Berlinale 2026: crítica de «Moscas», de Fernando Eimbcke (Competición)

Berlinale 2026: crítica de «Moscas», de Fernando Eimbcke (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
18 Feb, 2026 08:15 | Sin comentarios

Una mujer solitaria que alquila una habitación cerca de un hospital recibe a regañadientes a un niño que busca noticias de su madre enferma, formando un vínculo inesperado a lo largo de unos días difíciles.

Se ha dicho más de una vez, inclusive acá, pero vale la pena repetirlo. En un cine mexicano que tiende a caracterizarse por la gravedad, la densidad, la oscuridad y la violencia, el cine de Fernando Eimbcke funciona como un bálsamo, como eso que solían llamar «un soplo de vida». Sus películas tienen algo de curiosidad infantil, de juego, de ternura y humanidad que aparecen poco y nada en el cine de ese país y de muchos otros. Como se vio acá también con la muy divertida Lo demás es ruido, de Nicolás Pereda, otro «distinto» del cine mexicano, Moscas apuesta al humor y a la ligereza aún cuando toca un tema bastante severo, por no decir grave.

Protagonizadas ambas por Teresita Sánchez, Moscas cuenta una historia clásica en tono de comedia humanística, como bien podría ser una película de Charles Chaplin o de la línea más ligera del neorrealismo italiano. A diferencia de la elaborada y colorida Olmo, que recorrió festivales el año pasado luego de una ausencia de doce años, su nueva película se apoya en un más austero blanco y negro, apenas un par de locaciones y no más de tres personajes centrales. Con ellos alcanza para contar, de una manera propia de un cuento de hadas, la historia de una conexión inesperada entre dos personas que, por circunstancias de sus vidas, se han quedado relativamente solas.

En otras manos y con otro tono, Moscas podría ser una comedia dramática melosa y recargada, ya que tiene elementos en su estructura narrativa para caer en eso. Pero el director de Temporada de patos se apoya en el humor, en cierta sequedad y hasta en el absurdo para contar las desventuras de esta señora fastidios y de esta pequeña e indomable criatura a lo largo de unos días intensos y complicados. Sánchez encarna a Olga, una mujer de bastante mal talante a la que vemos todo el tiempo intentar sin suerte matar a las moscas que le molestan. Necesitada de dinero, subalquilará un cuarto de su casa para las personas que vienen a visitar enfermos al hospital cercano. Las reglas son específicas y severas: no pueden usar la cocina, el baño lo desocupan rápido y «no me cuenten nada de su familiar enfermo». Como a las moscas, se las quiere sacar de encima rápido.

Allí llegan el pequeño Cristian (Bastián Escobar, un descubrimiento) y su padre, Tulio (Hugo Ramírez), quienes están acompañando a la madre del niño, que está enferma e internada. En realidad, el alquiler es solo para el padre, quien mete de colado al niño en el cuarto. Cuando la situación con Olga se complica, el hombre preferirá que sea el niño el que se quede y él desaparecerá por largos períodos de tiempo. El problema es que Cristian se queda sin noticias de su madre –no lo dejan entrar sin familiares al hospital– y Tulio no aparece por ningún lado. Y cuando en la calle a Bastián le roban el celular, menos posibilidades de contactarlo habrá. Será ahí, previsiblemente, que a la hasta ese momento distante y molesta Olga no le quedará otra que ayudar al niño en su misión.

Pese a la situación que lo rodea Bastián es un chico vivaz, parlanchín, divertido, aventurero. Le encantan los viejos «jueguitos» tipo Space Defenders y demuestra ser muy bueno en eso. Pero no es el chico más calmo y tranquilo, por lo que Olga vive un tanto fastidiada con él. Hasta que la falta de noticias la obliga a tener que hacerse cargo. Eimbcke no lo explica demasiado pero es claro que la mujer atravesó algún tipo de situación dramática en el pasado y prefiere no tener que conectar emocionalmente con nadie más. Y menos con un chico.

Eimbcke va contando todo esto a modo de comedia de enredos y equívocos, con Bastian molestando con una pelotita o ensuciando el cuarto, para el fastidio de Olga. Sus cándidos intentos de colarse en el hospital ganándose el corazón de las recepcionistas tampoco funciona del todo bien y Eimbcke le saca el máximo provecho humorístico a cada una de estas situaciones. Pero en ningún momento se pasa de ñoño o edulcorado. Hay una cierta sequedad en el humor que, sumado a la falta de música incidental, hacen que Moscas nunca se pase de edulcorada o melosa. Es un drama, entrecortado por el absurdo, de un modo que hace recordar al estilo de ciertas comedias uruguayas de las últimas décadas.

Eimbcke vuelve a demostrar una enorme capacidad para trabajar con actores jóvenes y Escobar se suma a la larga lista de intérpretes, niños o adolescentes, con los que ya trabajó antes. Por su parte, la actriz de La camarista a esta altura es una garantía de humanidad a la hora de retratar personajes que siempre son más complejos de lo esperado. Pero la magia casi navideña que transmite la película pasa por el control que el realizador de Lake Tahoe tiene respecto a sus materiales. En sus manos, estas historias de crecimiento, de lazos familiares y de cómicas desventuras siempre terminan generando una sonrisa de satisfacción. La sensación de que uno comparte con un cineasta una mirada sobre el mundo y sobre las personas que lo habitan.