
Estrenos: crítica de «Prime Crime: A True Story» («Dead Man’s Wire»), de Gus Van Sant
Un hombre desesperado toma como rehén a un ejecutivo utilizando un artefacto letal, desatando un circo mediático que convierte su conflicto corporativo en un espectáculo público volátil. Con Bill Skarsgård, Al Pacino y Colman Domingo. Estreno en España: 17 de abril.
Una mini versión de Tarde de perros al punto de tener a Al Pacino en un rol pequeño pero clave, Dead Man’s Wire nos retrotrae a ese cine policial de los años ’70 y a esa permanente batalla entre el «little man» –o el hombre común– contra las corporaciones, en este caso tratando de tomar el toro por las astas. Esto es: resolver un complicado conflicto de un hombre contra una agencia de seguros poniendo un arma en la cabeza del empresario y viendo qué sucede con eso.
El espíritu Sidney Lumet recorre todo el film del realizador de Elephant en la que es su película más accesible y comercial en más de una década, tras un parate de siete años. Si bien Van Sant tiene un ritmo naturalmente más tranquilo y observacional que el de Lumet –en ese sentido la película tiene un aire también a The Mastermind, de Kelly Reichardt–, la furia que va expresando su enojado protagonista, primero de a poco y luego con toda la fuerza, conecta al film con la tradición más virulenta de aquellos films como Network o la tradición policial-político-mediática de esa época.

Corría el año 1977 cuando en Indianapolis un tal Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) entró a las oficinas de una agencia de seguros con la intención de secuestrar a su dueño, M.L. Hall (Pacino), pero como el hombre estaba de vacaciones en Miami termina tomando como rehén a su hijo y vicepresidente de la compañía, Richard Hall (Dacre Montgomery). Su método es un tanto particular. Se ha inventado lo que llama un «dead man’s wire», una suerte de artefacto que conecta un arma a un cable que va alrededor del cuello de la potencial víctima y que se pondría en funcionamiento si alguien intenta atrapar o matar a Tony.
Es gracias a eso que Tony logra moverse por la ciudad con su víctima intentado a la par mediatizar su problema con la agencia, utilizando para eso a un DJ radial del que es fanático (Colman Domingo), mientras la policía y los medios lo siguen de cerca sin atreverse a hacer nada. Las demandas de Kiritsis implican un pedido de dinero por los negocios perdidos por la decisión de la aseguradora, pero más que nada lo que quiere es un pedido de disculpas. Y eso no será fácil de lograr. En tanto todo se negocia, Tony y Richard empiezan a conectar de maneras impensadas y la gente, que sigue las noticias en vivo (la tensión se extendió por unos días), lo va transformando de a poco en un héroe.
Van Sant utiliza muchos mecanismos del cine de la época en la que la película transcurre, incorporando a la vez algunos detalles personales como escenas narradas mediante fotos fijas, algunas imágenes de la época y un extensivo uso de canciones de la época (con la excusa del DJ que encarna Domingo). Así va tejiendo un relato que combina la tensión natural que conlleva el secuestro con una reflexión acerca de los maltratos y desprecio que este tipo de empresas tenía (tiene) con pequeños emprendedores como Kiritsis.

De todos modos, el secuestrador tampoco tiene todas las luces y por momentos el guión da a entender que, más allá de la estafa que lo tiene como víctima, hay algo más complicado transcurriendo por su cabeza. Volviendo a los clásicos de Lumet, Van Sant pone un fuerte acento en la cobertura mediática (acá combina material de época con escenas actuales y pone a Myha’la (la actriz de Industry) en el rol de una periodista novata que consigue varias primicias) y en cómo ese combo va revelando una sociedad enojada, en crisis, disgustada con políticos y empresarios en una época de «vacas flacas» en los Estados Unidos.
Más allá de algunos cambios, el film respeta bastante –se ve en las fotos e imágenes que se muestran al final– lo que pasó en la realidad. El curioso título con el que se estrena en España (en inglés, pero diferente al original) pone en primer plano ese dato. Por momentos, todo parece absurdo, desde el artefacto en sí hasta todo lo que hacen los protagonistas, pero la realidad no fue muy distinta. Como dicen por ahí, es una historia que ningún guionista de ficción podría haber imaginado así.




Película que bien podría haber sido filmada hace 50 años, narra la historia del secuestro del hijo del dueño de una agencia de seguros a manos de un psicópata estrafalario (muy buena actuación de BILL SKARSGARD) que quiere vengar la memoria de su padre que fue víctima de las prácticas del dueño de esa empresa. La película, de alrededor de 90 minutos, escenas de tensión y parece un homenaje al cine de SIDNEY LUMET, en especial de la gran película TARDE DE PERROS que tuvo una inmensa actuación de AL PACINO. Una película menor dentro del cine del gran GUS VAN SANT (6/10)