Series: crítica de «Misa de medianoche», de Mike Flanagan (Netflix)

Series: crítica de «Misa de medianoche», de Mike Flanagan (Netflix)

Esta serie del director de «Doctor Sueño» narra los hechos extraños que empiezan a suceder en una isla a la que llega un nuevo cura. En Netflix.


Una de las críticas más usuales que reciben las películas de terror contemporáneas es su predilección por el shock y los efectos en desmedro del desarrollo de personajes creíbles y complejos. La idea que rige a esa forma de narrar consiste en suponer que el espectador tiene poca paciencia y necesita ser asaltado en sus sentidos a cada momento, lógica que es prevalente en el audiovisual actual y no solo en el cine de género. Sucede lo mismo, de otras maneras, hasta en el cine arte.

MISA DE MEDIANOCHE trata de probar que otro tipo de producto de género masivo es posible. Como ya lo había hecho en sus producciones previas –como la película DOCTOR SUEÑO o la serie LA MALDICION DE HILL HOUSE–, el realizador Mike Flanagan apuesta a que sus producciones, sean para cine o para TV, se escapen un poco de esos parámetros y supuestas obligaciones, dándose tiempo para crear personajes complicados cuyas historias (secretos, traumas) se desplieguen a lo largo del tiempo. Si bien es cierto que la longitud de las series favorece este tipo de acercamiento, uno tiene claro que forma parte también del modus operandi de Flanagan, un cineasta muy influenciado por Stephen King, autor que no le teme a la longitud ni a las tangentes narrativas.

Durante los primeros tres episodios de MISA DE MEDIANOCHE uno tiene la sensación de que Flanagan está logrando la combinación perfecta entre intriga y descripción de un universo, armado de cero. En su lento pero preciso acercamiento a los paisajes y a los habitantes de una isla con reminiscencias «carpenterianas» en la que viven solo 127 personas –la llamada Crockett Island–, la serie va adentrándose en un misterio que no termina de explotar por un buen rato.


Hay varios elementos y personajes en juego: un ex convicto que regresa tras cumplir su condena por un asesinato (Zack Gilford), sus preocupados padres (Kristin Lehman y Henry «E.T.» Thomas), un joven cura que viene a reemplazar a otro que está enfermo en la ciudad (Hamish Linklater), la celosa responsable de la iglesia (Samantha Sloyan), una mujer embarazada soltera (Kate Siegel), una doctora (Annabeth Gish) que cuida a su madre con Alzheimer (Alex Essoe), un sheriff musulmán (Rahul Kohli), una adolescente en silla de ruedas víctima de un accidente (Annarah Cymone) y una decena más de personajes que tendrán roles de importancia en la trama.

Durante ese primer bloque de episodios suceden cosas extrañas en el pueblo (mueren gatos en la playa, algún perro se intoxica, se ven raras figuras entre la niebla nocturna), pero Flanagan sigue más que nada interesado en describir al mundo y las relaciones entre los personajes, encontrando rasgos de humanidad en casi todos ellos, aún los que parecen más oscuros y problemáticos, como el borracho del pueblo. Esa mirada compasiva sobre los habitantes de la isla es la que permitirá que la serie no se convierta en un «freak show» cuando las cosas se pongan más densas.

En un momento, sí, el asunto se empieza a complicar. Eso sucede cuando el Padre Paul logra que la chica en silla de ruedas vuelva a caminar. Ese será el primer «milagro» que tendrá lugar allí, pero no el único. Pronto otros personajes cambiarán (el maquillaje de envejecimiento que algunos actores usan al comenzar la serie ya da una pista de lo que puede pasar) y Flanagan irá tratando de presentar posibles explicaciones a ese fenómeno. ¿Es un milagro de orden religioso o hay alguna explicación más terrenal a lo que sucede en Crockett? ¿Qué es eso que el Padre carga en su baúl? ¿Qué pasa con esas latas de veneno?

La serie trabajará sobre temas importantes: la religión versus la ciencia, los límites de la devoción y el fundamentalismo, el peligro de los seguidores fanáticos convertidos en turba tipo secta, el terror a la muerte convertido en violencia, los traumas y adicciones personales que llevan a las personas a recorrer caminos peligrosos y hasta un eje secundario ligado a cómo algo que se expande como un virus puede o no contenerse. El problema es que, a partir de cierto momento, la propia lógica calma y sugerente de la serie se va volviendo discursiva, didáctica, repetitiva.


A Flanagan le gusta que sus personajes conversen y se expresen pero aquí la sensación que se tiene es que se trata más bien de largos monólogos en los que varios de ellos pontifican (hay muchos sermones y muy largos), cuentan historias del pasado, reflexionan e intentan explicar lo que está pasando en escenas en muchos casos interminables que también sirven para el «lucimiento» actoral. Y el problema que se genera es el opuesto al del shock y la sorpresa: la serie ahí bordea el tedio, la repetición y la monotonía.

Si uno supera ese largo «entretiempo», MISA DE MEDIANOCHE se recompone a sí misma desde el final del quinto episodio hasta el cierre (son siete, pero de más de una hora cada uno), en el que la máquina narrativa vuelve a entrar en funcionamiento de la manera esperada: con los desbordes imaginables para una trama que cada vez adquiere características más fantásticas pero sin caer en facilismos ni golpes efectistas. Y los temas antes comentados cobran relevancia a partir de la acción y no de la explicación.

MISA DE MEDIANOCHE podría haber sido una mejor serie con mayor tiempo para reescrituras, edición y otros ajustes, especialmente los de ciertos olímpicos agujeros en la trama. Quizás, hasta una muy buena película o una miniserie bastante más breve. La necesidad de atrapar al espectador de las plataformas (Netflix o cualquier otra) muchas veces juega en contra de la efectividad de los productos. Y la serie de Flanagan podría haber adquirido hasta categoría de clásico con una mayor contención de sus desbordes verborrágicos.

Así y todo MISA DE MEDIANOCHE es una muy buena serie, con momentos apasionantes, personajes con aristas interesantes e inesperados giros dramáticos. Tiene, además, actores (como Linklater, Gish o Siegel) que logran darle fuerza dramática aún a escenas en las que tienen que hablar como si estuvieran en una convención sobre análisis de mitos religiosos o en un congreso de medicina molecular. Y a eso hay que sumarle una creciente y angustiante sensación de que no hay demasiadas salidas posibles en este universo con mayoría de fanáticos (o desesperados) en el que, tarde o temprano, regirá el «sálvese quien pueda».