Estrenos online: crítica de ‘Sin censura: la historia de Robin Byrd’ (‘Bang My Box’), de Jyllian Gunther y Stephanie Schwam (HBO Max)

Estrenos online: crítica de ‘Sin censura: la historia de Robin Byrd’ (‘Bang My Box’), de Jyllian Gunther y Stephanie Schwam (HBO Max)

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04 Ago, 2026 01:37 | Sin comentarios

Retrato lúdico y afectuoso del ícono del cable erótico, que revisita su fama y su presente mientras trata de preservar una Nueva York desaparecida. Disponible en HBO Max.

La cultura estadounidense —todas las culturas, en realidad— están llenas de fenómenos extraños, de nicho, quizás un tanto bizarros, usualmente de culto y no necesariamente conocidos por el común de la gente. El de Robin Byrd es uno de esos casos. La mujer se volvió una pequeña celebridad como conductora de un show televisivo que iba por un canal de cable de acceso público neoyorquino en los años ’70 y que tenía, como particularidad, el de ser un programa sobre sexo bastante erótico, con la conductora en bikini e invitados salidos, por lo general, del universo del cine porno. Se trataba de un show amable, sex-positive, que celebraba la diversidad sexual, todo tipo de hábitos y subculturas y que fue muy popular en los segmentos LGBT de la población de esa ciudad.

Una mínima aclaración para los que no conocen el formato public access cable: cuando la TV por cable se inició en los Estados Unidos se habilitaron legalmente canales públicos en los que cualquiera que se anotara podía, en función del espacio, tener su propio programa y emitirlo de manera gratuita. La gran mayoría de ellos fueron olvidados (y olvidables), pero algunos pocos lograron una cierta trascendencia. The Robin Byrd Show fue uno de ellos. Conducido por una chica rubia y simpática vestida con una mínima bikini de crochet, en su show en vivo se dedicaba a entrevistar gente, llevar strippers, bailar con ellos, hablar con la audiencia y a hacer algo que recién entonces se empezaba a poner de moda: atender llamados telefónicos espontáneos.

Ya en los ’80 el programa se volvió icónico para la comunidad gay, por lo que Byrd empezó a llevar cada vez más performers masculinos de los clubes LGBT de Nueva York, y poco después la aparición del HIV-sida la convertirían en una militante pública del safe sex en su programa. Convertida en un ícono un tanto oculto de esa cultura —quizás no lo fue tanto porque las estrellas del porno de los ’70 no fueron necesariamente bien vistas por las ola feminista que vino luego—, Byrd es una de esas estrellas menores pero encantadoras de los medios y la cultura clase B de ese país. Al llegar los ’90 se la verá luchando contra la censura a su programa y teniendo como enemigo a Warner Bros., los que ahora curiosamente emiten su documental.

Lo fascinante del film es que, además de contar la historia de Byrd y, con ella, la de una Nueva York de los ’70 y ’80 que todavía era salvaje y arriesgada, muestra y sigue a Robin ahora, una mujer de 70 años con la misma chispa y vivacidad de entonces. El presente la muestra lidiando, por un lado, con todo el archivo de su trabajo que acumula en una casa neoyorquina con más cosas que metros cuadrados y viajando seguido a un segundo hogar que tiene en la cercana Fire Island, una isla LGBT-friendly cercana a Nueva York. Y, por otro, siguiendo con la larga historia de amor que la une a Shelly, su pareja de toda la vida que ahora, a los 84 años, sufre un principio de demencia senil.

Bang My Box —así se titulaba la canción compuesta y cantada por ella que cerraba el programa de manera bastante provocativa— es amable y hasta encantadora cuando muestra a la hoy septuagenaria pero igualmente inquieta mujer tratando de pensar cómo hacer para resguardar y digitalizar su archivo para futuras generaciones de investigadores de la cultura pop, y en la tierna relación que tiene con su pareja. A partir de ese presente, se organiza como un retrato lúdico de una época, de fines de los años ’60 a principios de los ’80, en la que la libertad y la apertura sexual eran celebradas o, al menos, generaban mucha curiosidad en la cultura mainstream. Hoy, muchas cosas han cambiado y personajes de ese tipo podrían aparecer en programas de streaming, vivos de Instagram, TikTok y similares. Pero no sería lo mismo. Fenómenos como los de Robin Byrd forman parte de una época analógica y algo romántica que desapareció para no volver.