
Berlinale 2026: crítica de «Everybody Digs Bill Evans», de Grant Gee (Competición)
Este film biográfico acerca del pianista de jazz se ocupa de un momento específico de su vida, en 1961, tras la muerte del bajista de su exitoso trío.
La música de Bill Evans refleja en más de un sentido su personalidad. Un hombre introspectivo y de pocas palabras, ocultaba bajo su andar entre calmo y apesadumbrado una tristeza que se acercaba mucho a la depresión. Lo han calificado de perfeccionista, emocionalmente frágil, melancólico, muy autocrítico y no especialmente sociable. De alguna manera, Everybody Digs Bill Evans intenta transmitir todas esas características de la personalidad de este pianista de jazz centrándose en una de las etapas más complicadas de su vida y yendo, ocasionalmente, hacia otros momentos igualmente difíciles.
La etapa en la que se apoya el primer film de ficción de Grant Gee –especialista en documentales sobre bandas no particularmente sonrientes como Radiohead y Joy Division– es una de las más complejas de su vida. Evans (Anders Danielsen Lie) venía de grabar con su trío dos shows en vivo en el Village Vanguard que se convertirían en los más celebrados de su carrera hasta el momento pero, muy poco después, el bajista Scott LaFaro muere en un accidente automovilístico. El film se ocupa de la etapa posterior a ese momento, centrándose en su complicada relación con su novia Ellaine (Valene Kane), con su hermano Harry (Barry Ward) y, especialmente, con sus padres (Bill Pullman y Laurie Metcalf), con quienes se va a pasar un tiempo a la Florida, donde viven.
El film –basado en la novela Intermission, de Owen Martell– se ocupa de los momentos atravesados allí, con sus padres tratando de animarlo, de hacerlo volver a tocar el piano, y a la vez generando algunas tensiones –especialmente, su padre– que no siempre lo ayudan a sentirse mejor. La relación con Ellaine se irá complicando también y la reticencia emocional de Bill tampoco hará mucho para que las cosas mejoren. Algunos flash forwards a momentos fuertes de su futuro personal no harán más que completar un panorama trágico que lo rodeó hasta su muerte joven, en 1980.

Formalmente bella, delicada y calma, con menos música que lo imaginable y un humor discreto que resuena cuando uno menos lo espera (en ese sentido, aporta mucho la actuación de Pullman), Everybody Digs Bill Evans va pintando de una manera triste y bastante dolorosa la complicada vida de este notable pianista de jazz. Quizás el problema más grande con el que debe lidiar Gee es que, entre el carácter apocado del protagonista y la distancia emocional que el film tiene con él, el resultado se vuelve por momentos en exceso moroso, apagado, cansino. No hay dudas que transmite muy bien el vacío provocado por la depresión del protagonista, pero la sensación que eso genera en el espectador puede llegar a ser más monótona que angustiante.
De todos modos, como retrato psicológico de la vida de Evans, es un recorte inteligentemente elegido, ya que pone en situación de igualdad su mayor éxito discográfico con una de sus peores etapas personales, escindiendo una cosa de la otra, al punto que ni siquiera quiere escuchar el álbum cuando sus padres lo reciben. Es similar, en un sentido, a la reciente biopic de Bruce Springsteen, Deliver Me From Nowhere, que también se ocupa de un momento especialmente conflictivo y depresivo de la vida de un artista que atravesaba un momento de éxito y popularidad.
Everybody Digs... se suma a una serie de films que se ocupan de momentos particulares de la vida de músicos de jazz, desde la ficción Köln ’75, sobre Keith Jarrett, o el film de Mariano Galperín, Bill 79, centrado en un viaje de Evans a la Argentina poco después de otro momento difícil de su vida –el suicidio de su hermano Harry– pasando por el documental Rewind & Play, de Alain Gomis, sobre un raro episodio en la vida de Thelonious Monk, entre otros. Gee se aleja de todos los clichés de las biopics de músicos para intentar retratar al artista también desde otro lugar: uno particular y desconocido de su vida. El film puede tener sus altibajos y una por momentos agobiante densidad, pero eso también es parte de la vida de un artista. Además de las giras y los aplausos, el silencio alrededor de todo eso cuenta.



