Estrenos online: crítica de «Procesión», de Robert Greene (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Procesión», de Robert Greene (Netflix)

Este premiado documental fue hecho por el realizador de «Kate Plays Christine» en colaboración con seis víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes católicos. En él, analizan y filman escenas centradas en sus historias y traumas.


El cine ha venido tratando –lidiando, sería mejor decir– con el tema de los abusos sexuales cometidos por curas a niños desde hace décadas, con un importante crecimiento en los últimos años en los que el tema fue saliendo más y más a la luz. Se ha hecho desde la ficción (SPOTLIGHT, la ganadora del Oscar, trataba el tema) y desde el documental (DELIVER US FROM EVIL, MEA MAXIMA CULPA), Pero quizás nadie tuvo la idea y la temeridad de acercarse al tema en la manera en la que lo hace Robert Greene. No es casual. El realizador acostumbra a trabajar con formatos documentales inusuales en films como ACTRESS y KATE PLAYS CHRISTINE, en los que el propio concepto de «realidad» es cuestionado y la recreación es parte importante del propio sistema narrativo, pero no del modo convencional sino de uno con características muy específicas.

Este es uno de esos casos. PROCESSION parte de una situación que normalmente veríamos transformado en un documental tradicional de la escuela informativa norteamericana: un grupo de hombres que rondan los 60 años dan una conferencia de prensa en la que cuentan que fueron abusados por curas católicos cuando eran niños, casi medio siglo atrás, pero legalmente esos crímenes prescribieron y no se puede ya juzgar a los culpables. Cualquier otro documentalista se contentaría en contar sus historias y buscar justicia de un modo clásico, pero Greene plantea algo a lo que claramente le cabe el término de «justicia poética».

Para hacerla, convocó a esos sobrevivientes y a algunos otros –casi todos del área de Kansas City– y les ofreció elegir cómo contar esas historias ficcionalmente, con la colaboración de una «dramaterapeuta». Lo que hacen es inventar o recrear escenas elegidas por ellos mismos que puedan servirles no solo para contar qué pasó (las escenas pueden tener que ver con los hechos en sí, con pesadillas o con su imaginación) sino para de algún modo exorcizarlo, atravesarlo, superarlo, sanar. El límite con conceptos como «explotación emocional» y «revictimización» están presentes, pero Greene lo ha pensado y entiende –y los sobrevivientes también– que si ellos deciden que así quieren contar sus historias y que eso puede ayudarlos a trabajarlas, ese tipo de conflictos si se quiere éticos no existen. O bien, son secundarios.


Es un tema debatible, es cierto, pero la película por lo general consigue salir indemne de esa potencial acusación. PROCESION consiste más que nada en la preparación de esas escenas –búsqueda de locaciones, casting, vestuario, construcción de sets– y en las ideas y guiones que los sobrevivientes involucrados eligen contar. En ese proceso de preproducción y a través de conversaciones y entrevistas vamos conociendo las historias de cada uno, las que tienen sus diferencias específicas pero una gran similitud: todos ellos siguen, décadas después, atribulados, atravesados, rotos y quebrados por aquellos abusos.

De a poco, y brevemente, cada una de esas escenas elegidas y dirigidas por los sobrevivientes (el film está presentado como una codirección entre todos ellos más Greene) van siendo mostradas, pero son secundarias a lo más importante: no solo la posibilidad de ir trabajando sus traumas en la preparación de ellas (encontrar determinadas locaciones donde sucedieron horribles hechos prueba ser muy catártico, lo mismo que olores u objetos) sino la posibilidad de apoyarse, sentirse comprendido y acompañado por las otras víctimas, varios de los cuáles no se conocían entre sí y con los que termina armándose una suerte de familia.

Los protagonistas son Mike Foreman, quizás el más enojado y furioso de todos por lo que le sucedió; Dan Laurine, que parece más preocupado por su hermano (que se siente culpable con él por no haberlo protegido) que con su propio trauma; Ed Gavagan, que se mudó a Nueva York y sueña con hacer un film en el que los «Avengers» vengan a salvarlo de los curas abusadores; Joe Eldred, uno de los que sigue sufriendo más en carne viva todo lo que le pasó; Michael Sandridge, un silencioso decorador de interiores de gran poder de observación, y Tom Viviano, que no puede hablar de su caso por cuestiones legales pero ayuda a los otros actuando en sus «cortos». A través del film se conocerán detalles de las historias de cada uno y las distintas reacciones, análisis y comentarios que hacen.

Es una película dura de ver, claramente, y es incómoda en varios momentos. Contratan, por ejemplo, a un mismo chico para que los interprete en todos los cortos y si bien es un actor profesional que parece manejar todo bastante bien, imagino que no debe ser fácil para él ser parte de esa experiencia. Pero PROCESION tiene esa distinción que permite que uno tenga que hacer silencio ante la posibilidad de acusarla de cualquier utilización del trauma, ya que son las propias víctimas las que decidieron (o aceptaron) lidiar con sus duras historias de ese modo. Transformar «victimización» en «empoderamiento» parece ser el modus operandi aquí. Y, al menos en función de lo que vemos en el film, parece funcionar. Y emocionar –y hacer enojar, claro– a los espectadores.

Lo mejor de este angustiante documental no pasa por las escenas recreadas en sí (de hecho, en las «ficciones» siempre se rompe la cuarta pared y las vemos como las construcciones que son) sino por la manera en la que los sobrevivientes lidian con las emociones, el dolor, la furia, la indignación y la necesidad de justicia ante una institución como la Iglesia Católica que niega, oculta, tapa y disimula los miles y miles de casos como estos que existen en todo el mundo. En algún punto, si «revivir» esos momentos les funciona como experiencia catártica, si los saca –como dice la terapeuta– del lugar de víctimas para convertirlos en sobrevivientes y si los ayuda a sobrellevar mejor las terribles experiencias vividas en su infancia, PROCESION vale la pena. Uno podría discutir algunas cosas del film en sí, pero los cuestionamientos se anulan ante el evidente efecto curativo que este proceso (procesión, procedimiento) parece tener en ellos.