Estrenos online: crítica de «El sobreviviente» («The Running Man»), de Edgar Wright (Flow, Claro Video)

Estrenos online: crítica de «El sobreviviente» («The Running Man»), de Edgar Wright (Flow, Claro Video)

Un hombre desesperado participa en un reality show letal donde sobrevivir implica escapar de asesinos profesionales y cada minuto con vida se convierte en dinero. Con Glenn Powell y Josh Brolin. Para alquilar en diversas plataformas.

La novela de Stephen King The Running Man, publicada en 1982 bajo el seudónimo Richard Bachman (se la tradujo al castellano entonces como El fugitivo), fue bastante profética. Si bien el mundo distópico y tecnológico-totalitario que predecía para el futuro era un tópico habitual de la ciencia ficción literaria (1984, Fahrenheit 451 o Un mundo feliz, por citar las más obvias), hay detalles de esa novela que llaman la atención por la claridad con la que se ajustan a nuestro presente, 43 años después de su publicación: el control mediático de las sociedades, el furor de los reality-shows, las corporaciones dominándolo todo, las personas convertidas en delatoras y la «solidaridad» vista como un problema, entre otros detalles que la vuelven muy actual. No solo eso. The Running Man transcurre en… 2025.

Adaptada al cine en 1987 en un film dirigido por Paul Michael Glaser y protagonizado por Arnold Schwarzenegger que no estuvo entre los más exitosos que el actor de Terminator hizo en su primera década de gloria cinematográfica (en castellano se lo conoció como Carrera contra la muerte, El perseguido o El sobreviviente, dependiendo del país), The Running Man llega nuevamente al cine en el año en el sucede su trama. Y si bien hay detalles que han sido ajustados al presente real –otros, en cambio, siguen siendo muy diferentes–, la claridad con la que su trama presenta el mundo en el que vivimos hoy bordea lo escalofriante. El problema es, bueno, casi todo lo demás.

El sobreviviente –como han titulado a esta versión– tiene un punto de partida espeluznante pero su desarrollo no se aleja demasiado de lo que las mismas corporaciones dominantes en ese «futuro/presente» podrían hacer como entretenimiento. Es que, más allá de su costado crítico, su ritmo adrenalínico y dramáticamente hueco y reiterativo se llevan todo por delante. Su protagonista, Ben Richards (Glen Powell), podrá convertirse en un símbolo de la rebelión, pero el mundo al que se opone se queda con el combate estético y narrativo. En la fricción entre lo que la película expone discursivamente y lo que muestra y cuenta con imágenes y sonidos, es esto último lo que gana la partida, opacando casi todo lo demás.

En esta versión Richards es un empleado al que viven echando de distintos trabajos por su carácter rebelde y su problemática costumbre de querer ayudar a colegas en problemas. Casado con Sheila (Jayme Lawson), que trabaja como camarera en bares nocturnos, y con una hija pequeña, Cathy, con problemas de salud, Richards vive en la empobrecida Co-Op City y no tiene dinero ni para comprar los medicamentos que necesita. Desesperado termina anotándose en el reality-show más popular del momento: The Running Man. El show en cuestión consiste en tratar de sobrevivir 30 días sin ser liquidado, tanto por las fuerzas de seguridad como por otros habitantes que –tentados por grandes sumas de dinero– pueden denunciar a los concursantes. Y si bien se resiste inicialmente a hacerlo –su intención era participar en juegos menos riesgosos–, Ben se dará cuenta que no tiene opción.

En la construcción de ese mundo que tiene y no que ver con el presente está lo más interesante que la película de Edgar Wright tiene para ofrecer. El director británico de Shaun of the Dead, en el que quizás sea el film más comercial y menos personal de toda su filmografía, construye con precisión el universo que rodea a Ben, una sociedad intensa, frenética y mediatizada, con grandes pantallas transmitiendo en vivo esos mismos shows producidos por corporaciones que controlan el gobierno. La estética es similar a la de otras películas de Arnold de los ’80, como El vengador del futuro, pero la trama es –salvo el final– bastante respetuosa del libro original.

Una vez que se inicia en el juego en sí, Richards atraviesa momentos tensos y de alto riesgo: se topa con una serie de personajes que lo ayudan, otros que lo denuncian y algunos más que lo traicionan, mientras supera etapas tratando de eludir a los Cazadores, grupo de elite de aspecto paramilitar que lo persigue. En algún momento quedará claro que la popularidad de Richards y el rating que genera su constante persecución se vuelve una tentación para los productores, lo que obligará a nuestro héroe a cambiar su perspectiva. Colman Domingo encarna a Bobby T., el engreído y todopoderoso conductor del show en cuestión; Josh Brolin es su cruel y megalómano productor, mientras que William H. Macy, Michael Cera y Emilia Jones interpretan a personas con las que Ben se cruza en momentos clave de su huída.

Es cierto que el problema narrativo no es solo del film. El sobreviviente utiliza un recurso clásico de la ciencia ficción que es «la caza del hombre»: esas salvajes competiciones en las que se gana o se muere en el intento. Lo cierto es que tras interminables sagas de similar lógica (de Los juegos del hambre a El juego del calamar) y cientos de reality-shows que utilizan modelos de eliminación parecidos (uno de ellos, ejem, fue The Apprentice, conducido por un tal Donald Trump), se trata no solo de un recurso bastante agotado sino de uno que, a pesar de su declarado intento de dinamitar su discurso desde adentro, replica la lógica de lo que se intenta criticar. Más allá de la potencia de algunas set-pieces o la tensa lógica de ciertos encuentros, la sensación es estar viendo más de lo mismo. Si se quiere pensar cómo filmar una persecución que es bastante similar en términos de lógica política, mejor es ver Una batalla tras otra, que traza un recorrido parecido pero utilizando muy pocos clichés del cine de acción.

Ya no es novedad para nadie –ni para los que los consumen– que ese tipo de shows son manipulados para crear odios y simpatías con sus participantes, y que sus situaciones dramáticas son más planeadas y organizadas de lo que parecen. Es por eso que algunas «revelaciones» del film en ese sentido se sienten entre huecas e innecesarias. Y lo mismo sucede con su previsible desarrollo narrativo. Más allá de algunos detalles y citas visuales, su musicalización y cierta precisión de las escenas de acción, The Running Man es una película mucho más impersonal que otras que supo hacer Wright, un cineasta talentoso e inteligente que, por motivos que no logro del todo explicarme bien, no ha logrado hacer una película a la altura de su capacidad luego de la llamada «Cornetto Trilogy«. Ni Baby Driver, ni Last Night in Soho y mucho menos esta le llegan a los talones al ingenio, el humor y la visión de aquellos tres films iniciales.

Lo impersonal de su trama, la floja actuación de Powell –un actor que está al borde de convertirse en una caricatura de sí mismo– y la estética marveliana de su desarrollo hacen extrañar hasta la simpática torpeza del film de Schwarzenegger de los ’80. Si algo merece la atención en El sobreviviente es la justeza de un entonces treintañero Stephen King para pensar un futuro muy parecido a este presente, uno en el que se promueve y se festeja la supervivencia individual, y se castiga cualquier intento por discutir esa narrativa. Pero si a uno le interesa ver cómo se vive en un mundo así, la realidad de las noticias de todos los días –de Minneapolis a Groenlandia, de Venezuela a Irán– son mucho más potentes y bastante más increíbles que lo que tiene para contar esta mecánica ficción.