Series: crítica de «Wonder Man», de Destin Daniel Cretton y Andrew Guest (Disney+)

Series: crítica de «Wonder Man», de Destin Daniel Cretton y Andrew Guest (Disney+)

Un actor ambicioso pero inseguro lucha por conseguir su gran oportunidad en Hollywood Su vida cambia cuando conoce a un colega británico que lo anima a presentarse al casting para protagonizar la remake de «Wonder Man», una película de superhéroes. En Disney+

Dentro del universo de Marvel, series como Wonder Man son proyectos menores, pequeños shows sobre personajes que funcionan en las afueras del centro neurálgico donde todo lo supuestamente importante pasa. Y, quizás por eso mismo, son las mejores, las más independientes y libres de los formatos ya clásicos del cine de superhéroes. Viendo esta serie creada por Destin Daniel Cretton y Andrew Guest uno tiene la sensación de estar descubriendo algo que, si no es nuevo, al menos es bastante original: una historia de superhéroes en la cual tener algún tipo de poder es algo relativamente secundario en la vida de los personajes. Si, claro, en algún momento cobrará importancia, pero casi nada de lo fundamental pasa por ahí. De hecho, si en lugar de algún poder especial, el conflicto del personaje principal fuera otro, funcionaría exactamente igual.

En ese sentido, Wonder Man es al MCU lo que El Caballero de los Siete Reinos es al universo de Juego de tronos: series que toman personajes marginales y laterales de ambos mundos, los ponen a vivir aventuras de relativo bajo riesgo y, fundamentalmente, alteran el tono épico de grandes eventos de los universos a los que pertenecen. Y por eso mismo son distintos, mejores, le dan aire, vida y una dosis de realismo a sus respectivas «naves nodrizas». De hecho, ambas series tienen coincidencias aún mayores ya que se centran la relación y en las desventuras de dos personajes muy distintos entre sí que tienen cosas para ocultar y que se unen para ingresar a una arriesgada competencia.

En la serie de GoT, el protagonista quiere entrar a un torneo de combates entre caballeros. En Wonder Man, Simon Williams quiere entrar al casting para protagonizar una película de superhéroes. Bueno, en realidad, cualquier película, serie o lo que sea. Williams (Yahya Abdul-Mateen II, excelente) es un actor sin mucho trabajo. Es muy bueno en lo que hace pero es tan riguroso y denso con sus investigaciones y búsquedas que hasta intenta encontrarle motivaciones e historia de vida a un papel breve de solo dos líneas. Y así vemos, de entrada nomás, que lo terminan echando del set de una serie (en este caso, de American Horror Story, uno de los muchos nombres reales que se usan acá) y el hombre se queda sin trabajo.

Simon, cuya familia de origen haitiano vive en las afueras de Los Angeles, siempre quiso ser actor. De chico su hoy fallecido padre lo llevaba a ver Wonder Man, una adaptación bastante berreta del personaje de Marvel –que acá se recrea en simpáticas escenas que recuerdan el estilo de este tipo de adaptaciones de los años ’70 y principios de los ’80– con la que el pequeño Simon se obsesionaba. Luego vino el estudio y la dedicación a su oficio. «Tenía la actuación, su colección de Criterion, todos esos pósters en la pared. Capaz no se sentía solo, pero en el fondo lo estaba«, dice su simpática madre recordando su adolescencia. Y por ahí pasa la otra clave de la serie: Simon era un chico solitario y con una extraña tendencia a hacer explotar cosas cuando se ponía nervioso o se enojaba.

Esta característica suya, al menos durante los primeros episodios de la serie, es un tema menor, secundario. El eje central pasa por su encuentro en un cine en el que dan Midnight Cowboy –una película que se apoya en una relación muy similar a la de esta– con Trevor Slattery (Ben Kingsley), conocido en el lore marveliano como el Mandarín. Se sabe: Slattery es en realidad un actor que personificó a un terrorista que lleva ese nombre (un clásico villano de los cómics) en una serie de películas y, en este contexto, es relativamente famoso por eso y también confundido con el real. En verdad, el tipo es un alcohólico y adicto en recuperación metido en problemas con la ley y presionado a cambio de su libertad para espiar a Williams, que está sospechado de tener superpoderes, algo que las autoridades quieren controlar.

La serie se ocupará de las aventuras de esta dupla tratando de quedar en el casting de una nueva versión de Wonder Man, aquella película de superhéroes que fascinó a Simon de pequeño. Las referencias cruzadas pueden ser muchas pero todo acá es bastante claro: Williams es un actor pero, secretamente, también tiene las capacidades diferentes que pueden transformarlo en un superhéroe. O en un supervillano. Y por eso es acechado. Williams sabe –por algo que se revelará en el tercer episodio, una divertida y a la vez triste historia paralela contada en blanco y negro– que esas «diferencias» pueden acabar con su carrera. Y se ve forzado a ocultarlas. La pregunta es si, en medio de tantas tensiones, podrá hacerlo.

Wonder Man –esta serie, no la película en la que ambos quieren actuar– funciona como una comedia dramática en el universo de los actores sin trabajo de Los Angeles. A mitad de camino entre The Studio y algún film independiente, trata sobre las obsesiones, sufrimientos y conflictos de intérpretes que intentan ganarse la vida en Hollywood. Es una serie sobre los ensayos, las investigaciones y la devoción por un trabajo que tiene algo de mítico y misterioso aún para los que lo practican. Parte de la trama se va en pruebas de cámara, en formas de decir un texto y, especialmente, en modos de entender la profesión. De hecho, quizás el motor más importante de la primera parte de la serie pasa por el conflicto entre el «método» que utiliza Simon para actuar (investigar, buscar al personaje dentro suyo) y el estilo más clásico británico del más teatral Slattery que puede resumirse como un «aprende los diálogos y dilos«.

La potencia de la serie pasa por dejar muy en segundo lugar el tema de los superpoderes, los conflictos interplanetarios (ni se mencionan) y todo el lore clásico del MCU, que acá aparece –al menos hasta cierto punto– de modo lateral. Y, cuando se empiezan a incorporar a la trama, lo hace de una manera fluida, natural, del mismo modo en el que uno puede ver una película como Pecadores, sacarle todos su elementos fantásticos, e igualmente funcionaría. Esa es la lógica que utilizan Cretton y Guest acá: ir por los márgenes, jugar otro juego e incorporarse solo al mundo Marvel –con sus consiguientes explosiones, persecuciones y limitadas escenas de acción– cuando es estrictamente necesario.

Más allá de lo bien que una serie así le viene a una saga que no parece poder encontrarle la vuelta a cómo seguir adelante con su cada vez más enredado universo, Wonder Man funciona muy bien por sí misma. Difícil saber si será exitosa y si Disney tiene intenciones o no de continuarla –queda abierta la puerta a una segunda temporada, obviamente–, pero un poco como pasó al principio con The Mandalorian (yendo a otro negocio del estudio, la saga Star Wars), uno se lleva la sensación de estar viendo algo distinto a lo habitual, algo refrescante, especial. Quizás no hagan falta varias temporadas más. Quizás, con contar esta historia de amistad, de sueños y de amor por el cine, la actuación y la aventura, alcance.