Berlinale 2026: crítica de «Hangar rojo», de Juan Pablo Sallato (Perspectives)

Berlinale 2026: crítica de «Hangar rojo», de Juan Pablo Sallato (Perspectives)

por - cine, Críticas, Festivales
13 Feb, 2026 12:05 | Sin comentarios

Un oficial de las Fuerza Aérea chilena se ve en una complicada situación cuando, tras el golpe de estado en ese país, se ve forzado a obedecer órdenes en las que no cree. En la competencia de operas primas.

Los latinoamericanos conocemos bien el concepto de «obediencia debida«. Los juicios a los militares hicieron conocido un término por el que los crímenes y abusos cometidos por las líneas medias o bajas de las fuerzas podían no ser sancionados con la excusa de que fueron realizados por tener que obedecer a mandos de superiores y no por decisión propia. Se trata de un tema complejo y lleno de matices. En películas como Hangar rojo, que transcurre durante el golpe militar chileno que derrocó, el 11 de septiembre de 1973, a Salvador Allende para instalar una dictadura, esa situación queda ejemplificada de una manera modélica.

El film de ficción del codirector del documental Ojos rojos explora con sequedad y rigor, en estricto blanco y negro, las experiencias que atraviesa un capitán de la Fuerza Aérea tironeado ante una situación de tener que obedecer órdenes que no comparte y en las que no cree. Jorge Silva (Nicolás Zarate) es un reconocido paracaidista que entrena a jóvenes en una Academia de la Fuerza Aérea chilena, un cargo medio dentro de esa estructura. Un tipo seco y de pocas palabras, se dedica con precisión y sin regalar una sonrisa a su trabajo, sin imaginarse que en pocas horas su vida cambiará cuando tenga lugar el golpe militar y el centro en el que trabaja pase a convertirse en un lugar de detención y tortura.

Silva tiene un problema extra. Años atrás, salvó al presidente Allende cuando hubo un atentado en su contra y en la fuerza sospechan de su fidelidad al golpe y al regimen. El asegura que su deber es cumplir las órdenes que le dan y que así lo hará. Los encargados del nuevo centro –especialmente el Coronel Jahn (Marcial Tagle), que lo considera casi un enemigo por hechos del pasado– lo pondrán a prueba, llevándolo a sonsacar testimonios y declaraciones de lo que consideran un grupo subversivo, y obligándolo a tomar decisiones que quizás estén en contra de sus ideas. Silva en general las cumple. Callado, sin abrir la boca y sin que nadie (ni los espectadores) sepan en realidad qué siente y, sobre todo, qué hará.

Hangar rojo pondrá el eje en esas crecientes tensiones que irán llevando a decisiones cada vez más radicales en las que el concepto de la «obediencia debida» se vuelve un tanto más complejo. Si un superior te da una orden para hacer algo ilegal, ¿está uno obligado a llevarla a cabo? ¿Y si no lo hace? ¿Qué consecuencias internas puede haber? No lo sabemos a ciencia cierta –la cámara inquieta sigue a Silva de cerca todo el tiempo pero en el breve plazo de tiempo en el que tiene lugar la historia jamás expresa sus opiniones–, pero es claro que tanto él como otros colegas como el Coronel Soler (Boris Quercia) están en una situación cumplicada. Hagan lo que hagan se verán en problemas.

Un film austero, coproducido con la Argentina y filmado íntegramente en Mendoza, Hangar rojo cuenta con sequedad una historia inquietante. Y lo hace desde un punto de vista inusual. No es tan común que un film sobre las dictaduras latinoamericanas intente que el espectador se identifique o al menos empatice con un oficial de las fuerzas armadas, pero lo que cuenta la novela Disparen a la bandada, de Fernando Villagrán –al que pronto veremos como uno de los detenidos allí– toma ese riesgo. Zárate tampoco interpreta a Silva de una manera simpática, amable o diferente a la de los demás: es un militar hosco, seco y hasta huraño que no hace nada para caerle bien ni a los detenidos, ni a sus subordinados ni mucho menos a los espectadores. Y esa zona gris se vuelve desafiante.

En tan solo 80 minutos, Hangar rojo se mete de cabeza en el corazón de la bestia –en algún sentido y no solo por el blanco y negro, La lista de Schindler podría ser una lejana referencia– para dejar en claro que todavía hay muchas historias para contar sobre las dictaduras latinoamericanas, mal que le pese al presidente del INCAA argentino, Carlos Pirovano, que asegura estar harto de ellas y aún así figura (seguramente a su pesar, solo por el cargo que ostenta) en los créditos de este film. Es una suerte de irónica e impensada justicia poética que le agrega un golpe de gracia a esta sólida e inquietante coproducción chileno-argentina sobre las épocas más oscuras de nuestras naciones.