Cannes 2021: crítica de «Anaïs in Love», de Charline Bourgeois-Tacquet (Semana de la Crítica)

Cannes 2021: crítica de «Anaïs in Love», de Charline Bourgeois-Tacquet (Semana de la Crítica)

por - cine, Críticas, Festivales
22 Jul, 2021 11:04 | Sin comentarios

Esta opera prima francesa se centra en la vida cotidiana de una chica parisina un tanto alocada que cambia profundamente cuando conoce a una escritora de la que se enamora. Con Anaïs Demoustier y Valeria Bruni-Tedeschi.


Anaïs es el tipo de persona que te puede caer simpática o irritante, divertida o insoportable. Siempre acelerada –corre durante media película–, llega tarde a todos lados, debe dinero a medio mundo, usa a la gente según su conveniencia, pero se las arregla con su verborragia para zafar de la mayoría de sus problemas. Es amable y encantadora, de la manera más parisina posible, siempre con su amplia sonrisa y su vestido al viento. Es también la persona más despistada del mundo.

Parece más joven pero ya anda por los 30. Se acaba de separar de su novio (a quien ni le avisó que estuvo embarazada y abortó), debe unos meses de alquiler y es un desastre para organizarse. En una de sus idas y vueltas con bicicleta por París conoce a Daniel (el veterano Bruno Podalydès, que la dobla en edad), un editor literario casado hace años con quien termina acostándose tras una reunión social. Su mujer, Emilie (Valeria Bruni-Tedeschi), es una famosa escritora que está de viaje, por lo que la chica termina quedándose en su casa y aprovechando para alquilar la suya a una pareja de turistas coreana y así ganar unos dinerillos que necesita.

Dentro de las aceleradas aventuras de Anaïs (encarnada con «espíritu adolescente» por una Anaïs Demoustier que tiene cierto parecido con la Isabelle Huppert de los años ’80-’90) hay un espacio para el freno, la contención y para que el espectador conozca su lado más humano y sensible. Eso aparece cuando va a visitar a sus padres y descubre que a su madre le ha retornado su cáncer. Ahí descubrimos a otra Anaïs: emotiva, reflexiva, un tanto más calma. Solo un tanto porque con su padre y su hermano (y el chimpancé de su hermano) sigue teniendo una relación casi adolescente.


La película parece ir velozmente por «el mundo de Anaïs» (de hecho, quizás ese sea un mejor título, o bien pensar el ANAÏS IN LOVE de un modo más general, el de alguien enamorado de las experiencias de vida) hasta que la chica se cruza casualmente con Emilie. La reconoce, la encara en la calle –la más madura escritora, sorprendida, no sabe bien qué hacer con ese terremoto que se le viene encima– y empieza a seguirla por todos lados. Pronto comenzarán a conocerse más ya que Anaïs se anota en un coloquio en un hotel de la Bretaña francesa en el que Emilie participa. Y lo que viene se lo pueden imaginar. Todo esto, además, con la figura de Daniel atrás quien, un tanto confundido, no parece tener muy en claro cómo se conocen ni la naturaleza de su relación.

La opera prima de Charline Bourgeois-Tacquet casi podría dividirse en dos partes, antes y después de que la protagonista conozca a Emilie. La primera sigue por lo general los acelerados trámites de la comedia parisina tradicional, el retrato de una chica joven, torpe y alocada, de esas cuya filosofía de vida es algo así como «hay que disfrutar del tiempo en el que estamos vivos», casi sin importar quien caiga en la volteada.

Al empezar a lidiar con la más temerosa, intrigada pero temblorosa Emilie (extraordinaria Bruni-Tedeschi transmitiendo todas las emociones de su personaje con mucho menos tiempo en pantalla) aparece eso que torna a Anaïs –y a la película– irresistible: ese joie de vivre aplicado a alguien que la fascina, que le intriga y enamora. Los momentos en los que ambas bailan el clásico «Bette Davis’ Eyes« (nada menos) son encantadores y las escenas románticas entre ellas son sorprendentemente cálidas y sensuales para una película que hasta ese entonces parecía trabajar el tema del sexo de una manera casi mecánica, rutinaria y funcional.

Es claro que el encuentro saca de adentro de la protagonista otro lado, uno más cercano a las emociones, el que solo vimos antes en relación a su madre. Y lo mismo pasa con la película, que refleja en su puesta en escena, en su ritmo un tanto más desacelerado y en algunas decisiones creativas curiosas y literarias, esa sensación más cálida y romántica que invade a la protagonista. La segunda mitad de la película, centrada en ellas dos, es la que la eleva y la que –además de convertirla en una de las agradables sorpresas de este festival de Cannes– nos convence de que la manera de vivir de Anaïs quizás sea, a fin de cuentas, más acertada y sensata de lo que en principio parece.