Estrenos online: crítica de «Nada es lo que parece 3» («Now You See Me, Now You Don’t»), de Ruben Fleischer (Flow, Claro Video)

Estrenos online: crítica de «Nada es lo que parece 3» («Now You See Me, Now You Don’t»), de Ruben Fleischer (Flow, Claro Video)

Diez años después de su último truco, la franquicia regresa con viejos Jinetes, nuevos ilusionistas y una red de engaños cada vez más enmarañada. Disponible para alquilar en varias plataformas. En Flow, gratis hasta el 19 de enero.

En la terminología de la industria cinematográfica existe una expresión relativamente nueva que explican películas como Nada es lo que parece 3. Se las conoce como «legacy sequels». ¿Qué significa esa expresión un tanto intraducible? Que la secuela que estamos viendo retoma una historia o un universo cinematográfico muchos años después, recuperando a personajes clásicos y juntándolos con nuevos protagonistas en un relato que debería funcionar como continuación y, a la vez, como traspaso de mando. En términos concretos Now You See Me, Now You Don’t no llega a serlo del todo: adopta algunos gestos de la legacy sequel —el regreso de figuras conocidas combinadas con caras nuevas—, pero sin asumir del todo su lógica de lo que se llama «legado»: no hay un relevo generacional masivo sino una mezcla de lo viejo con lo nuevo.

Lo que no ha cambiado mucho es el tipo de película. Habrán pasado diez años de la segunda parte, pero la saga continúa apostando a las mismas cosas que supieron funcionar. Se sabe, también, que a los éxitos no se los toca y que no hace falta arreglar lo que no está roto, por lo que más allá de gestos técnicos ligados al cambio de director y a los avances en una década de tecnología, esta tercera parte no es muy distinta a cualquiera de las anteriores. Eso sí: con la incorporación de tres protagonistas nuevos para conformar un grupo que, tomando en cuenta la ya anunciada cuarta parte, todo parece indicar que irá cambiando aún más a futuro.

Usando el arte del engaño para presentarse, los tres nuevos ilusionistas en aparecer son en realidad tres fans de los Jinetes (Horsemen), el grupo de magos que cometen atracos durante sus actuaciones, muchas veces recompensando al público con las ganancias que obtienen. A través de hologramas fingen una reunión de los originales Cuatro Jinetes para quedarse con el dinero de un corrupto fundador de una criptomoneda, pero al llegar a su escondite notan que J. Daniel Atlas (Jesse Eisenberg), el líder del grupo, descubrió sus trucos. Su intención, de todos modos, no es denunciarlos ni nada parecido sino sumarlos a un trabajo que le han pedido.

Los nuevos magos son Bosco (Dominic Sessa, la revelación de Los que se quedan), Charlie (Justice Smith) y June (Ariana Greenblatt). Y Atlas los convence de ser parte de una nueva solicitud de «El Ojo», la misteriosa sociedad secreta que organiza las actividades de los Jinetes en cuestión. En este caso se trata de robar el Corazón, el diamante más grande del mundo, que es propiedad de Veronika Vanderberg (Rosemund Pike, con un acento sudafricano exageradísimo), una empresaria del negocio de las joyas cuyos capitales no serían del todo legales y cuyos objetivos son obviamente bastante turbios.

El complicado operativo tendrá lugar en Antwerp, Bélgica, y allí se toparán con algunos inconvenientes y con la novedad de que los otros Jinetes originales fueron también convocados para esa misma tarea. Ellos son Merritt McKinney (Woody Harrelson), Jack Wilder (Dave Franco) y Henley Reeves (Isla Fisher), distanciados entre sí hasta ese momento. Luego del robo, cuando el grupo se reúna en un castillo mágico de asombrosa construcción para planear los pasos a seguir, se sumará también Thaddeus Bradley (Morgan Freeman), mentor y figura patriarcal del grupo. Y allí las cosas se pondrán realmente complicadas.

La trama, obviamente, es un compilado de trucos y engaños que se hacen entre los magos, de los magos a los «civiles» y, sobre todo, de los guionistas a los espectadores, quienes todo el tiempo creeremos –o deberíamos creer– estar viendo algo cuando, en realidad, están sucediendo otras cosas por debajo. Algunas de ellas tienen cierto sentido y las otras son caprichos absolutos que quedará en uno aceptarlos o no. La película es lo suficientemente veloz como para que uno acepte sus giros como vienen sin hacerse demasiadas preguntas, pero lo cierto es que poco y nada de lo que sucede en su trama se sostiene si uno se toma unos segundos para analizarlo.

Pero eso no es un problema en la película. De hecho, cualquiera que haya visto la saga sabe que el absurdo de sus trucos es parte de la gracia que estos films tienen o deberían tener. Y, en ese sentido, eso sigue funcionando más o menos bien. Lo que siguen sin poder resolver los incontables guionistas y los directores de cada una de las películas (Louis Leterrier, John M. Chu y, ahora, Ruben Fleischer) es cómo hacer para que la mitad de su metraje no esté ocupado por explicaciones, informaciones y planes que los protagonistas –especialmente Atlas– se pasan entre sí. Un poco como sucede en Stranger Things, las tramas penden de absurdas y caprichosas ideas que a los personajes les toma mucho trabajo explicarlas, a los espectadores entenderlas y, más aún, encontrarles un sentido. Que funcionen, a esa altura, es lo de menos.

Sin abandonar del todo la centralidad en la trama pero cediéndoles los momentos clave a los más jóvenes, el grupo original de la saga Nada es lo que parece (titulada Los ilusionistas en algunos países hispanohablantes) sigue siendo irremplazable, ya que parte de la gracia de estas películas pasa por sus verborrágicas tensiones, mutuas irritaciones y simpáticas peleas. Los más jóvenes aportan lo suyo –las diferencias generaciones son, de hecho, un tema que causa especial fastidio al personaje de Harrelson–, pero uno tiene la impresión de que lo único que sostiene el tenue hilo de estas enrevesadas historias es la convicción que Eisenberg y compañía le ponen al absurdo que los rodea. Es ese, en el fondo, el único pase de magia que cuenta.