
Estrenos online: crítica de «Camina o muere» («The Long Walk»), de Francis Lawrence (Flow, Claro Video)
En una América distópica, cincuenta jóvenes deben marchar sin detenerse o enfrentar la ejecución. Mientras Ray Garraty se acerca a los demás participantes, el film se vuelve un relato de supervivencia, solidaridad y silenciosa rebeldía.
Una metáfora en movimiento constante, una película extraña en su propuesta formal aunque bastante tradicional en sus giros dramáticos, CAMINA O MUERE es –como su título en cierto modo anuncia– un film simple y contundente, aunque uno que funciona mejor como idea que como relato cinematográfico puro y duro. A lo largo de 108 minutos, esta película basada en una novela que Stephen King publicó en 1979 bajo el seudónimo Richard Bachman, es un drama con elementos de realidad alternativa que presenta, de un modo gráfico, lo que es vivir bajo un sistema totalitario.
La historia tiene algo de aquella saga iniciada en el cine con THE MOST DANGEROUS GAME (1932) y replicada en diversas formas hasta la actualidad, con ejemplares conocidos como BATTLE ROYALE, LOS JUEGOS DEL HAMBRE y hasta la reciente serie EL JUEGO DEL CALAMAR. Me refiero a la idea de un montón de personas que compiten en un perverso juego en el que se anotan sabiendo que habrá un solo ganador y que todos los demás participantes morirán en el intento. Eso puede utilizarse como metáfora de la vida bajo el capitalismo salvaje pero también, como en este caso, para hablar de los intentos de supervivencia y potencial rebelión ante un estado represivo y brutal, que es un tanto más parecido a lo que actualmente sucede.

Acaso no sea casual que las dos películas que más ponen el eje en este aspecto distópico pero cada vez más real sean LOS JUEGOS DEL HAMBRE y esta, ya que el director de ambas es el mismo: Francis Lawrence. THE LONG WALK simplifica y mucho aquella propuesta, yendo directo al grano, al corazón del problema. Todo transcurre en unos Estados Unidos sin un claro tiempo ni una lógica realista. Podría ser la actualidad o un pasado reciente, pero no se plantea en esos términos. El país está saliendo de una guerra y se sienten sus consecuencias en la depresión económica circundante. Con la curiosa idea de levantar el ánimo de la población –solo allí este tipo de competición puede verse como algo así–, el gobierno organiza «la larga caminata», que puede sonar como un evento simpático pero que nada tiene que ver con eso.
En realidad es una competición entre los 50 estados del país, cada uno de los cuales es representado por un joven dispuesto a llevarse el premio aún cuando sabe que derrota y muerte son sinónimos. El juego consiste en caminar por una ruta, sin parar a dormir ni a comer ni a hacer necesidades físicas, a un ritmo de 3 millas por hora (casi 5kms), hasta que el cuerpo aguante. El que frene tres veces seguidas durante un mismo día y no pueda –por el motivo que sea– seguir el ritmo de los demás, será brutalmente despachado por los militares armados que acompañan el pelotón de competidores, grupo liderado por un cínico comandante encarnada nada menos que por Mark Hamill. El que logre evitarlo, se le renovarán las tres advertencias por un día más y así… Se trata de seguir como sea, de aguantar, soportar las condiciones, el desgaste físico y mental, sabiendo que parar es sinónimo de que te vuelen la cabeza por el aire.
Cooper Hoffman encarna a Ray Garraty, el Número 47 y el único que conocemos por fuera de la «larga marcha». Como todos, llega a la competencia por necesidades económicas a las que le suma un trauma personal que se irá desarrollando a lo largo de la caminata. Su madre (Judy Greer) sufre al despedirlo –sabe que sus chances de supervivencia son de una en 50– y pronto Ray se está uniendo a un grupo de jóvenes con similares urgencias aunque distintas experiencias y personalidades, un crisol de culturas que intenta representar no solo a todos los estados sino diversas clases sociales, razas y modos de ser. En ese sentido, el film cuyo guión fue escrito por JT Mollner no se aleja demasiado de la lógica de los relatos bélicos y sus pelotones de amigos enfrentando situaciones tensas.

La cámara empezará a moverse hacia adelante –aunque enfocando para atrás– y seguirá a Ray, Peter McVries (David Jonsson), Gary Barkovitch (Charlie Plummer), Billy Stebbins (Garrett Wareing), Art Baker (Tut Nyuot) y Hank Olson (Ben Wang), entre otros, mientras avanzan, se van haciendo amigos, se pelean, discuten, empiezan a sentir el cansancio y las dolencias físicas mientras son testigos de la manera brutal en la que los militares despachan a los que se frenan. Y la película no se moverá de esa ruta ni de esa lógica a lo largo de varios días, salvo por el ocasional flashback, con Lawrence enfrentando el desafío de construir un relato que tiene una potencial carácter repetitivo, tanto desde lo narrativo como también en lo visual. Esa larga marcha a una casi segura muerte funciona como «el juego de la vida» de esta propuesta cinematográfica. Y en las relaciones entre los personajes –con sus ocasionales intentos de hacer algo para evitar la muerte casi segura– se va la película.
King construyó –y la adaptación organizó– un relato que tiene como idea central mostrar de manera gráfica cómo una sociedad se entrega ante las migajas que el poder de turno les da, pensando que en ese premio está la solución a todos sus problemas. Y en el agotador viaje en sí lo que los personajes van descubriendo es que los otros «competidores» no tienen porqué ser sus rivales ni enemigos sino que también pueden ser sus colaboradores, hasta sus amigos. Y habrá conatos de rebeldía, que no siempre salen del modo en los que fueron pensados.
Lo que CAMINA O MUERE presenta como idea diferente a lo habitual en estos casos –y acaso por ahí pasa su sello más distintivo y levemente esperanzador– es que, salvo por algunos momentos incómodos, en lugar de armarse grupos de rivales que se enfrentan entre sí, por lo general hay una idea fuerte ligada a la amistad, la empatía y la solidaridad que los termina uniendo a lo largo de los días de brutal y desgastante marcha. Y aún cuando los resultados sean igualmente terribles, ese espíritu de unión y rebeldía es lo más esperanzador que la película tiene para ofrecer como resistencia ante la opresión.



