Series: reseña de «Mil golpes – Temporada 2» («A Thousand Blows»), de Steven Knight (Disney+)

Series: reseña de «Mil golpes – Temporada 2» («A Thousand Blows»), de Steven Knight (Disney+)

por - Críticas
10 Ene, 2026 09:09 | Sin comentarios

El creador de «Peaky Blinders» encuentra en la nueva temporada un equilibrio más maduro entre acción, atmósfera y desarrollo de personajes. Con Stephen Graham y Erin Doherty. En Disney+

No es lo más usual, pero hay series cuya segunda temporada es mejor que la primera. Entre ellas, clásicos como Breaking Bad o Los Soprano. Hay distintos motivos que conducen a esto. Uno de los más usuales es que las primeras temporadas están más sujetas a la necesidad de impactar de entrada, de encontrar a un público más o menos fácilmente y de conducirlos de las narices para que no se aburran, distraigan o escapen. En el caso de Steven Knight –el creador de Peaky Blinders— ese tipo de estructura puede dar para que, de entrada, saque a la luz sus instintos más «básicos», llenando la pantalla de ampulosos movimientos de cámara, acción por doquier, mucho impacto audiovisual y toda la parafernalia técnico-dramática que sabe utilizar para atraer a la audiencia. Esos instintos, sin embargo, tienden a opacar lo mejor que esas series tienen: el mundo que describen y los personajes que lo habitan.

La segunda temporada de Mil golpes se beneficia mucho de la construcción previa. El trabajo pesado ya está hecho: tenemos la información del universo en el que transcurre y no es necesario exponerla ni resumirla cada diez minutos, sabemos más o menos bien quiénes y cómo son los personajes, y asumimos que si el espectador llegó hasta acá es porque hay un compromiso mínimo con la historia y que no le hacen falta fuegos de artificio cada dos escenas para que no cambie de canal (perdón, de plataforma) si es que se aburre. Las escenas son más largas, las subtramas más ambiguas y complejas, la trama no necesariamente avanza como un tren en movimiento y, promediando la temporada, uno tiene la impresión de que la serie logró eso que todas buscan y no muchas encuentran: generar en el espectador la sensación de que ya vive en ese lugar; conoce sus calles, sus secretos y su gente; se interesa por su mundo, sus rivalidades y sus internas; le importan sus personajes y sus dificultades.

Cuando eso se produce, la trama en cierto modo se vuelve secundaria, al menos en el sentido convencional del término, el que se usa en las series en los últimos años. No hay una carrera contra reloj o un objetivo a superar planteado claramente de entrada. Hay, sí, asuntos que resolver, misiones que cumplir, enfrentamientos a los que sobrevivir, pero no hay un mecanismo de relojería que los avive constantemente. La segunda temporada funciona como las canciones que van en el medio de un álbum o en un concierto de una banda de rock: quizás sean los temas menos conocidos por todos, los que no suenan en la radio, pero son los que encuentran a la banda más ensamblada y cómoda, más liberada de los compromisos. Para los fans de verdad, suelen ser las mejores partes de los shows en vivo.

A Thousand Blows encuentra a los personajes en su peor momento tras el más que oscuro final de la primera temporada. Estamos en el mismo Este de Londres oscuro, denso y peligroso de fines del siglo XIX, con pandillas criminales, corrupción policial, mafias y boxeo ilegal, entre otros menesteres de esas calles violentas. Sugar Goodson (Stephen Graham) ya no es ese mafioso/boxeador todopoderoso sino un alcohólico que se arrastra por las calles y Mary Carr (Erin Doherty, su compañera de elenco en Adolescencia, la psicóloga del chico para los que vieron la serie) tampoco reina en el mundo criminal con su banda femenina The 40 Elephants. Tampoco Hezekiah Moscow (Malachi Kirby) es el campeón de boxeo que había llegado a ser sino que volvió a pelear a puño limpio, por la plata o la vida. A los tres la vida (o los guionistas) les dieron un golpe y ahora tienen que empezar de nuevo. Y de eso va la segunda temporada.

Mary Carr es más central a la trama aún que antes (y Doherty, hoy una estrella ganadora del Emmy, se luce más todavía) ya que la temporada la encuentra tratando de recuperar el «trono» de reina del hampa en la zona, armando un nuevo plan de acción cuyo eje es el robo de un valioso cuadro de Caravaggio. Sugar logra dejar el alcohol y trata de encontrar un modo de vida menos complicado ocupándose de su hermano y de su familia, en función de lo que sucedió en la temporada previa. Mientras tanto, el jamaiquino Moscow está encerrado en su obsesión por vengarse de la muerte de su mejor amigo y, dándole aire al costado más politizado de la serie, en transformarse en algo así como un defensor de la causa de los inmigrantes maltratados, tanto en su tierra como en Inglaterra. Si bien el boxeo aparece menos en esta temporada que en la anterior, su oportunidad de entrenar a un miembro de la realeza británica le dará un impensado giro a su vida.

Siguiendo estos tres ejes, la segunda temporada de Mil golpes va armándose como un panóptico de la Londres empobrecida y áspera de aquella época, con policías que meten sus narices para manipular voluntades, bandas mafiosas que pierden sus líderes, venganzas que no llevan a nada, personajes tentados a traicionar a sus pares, racismo desencadenado y actos súbitos de violencia que sacuden las cosas cuando Knight cree que hace falta un momento de alto impacto. Tampoco es que el creador de House of Guinness –otra serie que tiene el potencial de crecer del mismo modo que esta– haya abandonado sus instintos populistas. A Thousand Blows sigue siendo una serie de acción, una ficción criminal intensa que trata las últimas décadas del siglo XIX en Londres como si fuera la Nueva York de la década de 1970, solo que Knight se ha permitido ahora expandirse más a lo ancho que a lo largo, moverse un poco de la autopista narrativa central para husmear en los pintorescos senderos paralelos. Pero el hombre tiene claro que de tanto en tanto tiene que hacer explotar algunas cosas.

El triángulo si se quiere romántico que funcionaba como eje en la temporada anterior (entre ambos hombres y Mary) hoy ha quedado en segundo plano, casi ausente de la pantalla, al menos por un largo rato. Y los cruces entre los tres tienen menos que ver con eso –o con el boxeo– y más con la propia lógica de los acontecimientos violentos que tienen lugar en la zona. Un enfrentamiento con la banda de «los Jeremies» los pone en el mismo lugar, un encuentro casual callejero también y, más adelante, las propias actividades criminales de la banda. Cada uno a su modo, son tres marginales que tratan de encontrarle la vuelta a la supervivencia en un mundo hostil que los ignora, agrede y maltrata.