Series: reseña de «Terapia sin filtro – Temporada 3» («Shrinking»), de Bill Lawrence, Brett Goldstein y Jason Segel (Apple TV)

Series: reseña de «Terapia sin filtro – Temporada 3» («Shrinking»), de Bill Lawrence, Brett Goldstein y Jason Segel (Apple TV)

En su nueva temporada, la serie protagonizada por Jason Segel y Harrison Ford continúa lidiando con los problemas personales de su complicado equipo de psicólogos. En Apple TV desde el 28 de enero.

Las risas grabadas, o generadas por el público presente en el estudio, no son ni eran el eje central de lo que se conocía como sitcom. Si bien era una de sus características más evidentes –a la que había que sumarle la grabación a tres cámaras de las escenas en vivo–, la lógica de la “comedia de situación” tiene más que ver con el mundo cerrado en el que transcurren las acciones, con interiores repetidos, sin casi relación con el mundo externo y con un grupo de personajes que, con algunas diferencias e invitados especiales, se repite de capítulo a capítulo. Si bien en apariencia, Shrinking no tiene las características formales de una sitcom al menos como se las conoció hasta los años ‘90, casi todo lo demás remite a aquel formato.

Hay otro formato al que la serie protagonizada por Jason Segel y Harrison Ford recuerda: el cine indie de los 2000. No me refiero a su versión más radical o arthouse sino a su más formateada, comercial y apta para Sundance: sus canciones pop sensibles remiten y son interpretadas por artistas de esa época (Benjamin Gibbard, Vampire Weekend, Arcade Fire, Sufjan Stevens, Bon Iver), varios de los directores de episodios hicieron ese tipo de películas (Zach Braff, James Pondsolt, Jamie Babbit) y, sobre todo, se nota en su tono, que bascula entre lo humorístico y lo emotivo. Todo hace pensar en films como Garden State, Little Miss Sunshine, Away We Go o Thumbsucker, entre muchas otras de la época, solo que pasadas por el filtro de ultraprocesados que es el formato televisivo, donde ninguno de los conflictos se resuelve del todo y su desarrollo narrativo se estira hasta lo imposible.

Allí es donde, en Shrinking, la sitcom gana la partida: las temporadas de once episodios (como la tercera; la segunda tenía doce) llevan al extremo las posibilidades de este tipo de sensibilidad dramática y la tornan cansina, monótona. Lo que podría funcionar más o menos bien en una película se ve reiterando ad infinitum en una serie de asuntos, muchos de ellos bastante menores, que se vuelven repetitivos. Algunos de esos conflictos, de hecho, pueden sonar fuertes e importantes de entrada pero –salvo uno– van reduciéndose en calorías con el paso de los episodios. 

La serie fue buscando su eje con el paso de los episodios y ya no trata tanto sobre Jimmy Laird (Segel), el torturado psicólogo que trataba de salir de su pozo depresivo causado por la muerte de su mujer utilizando un arriesgado estilo terapéutico. Hoy sigue a una decena de personajes que parece habitar un mismo lugar físico –las casas de todos ellos y el consultorio lucen como encuadres diferentes de un mismo espacio en el que todos se cruzan entre sí todo el tiempo– y que se dan buenos o malos consejos respecto a qué hacer con los conflictos que tienen en sus vidas.

Al final de la segunda temporada (Alerta de spoilers si no la vieron), Jimmy parecía haber logrado resolver su conflicto con el responsable de la muerte de su esposa (Brett Goldstein, también coautor de la serie) y su incómoda relación con su hija Alice (Lukita Maxwell), por lo que en la tercera tiene que afrontar la posibilidad de volver al mundo de las citas, frontera que le cuesta mucho cruzar. A la par, Alice está pensando en irse a la universidad y eso presenta otro conflicto familiar con el que ambos tendrán que lidiar.

La Dra. Gaby (Jessica Williams) tiene sus propios problemas sentimentales que, al menos en la primera mitad de la temporada, quedan en segundo plano mientras desarrolla una inusual relación con una paciente (Sherry Cola). Allí, gran parte del tiempo narrativo se va en seguir las andanzas de la vecina Liz (Christa Miller) mientras lidia con el regreso a casa de uno de sus tres bastante inútiles hijos y a la vez se ocupa de todo lo relacionado a la llegada del bebé que su abogado Brian (Michael Urie) adoptará al nacer con su marido Charlie (Devin Kawaoka), si es que todo sale bien con la madre biológica.

La más significativa –y en mi opinión, única interesante– de las subtramas de Shrinking tiene que ver con el creciente Parkinson del Dr. Paul Rhoades (Ford), que se va haciendo más evidente y problemático, generando nuevas dificultades y llevando al habitualmente quisquilloso y malhumorado terapeuta a tener que lidiar con todo lo que eso implica. Tratado con humor y con invitados especiales (no es secreto decir que Michael J. Fox tiene una graciosa y emotiva aparición), esa línea temática es la única que realmente sostiene el tono más “sensible” que la serie presenta junto a sus conatos de comedia.

Allí está el que, para mí, es otro de los problemas de Shrinking. Sus apuntes cómicos no son demasiado graciosos y, en lo personal, raramente me hacen reír. Su humor es muy básico y tan o más antiguo que las sitcoms y películas a las que la serie remite. Por momentos da la impresión que el humor de su veterano creador, Bill Lawrence, se quedó en los años 80/90 (en esa época hizo Spin City), y que lo que la serie trata es de pegar eso con fórceps a su temática terapéutico-sensible. Ese humor funciona solo por momentos –como cuando Ford hace una referencia muy graciosa a un icónico personaje suyo–, pero el resto del tiempo se lo siente como disputando la primacía y el tiempo con una caterva de lugares comunes terapéuticos que harán que cualquier psicólogo se tape la cara de vergüenza.

El muy buen elenco, sumado a la amabilidad y ternura de la mayoría de los personajes, hace que Shrinking se haga llevadera y tolerable por más tiempo de lo que debería (Nota: el primer episodio de la temporada dura más de una hora), pero raramente satisface las fibras cómicas o sensibles del espectador. O, como lo hacían esas películas indies de los 2000, dará la impresión de que está diciendo algo sensible y profundo cuando en realidad sus conclusiones no van mucho más lejos que las que puede llegar cualquier libro de autoayuda que se compra en un supermercado.