
Series: crítica de «Industry – Temporada 4», de Mickey Down y Konrad Kay (HBO Max)
En su cuarta temporada, la serie apuesta por un dramatismo más intenso para volverse más accesible y atrapante, aunque sus personajes moralmente polémicos siguen siendo difíciles de querer. Por HBO Max, desde el 11 de enero.
A lo largo de sus primeras tres temporadas, Industry se fue consolidando como una de los mejores y más respetadas series de HBO ofreciendo una mirada áspera y clínica al mundo de las finanzas internacionales. Sin embargo, ese respeto jamás se transformó del todo en popularidad. O, al menos, no de la manera en la que sí sucedió con Succession, otra serie sobre un universo parecido y con varios puntos en común. ¿Qué diferencia a una y otra? Se podría decir que la ligereza, el humor y el carisma de sus personajes, algo muy presente en Succession y bastante más enredado en Industry. Mi impresión es que, si algo ha impedido que la serie creada por Mickey Down y Konrad Kay se vuelva más popular, es la enorme distancia que parece existir entre el cerrado y oscurísimo mundo en el que viven sus protagonistas y, bueno, el 99,9% del planeta.
En la cuarta temporada los creadores de la serie han intentado –y en cierto modo logrado– tender puentes entre este insular universo y el de los meros mortales. Y lo han hecho dándole a su trama un tono aún más cargado de dramatismo, casi operístico en sus detalles e implicancias, uno que lidia de manera intensa con asuntos que van mucho más allá de negociados empresariales. Al poner el foco en esas emociones y dejar en segundo plano la batería de tecnicismos financieros con la que suelen abrumar desde los diálogos (los tecnicismos siguen ahí, pero uno entiende lo que pasa en sus negocios aún sin saber de qué cuernos hablan la mayor parte del tiempo), la serie se ha vuelto más accesible. Si se quiere, más telenovelesca. Y, sin dudas, más entretenida.

Lo que parece a esta altura imposible que la serie pueda romper es la falta de empatía que producen casi todos los personajes que la atraviesan, desde las dos protagonistas principales hasta los grupos de poder –empresarios, políticos, millonarios, aristócratas– que circulan a su alrededor. Si bien Harper Stern (Myha’la) y Yasmin Hanani (Marisa Abela) jamás fueron «blancas palomitas», el nivel de cinismo, coerción, sadismo, crueldad, narcisismo y violencia (emocional y económica) que profesan las convierte en personas monstruosas. Por más que el guión de algún modo las «justifique» como víctimas de violencias varias –familiares, raciales, sociales, físicas–, hay ciertos comportamientos que se vuelven intolerables, aún para la gente más «rota» del mundo.
Es difícil salir de ese territorio cuando uno mira la cuarta temporada de Industry. Básicamente porque resulta complicado que uno se alegre o preocupe cuando una de ellas atraviesa algún acontecimiento fuerte, importante en sus vidas. Más allá de las muchas diferencias específicas que hay entre ambas, las dos son tan frías, calculadoras y por momentos hasta miserables que no hay mucha conexión posible ahí, salvo con espectadores que se sientan representados por sus comportamientos. No dudo que el mundo en el que viven funciona con este tipo de códigos, pero Industry no es un documental y uno debería por lo menos poder empatizar, al menos en parte, con la manera en la que actúan y las decisiones que toman. Acá eso raramente sucede.
Y no por falta de intenciones. Si algo hace la cuarta temporada es traer una serie de nuevos personajes que hacen ver a las chicas como «pobres criaturas». SPOILERS hasta la tercera temporada y de los primeros dos episodios de la cuarta. Son tantos los cambios que, por momentos, uno tiene la sensación de estar viendo una nueva serie. Harper empieza teniendo problemas con su actual jefe en la empresa de Assets Management en la que trabaja por lo que decide abrirse, llamar al retirado Eric (Ken Leung) y armar una entidad propia, de esas que auscultan empresas y venden sus acciones cuando caen generando ganancias para sus inversores. Yasmin, en tanto, lidia con la crisis emocional de su marido Sir Henry (Kit Harington), que perdió unas elecciones municipales y no sabe bien qué hacer con su vida al cumplir los 40 años, edad en la que su padre se suicidó.

En paralelo a sus historias, Industry presenta nuevos personajes. Por un lado, una compañía llamada Tender, una fintech que presta servicios de billetera virtual y pagos digitales que quiere distanciarse del mundo un tanto sucio que la rodea (están ligados a una problemática compañía tipo OnlyFans) y que el gobierno laborista actual quiere controlar. Liderados por un grupito de gente que luce sospechosa desde la primera escena (Max Minghella es Whitney, su cerebro, pero son varios y están asociados a un banco austríaco con pasado nazi), los de Tender son el campo de batalla de la temporada, ya que a partir de una información que circula y que investiga un periodista de finanzas (Charlie Heaton, interpretando a alguien de su edad después de hacer de eterno adolescente en Stranger Things), Harper los toma como presa para verlos caer y hacer dinero con eso. A la par, Whitney convence a Yasmin y a Henry de sumarse a la compañía en roles centrales, lo que terminará generando un enfrentamiento entre las viejas frenemies.
Ese será el punto de partida para una serie de dramáticas, explosivas y caóticas situaciones que involucran desde traumas familiares a abuso de menores, de perversiones sexuales a asuntos criminales, de mafias rusas a políticos corruptos, de violencia doméstica a negocios oscuros de empresarios sin escrúpulos. En esas batallas se abren puertas que son más pasillos tenebrosos que otra cosa y se presentan situaciones que sacan, salvo raras excepciones, lo peor de las personas. Casi todas ellas tienen, como hoy se acostumbra, algún trauma personal que explica el modo en el que actúan, pero eso no alcanza para justificar la mayoría de las acciones. La monstruosidad no es algo que solo se hereda. Es también algo que se pone en práctica.
Gracias a estas crecientes tensiones, Industry se ha vuelto una serie un tanto más clásica, de esas que llevan a querer ver otro episodio seguido para saber cómo se resuelve un cliffhanger del anterior y una en la que todos los asuntos son «de vida o muerte». Aparecen también actores invitados como Kieran Shiepka –la hoy muy adulta actriz que conocimos como la hija de Don Draper en Mad Men— cuyas acciones en la serie seguramente generarán repercusión, además de otros recursos más tradicionales del formato televisivo clásico, uno que los creadores de Industry habían dejado de lado en las primeras dos temporadas y con el que empezaron a coquetear en la última. Lo que no han podido o querido resolver –y lo que sigue distanciando a la serie de ese clasicismo que a veces buscan– es la distancia que sus personajes generan. Es cierto que sufren, se emocionan y atraviesan situaciones de vida o muerte, pero es igualmente cierto que muy poco de todo eso atraviesa la barrera –ética, moral y económica– que nos separa de ellos.




Creo que el principal problema de Industry no son sus personajes sino la complicada jerga financiera-bursátil que maneja.
No entendemos de qué se tratan las vistorias profesionales de sus personajes. Vivimos la tensión del proceso pero no entendemos su naturaleza. Algo de esto pasaba también en Succession, pero a un nivel menos técnico.
No obstante, pude sintonizar con la T1 y su franquea sexual, pero la T2 la abandoné ya que se volvió aún más cerrada en su jeringoza bursátil.