanto incomprensibles, llenas de términos técnicos que disimulan un poco actividades que son un tanto non sanctas.

Pero, de hecho, quizás no todo sea lo que parece. Yella vive algunas situaciones raras (por momentos escucha sonidos penetrantes, en otros oye cuervos, a veces nadie parece prestarle atención y cosas así) que llevan a sospechar al espectador que hay algo raro en su vida. El estilo cinematográfico de Petzold, a su vez, marcado por espacios vacíos, no-lugares, edificios anodinos de oficinas, hoteles idénticos de cadenas, trenes, rutas y algunos paisajes campestres, ayuda a crear una atmósfera enrarecida, que envuelve lo que sucede con Yella, Philip y sus idas y vueltas tratando de conseguir dinero vaya a saber uno para qué actividades.

El misterio de YELLA funciona en el plano de las relaciones humanas y, a la vez, desde lo simbólico. Para los «occidentales», los habitantes de la ex Alemania Oriental pueden ser personas por momentos invisibles, fantasmales, como si no existieran realmente o no tuvieran un rol importante que cumplir. A los de la ex Alemania del Este les resulta lo contrario: se acercan a sus vecinos desde una envidia y admiración que no les deja ver que son (o que pueden ser) igual o aún más turbios y siniestros que los suyos, esos «campesinos» que tanto desprecian.

Para Yella, estar en ese escenario califica como una «out of body experience«, como algo que se vive de una manera separada de la realidad, como una muy realista pesadilla. Petzold vuelve literal esa experiencia de estar y no estar, mediante imágenes, «visiones» y sonidos extraños. En ese universo de espacios desolados, negocios turbios y personas que no son lo que parecen (o no parecen lo que son), el realizador de JERICHOW arma una feroz crítica al neoliberalismo imperante en su país, desmitificando la idea de que hacer negocios allí es, para Yella, más prolijo que en su lugar de origen.

De uno y otro lado de esa frontera imaginaria (pero no tanto), los hombres operan, inventan, disimulan y mienten de la misma manera. Para Petzold, la reunificación es esencialmente eso. Descubrir que en el «otro lado» pueden ser iguales o peores que en el nuestro. Y que uno mismo, liberado para proceder salvajemente a partir su más desaforada ambición, alejado de sus orígenes y de las responsabilidades comunitarias que eso conlleva, puede serlo también. Tanto en la fantasía como en la realidad. Más monstruo que fantasma.