Estrenos: crítica de «Los músicos» («Les musiciens»), de Grégory Magne

Estrenos: crítica de «Los músicos» («Les musiciens»), de Grégory Magne

por - cine, Críticas, Estrenos
26 Ene, 2026 08:37 | Sin comentarios

Una mujer logra hacer realidad el sueño de su padre: reunir cuatro Stradivarius para un concierto único. Pero los músicos reclutados para la ocasión no se llevan nada bien y no pueden tocar juntos. Con Valerie Donzelli y Frédéric Pierrot. Estreno en Argentina: 29 de enero.

En el cine, todo o casi todo pasa por el tono, por la forma. Si uno lee una sinopsis de la trama de Los músicos se imaginará casi todo lo que viene. Lo curioso es que, si bien la película recorre esos caminos previstos, la elegante y delicada manera en la que lo hace permite que uno pueda igualmente disfrutarla. Evitando regodearse en los clichés de la comedia dramática, alejándose de los golpes bajos más previsible y sin recaer en un humor en exceso simplista, la película de Grégory Magne es más un amable homenaje a los intérpretes y compositores de música clásica que un film que los usa solo como excusa narrativa.

No es casual que Magne haya elegido a actores/músicos (Mathieu Spinosi, Emma Ravier, Daniel Garlitsky y Marie Vialle) en cuatro de los roles fundamentales de la historia. Es claro que el realizador considera muy importante poder mostrarlos tocando sus instrumentos, aún cuando sean más talentosos como músicos que como actores. Es que la principal carga dramática del film no pasa por ellos sino por los otros dos personajes importantes de la trama, interpretados por Valerie Donzelli y Frédéric Pierrot, dos veteranos y reconocidos actores que compensan lo que a algunos de los otros les falta. Y viceversa: los muchos momentos musicales se disfrutan más al uno tener la sensación de que los está viendo tocar en vivo, aunque quizás no sea estrictamente así.

Donzelli encarna a Astrid Thompson, hija de un recientemente fallecido empresario y melómano que soñaba con reunir cuatro clásicos instrumentos Stradivarius que nunca se tocaron juntos y organizar un concierto de cámara con ellos. Y si bien el hombre le había pedido a un compositor, Charlie Beaumont (Pierrot), una obra para ese evento, murió sin poder verlo concretado. Pese a la oposición de su hermano preocupado por las (pobres) finanzas de la empresa, Astrid se obsesiona con cumplirle ese sueño y gasta más de 10 millones de libras para comprar el último instrumento que les falta. Imagina que ese evento le permitirá recuperar la inversión, pero eso no es lo que más la ilusiona. Lo importante es hacerlo y punto.

Astrid elige a cuatro músicos excelentes y los lleva a un a bella casona alejada, cerca de la iglesia en la que será el concierto, a ensayar por una semana. Lo que no sabe es que no son la mejor combinación posible de personalidades. El violinista George (Spinosi) es engreído y narcisista, la violista Apolline (Ravier) es una influencer y lo que más le preocupa es la falta de señal, y Peter (Garlitsky) y Lise (Vialle) no se hablan entre sí por algunos asuntos del pasado. Incapaces de avanzar con los ensayos, a Astrid no le queda otra que convocar a Beaumont, el compositor, para dirigirlos. El tipo es bastante particular y, de entrada, no quiere saber nada con hacerse cargo. Pero Astrid lo convence y es así que el hombre tratará de que esos músicos tan distintos entre sí logren, si no llevarse bien, al menos poder entender cómo hacer para tocar juntos.

La llegada de Beaumont saca a Los músicos de lo que parece ser una comedia de enredos y la lleva a un territorio más intrigante y sutil. Excéntrico y reposado, alejado de cualquier histrionismo o postura de divo, el personaje lleva a la película a un territorio más filosófico y poético que técnico o de choque de egos. Y esa melancolía que el hombre le imprime a la situación se transmite a todo el film. A tal punto es así que, cuando aparecen luego nuevos enredos y conflictos entre los protagonistas –conflictos propios de una comedia más tradicional, con despliegue físico incluido–, se sienten un tanto fuera de lugar, más típicos de un guion que supuestamente los pide que de la lógica de los personajes y sus comportamientos.

Quizás en función del tipo de música que los personajes interpretan, la película trata de evitar caer en los chistes fáciles o conflictos previsibles. Esa elegancia –que en otras manos podría haber sido una impostura– funciona bien ya que Magne va de a poco dejando de lado el choque de egos y las tensiones románticas para poner el objetivo en el trabajo en grupo, en la delicada tarea de un grupo de músicos que, para hacerle justicia a los instrumentos y a la música que tienen que interpretar, deben encontrar la manera de escucharse y conectar entre sí. Si eso se logra, al menos por el rato que dure el concierto, todos los problemas quedarán de lado.