Series: crítica de «Pistol», de Craig Pearce y Danny Boyle (Star+)

Series: crítica de «Pistol», de Craig Pearce y Danny Boyle (Star+)

Esta serie de seis episodios dirigida por el realizador de «Trainspotting» narra la corta y explosiva carrera de los Sex Pistols, banda fundamental del punk británico. A partir del 31 de agosto, por Star+.


No hay duda que, más allá de todo lo que se pueda discutir respecto de su obra, Danny Boyle tiene un estilo que lo convierte en un muy buen candidato para dirigir una biografía de los Sex Pistols. Desde TRAINSPOTTING, el realizador británico ha probado manejarse muy bien en registros furiosos, veloces, intensos y, sobre todo, musicalizados hasta el último fotograma. De hecho, hasta los rasgos estilísticos que son problemáticos en sus películas –su muchas veces caótico estilo que busca más el impacto superficial que cualquier otra cosa– podrían hasta funcionar muy bien en un marco como el del nacimiento del punk rock británico, rodeado más que nada de esas mismas características. PISTOL tiene, al menos formalmente, la impronta del cine de Boyle: no descansa un segundo, su energía es caótica y arrolladora, además de combinarse a la perfección con el mundo que describe. El problema es otro. El problema es, bueno, casi todo lo demás…

Basada en la autobiografía de Steve Jones, el guitarrista y miembro fundador de la banda, lo más parecido que Sex Pistols tuvo a un «antihéroe de la clase trabajadora», PISTOL toma la perspectiva de este joven semi-analfabeto de bajos recursos, que vive en un hogar donde el abuso (de todo tipo) es moneda corriente y que dedica gran parte de su tiempo a robar equipos de bandas de rock tras sus shows en vivo. De hecho, así empieza la serie, recuperando uno de los mitos de la prehistoria del punk: cuando Jones se robó parte del equipo de David Bowie tras un show suyo en Hammersmith Odeon en 1973.

Pero pronto se ve que Boyle no busca contar los orígenes de Sex Pistols desde el realismo callejero sino que usa ese trasfondo social para crear un mundo más cercano al de una novela gráfica: excesivo, grandilocuente, doblemente intenso. La búsqueda de llevar todo al borde de la caricatura se va a mantener a lo largo de la serie, casi sin dar descansos ni respiros. En algunos aspectos –especialmente en los audiovisuales y en ciertos momentos de la historia–, probará ser una elección oportuna y hasta divertida mientras que en otros, más que nada los ligados al guión y a la construcción de personajes, estará al borde de lo tolerable, del meme gracioso y sí, de la vergüenza ajena.


PISTOL narra la historia de la banda desde los inicios y sigue, siempre desde la perspectiva de Jones, su conocida saga, empezando por su paso por la tienda Sex, su relación con Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, exagerando (y mucho) la relación de «amistad con beneficios» que el guitarrista tuvo con Chrissie Hynde (que trabajaba en esa tienda mucho antes de liderar The Pretenders) hasta llegar a la aparición en la escena de un tal John Lydon (AKA «Rotten»), quien pasaría a transformarse no solo en el cantante del grupo sino en una suerte de rival, en casi todo, de Jones. El baterista Paul Cook estará siempre ahí (como buen baterista, habla poco) y el bajista Glen Matlock será el objeto de las cargadas de Rotten (su gusto por los Beatles será su condena) hasta que, tiempo después, termine siendo reemplazado por otro de los míticos miembros de la banda: John Ritchie, luego conocido como Sid Vicious.

A lo largo de los compactos seis episodios de la serie lo que se irá armando es un triángulo de rivalidades entre el perturbado Jones, el maníaco Lydon y el maquiavélico McLaren, quién más hizo por popularizar a la banda y también por destruirla, manipulando los egos de sus miembros hasta que todo terminó volando por los aires, casi literalmente. Y lo que mejor Boyle retrata es la energía de los caóticos shows en vivo, la intensidad de la experiencia de ser un «Pistol» en medio del furor y el caos público que generaron sus canciones y sus declaraciones, algo que hace combinando bastante bien escenas filmadas por él con material documental que se inserta constantemente en la narración. Es un patchwork creativo bastante apropiado para el mundo que retrata, un collage de elementos dispersos que tiene mucho en común con la estética armada a partir del punk rock.

El problema de PISTOL pasa porque, más allá de sus caóticas pero respetables decisiones creativas en lo que respecta al universo audiovisual que contiene a la historia, casi todo lo demás es problemático, por no decir directamente equivocado. Las caracterizaciones son exageradas y caricaturescas, los diálogos son imposibles –por lo obvios, didácticos y redundantes–, las situaciones no tienen ninguna espesura dramática y, en el fondo, todo está explicado como si fuera un curso rápido de «punk para niños». Son pocas las escenas que le escapan al griterío y la exasperación constantes que propone la ampulosidad de la dirección actoral de Boyle y el flojísimo guión de Pearce, habitual colaborador de Baz Luhrmann, incluyendo la inminente ELVIS. Como sucede también en ese film, al guionista le gusta ir por el lado de la grandilocuencia y de un concepto bigger than life de las cosas cuando quizás en este caso –a diferencia de Presley– no era la opción más lógica.

Las discusiones sobre qué es real y qué no, qué cosas Jones se adjudica que no fueron así o si lo que se muestra pasó realmente o no son secundarias. Las historias de las bandas de rock son más que nada mitos instalados a través del tiempo y a esta altura nadie sabe bien qué pasó y qué no o quién tuvo la culpa de qué cosa. Si alguien busca documentación, bien puede acercarse a este tipo de material. Discutir a PISTOL desde ahí no tiene demasiado sentido y es casi no entender cómo funciona el concepto de ficción, aún cuando se base en casos reales. Los problemas de la serie son otros –muchos otros– y es una pena que la producción no haya logrado armar un guión que esté a la altura de la complejidad del mundo y de los personajes que describe.

El maníaco ritmo de Boyle, de todos modos, hace que la serie se consuma con facilidad y rápidamente. Uno no puede dejar de ver sus problemas (algunos diálogos o frases causan gracia o borden la auto-parodia) pero la energía es igualmente contagiosa. Es más que nada por eso que, pese a que por momentos uno tiene la sensación de estar viéndolo solo para reírse, no llega del todo a ser un hate-watch. La intensidad y la furia, de a ratos, ganan la batalla. Como dice el propio Vicious en la serie: no importa saber tocar, lo único que importa es cómo uno luce. A veces parece que la serie PISTOL se toma esas palabras demasiado al pie de la letra.