Estrenos online: crítica de «Pig», de Michael Sarnoski

Estrenos online: crítica de «Pig», de Michael Sarnoski

En esta curiosa e interesante película Nicolas Cage encarna a un ermitaño que vive con un cerdo que encuentra trufas en el bosque. Cuando le roban al animal, el hombre hará lo imposible para recuperarlo.


Subvertir expectativas. Ese ha sido uno de los modos operativos de Nicolas Cage a lo largo de su larga y cambiante carrera cinematográfica. PIG es una de esas películas. Si bien tiene elementos de muchas otras de las protagonizadas por el actor, la manera de combinarlas es única, distinta a las demás. Dicho de otra manera: este film de Michael Sarnoski «coquetea» con parecerse a cierto tipo de película «con Cage» –la hiperviolenta, sacada, intensa– pero termina recalando en otro tipo de producciones que el actor ha hecho: dramas indies, pequeños y angustiantes.

En cierto modo, PIG es las dos cosas a la vez. Y si bien ese es un recorrido sinuoso y raro para cualquier film –estará el espectador que espere ansioso esos momentos desatados, típicos suyos y el que prefiera al Cage hundido en su depresión que le permitió ganar el Oscar en LEAVING LAS VEGAS–, la combinación funciona una vez que uno se acomoda a ella. Es cierto que hay momentos que tientan a la risa (imposible explicarlos, pero la combinación entre el aspecto de Cage en el film y algunos diálogos o títulos de capítulos son graciosos), pero el giro que de a poco va haciendo la película los termina volviendo hasta curiosamente emotivos.

Mientras la veía pensaba que PIG podría considerarse una combinación rara entre JOHN WICK, RATATOUILLE y el documental TRUFFLE HUNTERS. Y si bien a nadie se le ocurriría hacer una película así, el comienzo indica que vamos por ese camino. Cage encarna a Rob, un hombre solitario que vive en una cabaña medio destartalada en un bosque de Oregon, no lejos de la ciudad de Portland. Su única compañía –y su medio de vida– es su cerdita, cuya capacidad para descubrir donde se esconden trufas en medio del bosque es su medio de supervivencia. Como se ve en el documental antes citado (ver crítica acá), el negocio de las refinadas trufas es caro –se usan en restaurantes lujosos– y tiene un sistema de intermediarios un tanto ambiciosos y extravagantes.


El contacto de Rob con el mundo es Amir (Alex Wolff), quien le compra las trufas y las comercia en restaurantes de Portland. El conflicto comienza cuando, en medio de la noche, hay un estallido de violencia en su cabaña, a Rob lo lastiman y a la cerdita se la llevan en un auto. Cualquiera que haya visto algunas de las películas de revancha que ha hecho Cage (la reciente MANDY, sin ir más lejos) puede suponer lo que se viene: el tipo desatado tratando de recuperar al animal en cuestión y de vengarse de quiénes se lo llevaron. Y si bien durante un rato la película coquetea con volverse ese tipo de relato –junto a Amir el tipo empieza a meterse en un raro submundo criminal de los restaurantes de Portland, donde todos parecen conocerlo aunque no reconocerlo–, en algún punto hay un giro inesperado que desvía el tono de la retribución violenta hacia otro lado.

A esa altura Cage ya tiene la cara lastimada y look de haber enfrentado a medio aparato criminal de la costa Oeste norteamericana, pero la realidad es más bien distinta. Y para saber qué secretos del pasado se esconden en la película habrá que verla. PIG es más bien una historia de dolor, de trauma, de un hombre que abandonó «el mundo real» en el que vivía y trabajaba y que se ve obligado a volver a él, con todo el desprecio que le genera. Sus conversaciones y enfrentamientos con personas del negocio de la comida y los restaurantes de Portland son una mezcla de análisis del negocio gastronómico y apuntes casi de filosofía de vida. «A esta gente no le importa tu comida y no le importás vos», le dice a un chef de moda que termina en una crisis existencial tras hablar con Rob.

De a poco el drama indie va ganando peso –Cage hizo películas así con David Gordon Green, por ejemplo– y si bien aparece algún plan de venganza en la torturada cabeza del personaje, éste tiene más que ver con la comida que con la violencia, como si fuera una secuela de RATATOUILLE en la que la rata cocinera, muchos años después de fuertes experiencias de vida, volviera a reencontrarse con viejos compañeros de ruta para saber quién se robó su plato favorito. Sí, hay cuchillos acá como en las películas de acción de Cage, pero se usan para otras cosas.

Más allá de las ironías que pueda despertar un proyecto de este tipo, PIG es una película que va creciendo en dolor y en emoción. Vamos conociendo de a poco qué llevó a Rob a vivir como vive, viendo las cosas que lo unen a Amir –que tiene sus serios problemas también, debajo de su actitud cool–, cuáles son los traumas lo persiguen desde hace tiempo y cómo es su relación con el falso mundo de la haute cuisine urbana que tanto desprecia. Como si fuera una de esas trufas únicas, caras e inconseguibles, se trata de alguien que prefiere esconderse y alejarse del mundo de los humanos antes que «ensuciarse» en esos negocios de egos y falsedades. Es que el dolor de lidiar con los demás, con la muerte y con todo lo que eso conlleva, le resulta demasiado fuerte.