Ciclos / Estrenos: crítica de «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos», de Emmanuel Mouret

Ciclos / Estrenos: crítica de «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos», de Emmanuel Mouret

Esta drama romántico francés se centra en la historia de amor que nace entre un hombre y una mujer mientras se cuentan sus complicados pasados amorosos. Hasta el 21 de julio en el ciclo Entre Nous (en Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay). En España, está en cines.


Historias de amores y desamores, de conversaciones sobre amores y desamores, LAS COSAS QUE DECIMOS, LAS COSAS QUE HACEMOS parece la prototípica película francesa que hemos visto –y disfrutado– tantas veces. Un poco de drama romántico, otro tanto de comedia, algo de farsa, y mucho debate y discusión sobre el amor y el deseo, lo que corresponde hacer y lo que no en ese terreno. La décima película de Mouret se posiciona casi como un recorrido y homenaje al cine romántico ya desde la forma en la que está estructurada, el uso de la voz en off y las elecciones musicales. Es un «vale todo» del cine romántico y a la vez una reflexión sobre el género

Quizás la referencia más a mano sea la de Eric Rohmer, especialmente por la manera en la que los personajes se entrecruzan, reticentes, con sus dudas, sus historias, sus miradas tímidas y sus miedos de dar algún mal paso. Pero la película apuesta también a una sensación más clásica, casi de melodrama de los años ’50, con algunos de sus planos, escenas y selecciones musicales. Uno podría meter en el medio a Woody Allen y no desentonaría tampoco. Aquí se trata de una serie de personajes y una mucho mayor saga de personas involucradas en romances (o posibles romances) que no saben muy bien cómo manejarse entre el deseo y la acción.

Lo que ninguno tiene dudas es que la conversación es el modo de poner la seducción en movimiento. El film comienza con una reunión. Maxime (Niels Schneider) va de visita a la casa de su primo François (Vincent Macaigne), que vive en el campo con su pareja embarazada, Daphne (Camélia Jordana). Pero el tipo está de viaje, trabajando, por lo que los dos –que no se conocen– se quedan solos y conversan mientras pasean por el pintoresco lugar. En un momento deciden contarse sus pasados amorosos y allí la película toma el punto de vista de Maxime –de espíritu novelesco, ya que es aspirante a escritor– quien le contará sus idas y vueltas románticas con una amante casada, su hermana (Jenna Thiam) y el novio de ella (Guillaume Gouix), que es su mejor amigo y que, en cierto punto, «se la robó».


Daphné hará lo propio –van haciendo postas en el relato y la película va y viene en los tres tiempos narrativos– contando cómo terminó casualmente casada con François cuando en realidad estaba enamorada de un cineasta (Louis-Do de Lencquesaing) con el que trabajaba como editora y que se fue con su mejor amiga. Y eso la llevará a contarle cosas de la relación de François, que estaba casado con Louise (Emilie Dequenne) cuando se conocieron, pero que se separó y ahora vive con ella.

En el medio, y previsiblemente, los «narradores» irán interesándose el uno en el otro, ya que ambos –en cierto modo– tienen actitudes similares respecto a las relaciones de pareja. Si bien el cine francés ha hecho del affaire amoroso algo casi tan natural como andar en bicicleta, Maxime y Daphné son de la línea más «rohmeriana» a la hora de abordarlo: se preguntan, dudan, se plantean lo que es y no es correcto, cómo lidiar con el deseo, cómo sus decisiones afectan a los otros y varios temas que de algún modo están resumidos en el título del film.

En la rara estructura episódica de LAS COSAS QUE DECIMOS…, promediando el relato las historias de ambos (y de sus respectivas parejas y exes) cambiarán, se enredarán y aparecerán sorpresas más propias de las farsas y enredos amorosos clásicos de la comedia romántica más tradicional. Pero aún dentro de esa zona un tanto más lúdica y de confusiones –espionajes, mentiras, ficciones–, la película jamás perderá del todo ese tono melancólico y romántico, por momentos doloroso (hay escenas que recuerdan al cine de Jacques Demy o a algunos films de François Truffaut) que atraviesa cada una de las historias de amor hacia las que la película viaja, como mostrando la manera en la que todas se encadenan entre sí hasta abarcar el mundo entero. O, al menos, París y sus alrededores.

La liviandad que las historias tienen a primera vista va dando paso a una cierta densidad emocional, algo que es evidente hasta en la velocidad de los diálogos. La película arranca a un ritmo atronador –todo narración, todo cerebral y chispeante– y de a poco va dando lugar a las miradas tristes, a los silencios y a palabras dichas más desde los sentimientos que desde las lecturas, la filosofía o la obsesiva cinefilia. Y Mouret –un especialista en comedias románticas en general un tanto más leves que esta– envuelve a esta otra parte del film en el impacto emocional del melodrama.

La excelente trampa de LAS COSAS QUE DECIMOS, LAS COSAS QUE HACEMOS es presentarse como una comedia romántica entre lúdica y entrecomillada, casi un compendio de situaciones prototípicas ya vistas en otras películas, para ir dando paso a un drama más verdadero, aún aceptando las reglas del juego del cine romántico en el que todas las situaciones están envueltas. La película de Mouret, siguiendo la lógica del maestro Rohmer, de algún modo vuelve contemporáneos dilemas morales que parecían haber pasado de moda en Francia, ya que sus posturas un tanto más cuidadosas, respetuosas y hasta culposas (¿conservadoras, quizás?) con respecto a dejarse llevar por el deseo hacen recordar bastante lo que atravesaban los personajes de aquel realizador medio siglo atrás. Quizás las cosas hayan cambiado lo suficiente como para volver a empezar todo otra vez.