
Series: reseña de «El infiltrado – Temporada 2» («The Night Manager»), de David Farr (Prime Video)
Una década después de su primera aventura, Jonathan Pine (Tom Hiddleston) viaja a Colombia para infiltrarse en la red de un traficante (Diego Calva) y su socia (Camila Morrone), descubriendo corrupción, secretos y mentiras en el camino. Desde el 11 de enero por Prime Video.
Uno tiende a creer que entre la realidad y la ficción –especialmente en este tipo de ficciones– hay una distancia enorme, que lo que vemos tiene poco y nada que ver la manera en la que las cosas son. Al ver los episodios de la segunda temporada de The Night Manager horas después de la noticia del operativo militar de los Estados Unidos en Venezuela extrayendo de allí a Nicolás Maduro –algo que seguramente demandó meses de preparativos con agentes, espías, infiltrados y esas cosas– uno tiene la impresión que quizás estas ficciones literario-audiovisuales quizás no sean tan absurdas ni tiradas de los pelos como parecen. Y en esa dualidad está gran parte de su atractivo.
El infiltrado fue una interesante novedad allá por 2016. Las tramas de espionaje sofisticadas, internacionales y con elencos de primer nivel en ese entonces existían solo en el cine, por sus demandas presupuestarias y de grandes nombres. La novedad fue traer una novela reconocida del gran John le Carré al streaming y darle ese toque de «calidad» que le otorga la BBC británica y nombres como Tom Hiddleston, Hugh Laurie y Olivia Colman, entre otros. Si a eso se le suman locaciones «exóticas» y elegantes, una trama sólida y una factura técnica cinematográfica, el éxito estaba a mano.
Pero Le Carré no dejó secuela de la novela y nadie pareció preocupado por eso. Así como llegó, The Night Manager desapareció. Pero casi una década después, y como el mercado busca títulos recordables, alguien puso mucho dinero (Amazon Prime) y voilá!, habemus temporada 2. Otra vez con Hiddleston y Colman, a los que se suma un nuevo elenco, nuevos parajes exóticos para contar la historia (asumo que para los británicos Colombia califica como exótico) y unos giros un tanto rebuscados para darle continuidad a la saga de Jonathan Pine, el manager de hotelería convertido en espía infiltrado.
La segunda temporada arranca cuatro años después de la primera con una breve escena en la que un agobiado Pine junto a su jefa en el Foreign Office, Angela Burr (Colman), reconocen el cadáver del traficante de armas Richard Roper (Laurie), el villano de la historia previa. Salto a la actualidad y Pine sigue igual de torturado, entre angustiado y traumado por aquella experiencia brutal. Al hombre le han generado una nueva identidad (lo llaman Alex Goodwin) y hasta le han inventado una función especial: es el encargado de los Night Owls, un grupo de agentes que se dedica a observar los movimientos nocturnos que se producen en hoteles con personajes sospechosos, casi siempre a través de cámaras de seguridad.
Antes de que alguno pueda decir «igualito a los de Slow Horses«, aclaramos que el Pine de Hiddleston es casi lo opuesto al Jackson Lamb de Gary Oldman en aquella serie. Pero es cierto que, más allá de eso y de que The Night Manager no se caracteriza por su humor, las similitudes son evidentes. Lo que parece ser un trabajo metódico y rutinario que le asegura a Pine no volverse a meter en problemas se vuelve un tanto más intenso cuando Rex Mayhew (Douglas Hodge), su jefe y el que maneja su nuevo departamento y de los pocos que saben de su cambio de identidad, muere en circunstancias por lo menos sospechosas. Y esa muerte parece conectarse, por un lado, con un grupo de narcotraficantes colombianos (nada muy original por acá), pero a la vez con la posibilidad de que haya gente de adentro del MI6 que trabaja para o con ellos.
Es así que, tras una situación explosiva que vive en Cataluña, Pine/Goodwin tiene que adoptar otra identidad más, viajar a Colombia e infiltrarse en las huestes de Teddy De Santos (el mexicano Diego Calva), un intenso traficante que parece también conectado con ese traumático pasado línea Roper. Teddy tiene una pareja, Roxana Bolaños (la estadounidense-argentina Camila Morrone), que parece operar también a dos puntas, y el trío empieza a enredarse en hoteles, casas y restaurantes de lujo en la zona de Medellín y Cartagena (no «Cartagenia» como tienden a pronunciar muchos personajes), mientras negocian con cargamentos de armas y, potencialmente, con otro tipo de secretos y mentiras.
Si bien la serie sigue siendo atractiva y por momentos tensa y atrapante –el concepto del «infiltrado», bien manejado, siempre funciona bien–, se ha vuelto bastante más convencional. Por un lado, porque este tipo de historias de espionaje revestidas de prestigio ya es habitual en el mundo del streaming y no una rareza como lo era en 2016. Y, por otro, porque los «traficantes latinoamericanos» –al menos para los que habitamos estos países– son una figura bastante más estereotipada y con menos tela para cortar que los mafiosos de las altas clases británicas. Si a eso se le suma que dos de cada tres colombianos no son realmente colombianos (ni Calva, ni Morrone, ni el español Unax Ugalde ni el hispano-argentino Alberto Ammann) y otras generalidades del for export latino, la serie pierde algunos puntos en relación a la original.
Con todos sus episodios dirigidos por Georgi Banks-Davies (en la original estaban a cargo de Susanne Bier), la nueva temporada de El infiltrado es disfrutable aunque previsible, elegante pero en una versión Caribe/Miami y estilizada aún cuando muchas veces está a punto de caer en la imitación de incontables historias de espías más glamorosos que los que solía retratar Le Carré. Hay una tercera temporada en camino y, seguramente, la intención de hacer de Jonathan Pine un personaje-franquicia en el modo James Bond/Jason Bourne/Jack Ryan. Es probable que el proyecto funcione y que Hiddleston logre un segundo personaje canónico en su carrera además de Loki, pero parece difícil que su Pine genere la fascinación y el humor al que nos acostumbró el mugriento Jackson Lamb y sus «caballos lentos». Lamb no usará shampoo ni camisas de lino como Pine, pero su sucio encanto es inimitable.




Caballos Lentos es de lo mejor que he visto, pero como lector de Le Carré no puedo evitar acercarme a todo lo que se le parezca,