
Estrenos online: crítica de «Anémona» («Anemone»), de Ronan Day-Lewis (Flow)
Cuando un hombre retraído recibe la visita de su hermano perdido hace años, ambos deben lidiar con una relación atravesada por el distanciamiento, el amor y el perdón. Protagonizada por Daniel Day-Lewis, Sean Bean y Samantha Morton. Desde el 15 de enero, en alquiler en Flow.
La cámara se acerca al rostro de Daniel Day-Lewis lentamente, muy de a poco. El hombre está en silencio y su mirada es intensa, penetrante. La cámara se acerca más. Entonces dice algo como fuck off y se va. Anemone está llena de momentos así, a mitad de camino entre el respeto y la fascinación por un grande de la actuación. Es evidente que Ronan, su hijo y director del film, admira a su padre y lo deja en claro en cada plano en el que lo sigue: sus largos monólogos llenos de dramáticas pausas teatrales, sus peleas físicas, su cotidiano y silencioso quehacer en la cabaña en la que su personaje vive solo hace muchos años y, sobre todo, su mirada. Cada vez que Day-Lewis mira al borde de la cámara corre como un temblor.
Anémona es un drama familiar en más de un sentido, ya que trabaja una complicada relación entre padre e hijo y fue dirigida por un hijo que escribió el guión con su propio padre. Es, también, un homenaje y una celebración. El actor de La edad de la inocencia había declarado su retiro de la actuación en 2017, después de la sublime El hilo fantasma, pero decidió hacer una excepción para trabajar en la opera prima de su hijo. Y la película en sí es consciente de ese hecho y se presenta como tal. Su trama, que consiste en ir a buscar a un hombre solitario que vive casi escondido en medio de un bosque para que regrese al mundo, bien podría leerse de ese modo autobiográfico.

La historia que cuenta el film es, en realidad, otra muy distinta. Y Ronan la va esparciendo de a poco, ya que Anemone comienza casi como una película experimental, plagada de planos inquietantes e indescifrables y con una música ominosa que predice que algunos asuntos complicados estarán por venir. El director, que viene del mundo de las artes plásticas, tiene un gran ojo para la composición visual pero por momentos se deja llevar por cierta tendencia a la afectación, a regodearse en elementos simbólicos y a incorporar una innecesaria línea onírica que corre en paralelo a los hechos.
La historia en sí comienza con Jem (Sean Bean, que funciona como un sparring más físico que verbal de Daniel) rezando, despidiéndose de su familia y viajando en moto por las rutas del norte británico con destino incierto. En casa queda su esposa, Nessa (Samantha Morton), y su hijo, Brian (Samuel Bottomley), ambos con cara de pasarla mal el 99 por ciento del tiempo. Corte a un hombre a oscuras y usualmente de espaldas que se dedica a las labores cotidianas de mantenimiento en una cabaña en medio de un bosque. El hombre, Ray (Day-Lewis), escucha ruidos de alguien que llega y agarra un hacha. Cuando ve que es Jem, su hermano, la deja. Pero no para abrazarlo ni mucho menos. El reencuentro entre ambos será, por un buen rato, silencioso, seco, áspero. Hace años que no se ven, es claro. Pero la comunicación verbal no parece ser su fuerte.
Hasta que se sueltan amarras con la consabida ayuda del alcohol y, bueno, hablan. O, dicho de otro modo, Ray habla y Jem lo escucha. Anémona pasará por ese reencuentro, por saber qué llevó a Ray a escaparse del mundo y por entender qué es lo que quieren Jem y Nessa de él. Lo que sabemos de entrada es que Brian tiene problemas de comportamiento, que fue suspendido del ejército y que, si bien Jem lo ha criado como su hijo, en realidad su padre es Ray. Por el medio pasarán los grandes temas que se anuncian en los créditos: la iglesia, los curas non-sanctos, el conflicto con Irlanda del Norte y los traumas familiares que esas historias llevan inscriptas.

Todo esto funciona a la vez como una base dramática un tanto inestable sobre la cual el actor de Petróleo sangriento se monta y, con la admirada anuencia de su hijo director, va reencontrándose de a poco con la cámara, empezando por momentos de pura potencia no verbal y energía física (el tipo corre, nada, hacha, se pelea y mira con temeraria intensidad) para llegar luego a unos largos monólogos de ambición escénica en los que nos ofrece un recordatorio aún más contundente de su talento, de todo eso que nos estamos perdiendo por su ausencia.
No hay dudas que Day-Lewis es un actor impresionante. Su monólogo de doce minutos, promediando el film, en el que le cuenta a su hermano partes de su dolorosa historia personal, no solo es impecable sino que lo reconecta a uno emocionalmente con un film que hasta ahí parecía bastante frío y distante. Eso no quita que la escena en cuestión sea un poco too much, como cuando una banda de rock deja de tocar para que su guitarrista estrella se luzca con un largo solo. El talento no se discute. La forma de presentarlo es un tanto más debatible.
En términos dramáticos, Anemone es bastante tradicional: la historia de una familia rota a partir de conflictivas situaciones que los llevaron a separarse y, décadas después, a intentar recomponer lazos. Pero los Day-Lewis han intentado aquí presentarla de una manera personal. Por momentos funciona y conmueve con su elegancia formal y curiosa estructura. En otros, abruma y agobia con su casi bíblica grandilocuencia, como si su director sintiera que está contando la historia definitiva de las relaciones entre padres e hijos, una que las engloba a todas. Y esa exagerada pomposidad le hace perder verdad, credibilidad. Daniel Day-Lewis podrá ser un Dios de la actuación y es cierto que su imponente presencia bordea muchas veces la solemnidad, pero si encima la película que lo contiene se monta sobre eso su resultado puede ser un tanto excesivo. Intenso y por momentos apasionante, sí, pero también agotador.



