
Berlinale 2026: crítica de «Josephine», de Beth de Araújo (Competición)
Tras presenciar un inquietante acto de violencia sexual, una niña de ocho años intenta procesar lo que vio mientras su familia la prepara para un juicio que podría cambiarlo todo.
Para un niño o niña de ocho años, ser testigo de un hecho violento puede ser traumático. En el caso de Josephine, la protagonista del film que lleva su nombre, el caso específico es una violación. Ella ha salido a entrenar con su padre, Damien (Channing Tatum) cuando, en una de las tantas caprichosas decisiones del guión, se separa de él en medio del parque por el que corren. Es justo en ese momento que Josephine se topa con un hecho que, a su edad, no entiende del todo bien pero que la impacta. Un hombre agarra a una mujer, la empuja, golpea su cabeza contra el piso, se quita la ropa y se le tira encima. La niña probablemente no comprenda bien qué es lo que sucede, pero por los gritos y llantos de la mujer se da cuenta que es una situación violenta y se esconde viéndola detrás de un árbol. Finalmente llega su padre y, tras una persecución en la que interviene la policía, detienen al violador.
De allí en adelante, nada será igual. Por un lado, es lógico: el shock de la violación –filmada de manera en exceso franca por la realizadora– perturba a Josephine (Mason Reeves), que empieza a actuar raro, a tener miedo, arrestos de violencia, querer comprar un arma de juguete o agarrar un cuchillo. En tanto, sus padres no tienen idea de qué hacer: él la empuja a ser valiente, a entrenar defensa personal, a no tener miedo, pero no tiene idea cómo hablarle ni decirle nada respecto a lo que pasó. La madre, Claire (Gemma Chan), igualmente indefensa, no sabe para qué lado disparar. Le recomiendan llevarla a una psicóloga, pero la niña no quiere saber nada. Entre ellos dos, además, no se ponen de acuerdo en casi nada. Y como si esto fuera poco está el juicio al violador, del que la niña es la única testigo.
Josephine presenta un tema incómodo con aristas inquietantes. Presenciar un hecho así para una niña que no entiende muy bien qué es lo que está viendo es sin dudas traumático. Y hay decenas de formas de investigar y analizar las posibles reacciones y derivaciones de una situación así. El problema es que Beth de Araújo piensa solamente en las más dramáticas, tensas y peligrosas. No hay intento de profundizar en la complejidad del problema. Es como si la directora fuera igual de torpe que los padres y lo único en lo que puede pensar es en tirar más y más carne al asador a una situación ya de por sí incomodísima.

Es por eso que Josephine nunca es creíble como drama. Todo se trata aquí de hacer actuar a Jo de maneras extrañas, violentas y amenazantes –habrá tijeras, cuchillos, golpes, bolsas de plástico, peleas en la escuela, agresiones de todo tipo y hasta un lanzamiento desde un auto que no termina con la niña aplastada por el tráfico de milagro– y a los padres cometer un error tras otro. Damien es un tipo físico, al que lo único que le importa es correr y entrenar, que no puede hacer nada para calmar a su hija. Y Claire, la madre, si bien parece más sensible a sus dificultades, se pasa toda la película como atontada, sin ser capaz de contenerla nunca ni darle un abrazo. Los padres parecen más incapacitados de lidiar con la situación que la niña. Ella al menos tiene la excusa de la edad.
Además de una caprichosa puesta en escena que se arma a modo de película de terror –mucho plano subjetivo, ángulos de cámara extrañísimos y una música de suspenso permanente e invasiva–, el problema del film es un guión que solo se organiza en función de ir tirando un conflicto imposible tras otro, sin pausas para nada que no sea apretar las tuercas de la tensión. En ese sentido, se la nota más pensada como película de terror que como drama, ese tipo de films en los que se espera que las potenciales víctimas siempre abran la puerta que no tienen que abrir o se metan en el lugar en el que no tienen que meterse.
Es que, convengamos, no parece haber una sola decisión que los protagonistas tomen que sea mínimamente comprensible o correcta y –-salvo por una chica que la ayuda a Jo a lidiar con el potencial juicio al violador-–, tampoco las autoridades ni la policía parecen tener idea qué es lo que están haciendo ante la situación. Más bien, siempre hacen todo lo contrario a lo lógico, empezando por el policía que sigue el caso y que le dice a la atemorizada niña que, aún siendo condenado, el violador saldrá en libertad como máximo en ocho años. ¿Se puede ser más imbécil?
Es imposible saber si es algo sociocultural, pudoroso o si es un capricho de un guión que prefiere funcionar de ese modo enervante, acumulando potenciales problemas ante una Jo cada vez más confundida y que ve todo el tiempo al violador a modo de fantasma. No spoilearé muchas de las cosas que suceden o que hacen los padres de la chica –más allá de pelearse todo el tiempo delante de ella respecto a todo–, pero por momentos sus decisiones bordean lo risible. Y ese exceso de forzados contratiempos le hace perder al film la credibilidad o la inquietud que genera su punto de partida.
Cuesta entender que no haya una sola nota de ambigüedad o de sutileza en un film sobre un tema tan complicado como el que plantea Josephine. La que atraviesa la niña es una situación difícil –la víctima tiene un rol muy secundario aquí– y abre interrogantes respecto a su comprensión de la sexualidad, su mirada sobre los hombres como seres peligrosos y amenazantes, y hasta su futura forma de relacionarse con el mundo desde el miedo o la agresión. Pero esos temas solo aparecen a modo de consignas –Demian solo sabe hablar de esa forma– y Beth de Araújo tampoco encuentra una mejor manera de plantearlos. Un desperdicio, de principio a fin.



