Series: reseña de «Heated Rivalry», de Jacob Tierney (HBO Max)

Series: reseña de «Heated Rivalry», de Jacob Tierney (HBO Max)

Dos jugadores de hockey rivales —uno canadiense y otro ruso— esconden un romance prohibido detrás de su enfrentamiento público, arriesgándolo todo en un deporte construido sobre la violencia, el orgullo y el espectáculo. A partir de febrero, por HBO Max.

Uno de los más llamativos y rimbombantes éxitos de los últimos tiempos –al menos si se tiene en cuenta su repercusión mediática y en redes sociales–, la serie canadiense Heated Rivalry llega ahora al resto del mundo gracias a HBO Max. Y no, no es un show que va a revolucionar el género ni uno que aporte nada demasiado novedoso en casi ningún aspecto. Su popularidad pasa por otro lado: es una serie centrada en una tórrida y secreta historia de amor gay entre dos jugadores de hockey, uno ruso y otro canadiense, que públicamente se presentan como grandes rivales.

La acción comienza a fines de la década del 2000. Shane Hollander (Hudson Williams) es la gran figura nueva del hockey sobre hielo de su país, candidato a ser el jugador más relevante de la NHL (la National Hockey League), a la que está por entrar como el jugador más buscado en el draft en el que los equipos eligen a sus nuevos integrantes. Pero a la par está Ilya Rozanov (Connor Storrie), un jugador ruso que vive en los Estados Unidos y que compite con él por esa preeminencia entre las nuevas figuras de ese deporte. Para la prensa, la rivalidad es perfecta (un Messi-Ronaldo del hockey, digamos): el serio, talentoso y tímido jugador canadiense frente a la fría y en apariencia engreída estrella rusa. Rozanov es elegido primero en el draft, va a jugar a Boston y Hollander se queda en Montreal. Para todo el mundo, la rivalidad crece aún más.

Pero la serie muestra que, en paralelo, corre otra historia. Ya desde que se enfrentaban en sus respectivos seleccionados nacionales, Ilya y Shane se iban encontrando por fuera de los focos. Primero, en conversaciones casuales, miradas torvas, lúdicos desafíos. Una cosa va llevando a la otra y, mientras los medios hablan de quién es mejor jugador que el otro, los dos se van encontrando en secreto –en hoteles o en sus lujosos departamentos– y teniendo sexo. Para Shane es algo en apariencia novedoso. No tanto para Ilya, que lo va conduciendo y haciendo soltar de a poco. La relación avanza, lo mismo que las tensiones y secretos y eso, amigos, es prácticamente todo lo que hay para ver aquí.

La fama de la serie se apoya en algo muy simple: las escenas de sexo entre sus protagonistas, un tanto inusuales en TV no tanto por lo que se muestra sino por ser bastante francas (para las plataformas de streaming, no lo serían en cine) y entre dos deportistas con cuerpos trabajados. Filmadas como publicidades de perfumes, las escenas son bastante largas e incluyen una serie de comentarios entre los protagonistas que están al borde de la autoparodia. Es que Heated Rivalry funciona en un límite muy justo entre el melodrama, la telenovela y una película softcore que podría verse en algún canal pago en trasnoche.

Una escena típica de Heated Rivalry incluye a un tercer protagonista (otro jugador de hockey) con la camiseta transpirada luego de correr, entrando a un café, pidiendo un smoothie que incluye una banana, seguido por un plano del hot barista pelando dicha fruta, mirándolo fijo y diciendo «la banana hace la diferencia». Ese, llegado el caso, es uno de los momentos más divertidos de una serie que se toma demasiado en serio a sí misma y no siempre se hace cargo de lo kitsch que es o podría llegar a ser. Basada en las dos primeras novelas de la saga Game Changers, de la canadiense Rachel Raid, la serie de Tierney cree estar contando cosas relevantes cuando no lo hace. Quizás podría haberlo sido en la época en la que se inicia la historia (cuya primera temporada transcurre entre 2008 y 2017), pero ahora ya no lo es.

Las escenas de sexo son puro erotismo publicitario: tienen lugar casi todas en hoteles o pisos lujosos cuidadosamente iluminados y, en ellas, los protagonistas se ven forzados a hacer movimientos extrañísimos con los cuerpos para que ningún órgano «impropio» se vea en la pantalla, combinando una supuesta «libertad sexual» con cuidados que no existen ni en un episodio al paso de Juego de tronos. Todo esto, claro, acompañado por música de cocktail bar y planos cerrados que parecen más promocionar un gimnasio que otra cosa.

Los diálogos entre los protagonistas no pasan de frases cortas y obvias, ya que ambos parecen comunicarse más por mensajes telefónicos que cuando están juntos. Tampoco es que los constantes SMS que inundan la pantalla sean mucho más creativos. De hecho, la mitad de ellos son mensajes que Shane escribe y luego borra porque cree que serán demasiado needy para el más desinteresado y gélido Ilya. Por el lado deportivo no hay mucha creatividad dando vueltas: se ven partidos en planos generales siempre con un relator explicando el contexto y –salvo por algún galardón personal que tensiona la relación entre ambos–rápidamente se olvida quien juega contra quien y qué está en disputa.

Lo más anodino de todo pasa por el formato narrativo. El show está estructurado mediante carteles que dicen «tres meses después», «cuatro meses después», «primavera de 2013», «verano de 2013» y así, en continuado, pasando los tiempos de la relación y de los personajes de la manera más anodina e intrascendente imaginable. Sabemos poco y nada de ambos por fuera de su relación –los padres de Shane lo presionan de una manera, el de Ilya de otra; Shane siempre fue más serio, responsable y dedicado a su carrera, Ilya siempre fue un tanto más permisivo en su vida personal– y tampoco da la impresión que haya demasiada tela para cortar por allí, más allá de los miedos que ambos tienen, por distintos motivos, de que su relación se haga pública. Y si bien es cierto que la representación mediática de temáticas homosexuales en el mundo del deporte es mínima, uno no tiene la impresión de que la serie esté pensada desde ese punto de vista. En el mejor de los casos, lo explota.

En el tercer episodio hay un bienvenido cambio de eje cuando se revela que otro jugador de hockey es también gay y que lo mantiene en secreto. No es que el formato cambie mucho (es él, de hecho, el que disfruta del licuado de arándano con banana), pero al menos aparecen otras caras, otras historias y otras voces. Ese giro no solo le da un poco de aire a la serie sino que presenta a un personaje que sabe decir más de cinco palabras juntas y a su nueva pareja (el barista en cuestión, apodado «Kip»), cuya historia aún contada brevemente es más interesante que todas las otras juntas. Pero el centro son nuestros atribulados protagonistas y hacia ellos vuelve Tierney sin ofrecer nada demasiado nuevo ni relevante en cada encuentro, más allá de nuevas posiciones sexuales o alguna tensión que aparece circunstancialmente.

El éxito de Heated Rivalry, de todos modos, no pasa por allí. Y si con las escenas de sexo alcanza, seguramente será un suceso en todo el mundo también.