
Estrenos online: crítica de «Indomables» («On Swift Horses»), de Daniel Minahan (Flow, Claro Video, Movistar TV)
Muriel y su esposo Lee comienzan una nueva vida en California en los años ’50. Pero su reciente estabilidad se ve trastocada por la llegada del carismático hermano de Lee, Julius, un jugador descarriado con un pasado secreto. Con Daisy Edgar-Jones, Jacob Elordi y Will Poulter. Para alquilar en varias plataformas.
Drama centrado en las secretas vidas queer de dos personajes que se sienten fuera de lugar en el tradicional y conformista clima de los Estados Unidos de los años ’50, esta adaptación de la novela de Shannon Pufahl tiene más de elegante telenovela con toques eróticos que de otra cosa. Bellamente fotografiada, posada más que actuada por algunos de sus protagonistas y ocupada fundamentalmente en las oposiciones más simples y predecibles posibles, INDOMABLES desaprovecha una temática no lo suficientemente explorada en el cine.
Minahan, un director especializado en series de TV –ha dirigido más de medio centenar de episodios de shows célebres como GAME OF THRONES, TRUE BLOOD, HOMELAND, HOUSE OF CARDS, entre muchos otros–, le da al film un aspecto prístino, robado a los melodramas de la época de Douglas Sirk a los que pretende parecerse. Pero las similitudes son tan solo superficiales –ni siquiera eso, en realidad–, ya que no parece haber mucha complejidad en los personajes por debajo de un deseo sexual que, digamos, se contradice con las normas de la época. Aún con sus excesos, algunos de ellos del mismo orden, films como QUEER, de Luca Guadagnino, iban mucho más lejos respecto a la profunda ambigüedad de sus personajes. Y ni hablar de CAROL, de Todd Haynes.

Jacob Elordi –quizás el actor más sobrevalorado de los últimos años, un tipo con aspecto de modelo que parece estar posando para una foto de tapa de revistas aún en medio de situaciones dramáticas– encarna a Julius, un veterano de la guerra de Corea que regresa a la casa de su hermano, Lee (Will Poulter, recientemente visto en EL OSO), y allí conoce a la esposa de este, Muriel (Daisy Edgar-Jones, de NORMAL PEOPLE), a la que parece querer seducir tan solo con mirarla y pedirle un cigarrillo. La chica no se echa atrás y pronto parece que el matrimonio se convertirá en una suerte de trío, con o sin consenso de Lee.
Pero no es tan así, porque pronto Julius desaparece del mapa para irse a Reno, Nevada, en busca de aventuras que, pronto sabremos, pasan por el lado romántico-sexual. Trabajando allí como seguridad en un casino, conoce a Henry (el mexicano Diego Calva, de BABYLON), y con él empiezan un tórrido romance que combinan con algunas trampas en el juego. En California, mientras tanto, Muriel prueba tener muchas similitudes con su cuñado. No solo empieza a apostar a los caballos en el hipódromo ganando así buenos dineros, sino que pronto conoce a una chica que vende huevos y aceitunas en una casa cercana (la actriz de ascendencia colombiana Sasha Calle) y parece ahí mismo descubrir no solo la existencia de las aceitunas, sino que la chica la atrae sexualmente, creando una suerte de paralelo con la vida de Julius.

ON SWIFT HORSES intenta armar un paralelo entre estas dos vidas secretas pero igualmente elegantes que se esconden bajo la pátina más tradicional de la sociedad estadounidense esa década. Así, mientras Lee se entrega al proyecto de mudarse a lo que, sabemos, será un clásico suburbio norteamericano (deprimente, aún cuando lo bañe el sol californiano), su esposa y su hermano irán buscando, a escondidas, modos de vida alternativos, diferentes. Y si bien desde lo temático la propuesta no tiene nada de reprochable, en lo formal Minahan no logra construir nada demasiado interesante ni sensible ni emotivo con todo eso.
Maestros como el citado Sirk –o, más cerca en el tiempo, Almodóvar, Haynes o hasta el propio Tom Ford en A SINGLE MAN— han sabido aprovechar cierto glamour superficial y algo nostálgico para contar historias queer que se abren a complejas emociones de parte de los personajes. Pero Minahan se queda en el álbum de fotos, en la composición refinada y la emoción telegrafiada. Salvo por algunos momentos en los que Edgar-Jones y Poulter le sacan un poco de magia a sus básicamente delineados personajes (particularmente en una escena cerca del final), el film en sí es un poco como la actuación de Elordi: una cara bonita que mira al horizonte como tratando de transmitir algún tipo de profundidad pero entregando en su lugar un elegante vacío.



