
Berlinale 2026: crítica de «Nightborn» («Yön Lapsi»), de Hanna Bergholm (Competición)
Soñando con formar una familia perfecta, Saga y su marido Jon se mudan a la casa de su infancia en un remoto bosque finlandés, solo para que ella empiece a convencerse de que algo está terriblemente mal con su bebé recién nacido.
Las maternidades complicadas son una temática en boga en el cine de terror y adyacencias. Películas como Nightbitch, con Amy Adams, o la más reciente If I Had Legs I’d Kick You, con Rose Byrne, son solo algunos de los ejemplos de películas que ponen el sufrimiento, la depresión y la fragilidad mental de una madre reciente en el centro de la escena. La coproducción finlandesa Nightborn retoma muchos de estos conceptos y los combina con mitos clásicos del folclore nórdico para crear algo así como un film de folk horror sobre un hijo que parece estar más conectado con las criaturas de la naturaleza que con todo lo demás.
Saga (Seidi Haarla) lleva a su marido británico Jon (Rupert Grint, el ya adulto «Ron» de Harry Potter) por la campiña finlandesa hasta llegar a una casa perdida en medio de bosque en la que pasó su infancia. El caserón está venido a menos y hasta tiene plantas adentro, pero ellos están convencidos que lo pondrán a nuevo y tendrán allí no uno sino tres hijos. De entrada es evidente que el bosque que los rodea respira, está vivo y que los árboles parecen seguirlos mientras caminan. Ellos no tienen mejor idea que tener sexo bajo uno de estos ents (perdón, árboles) y nueve meses después tienen a su primer hijo.
Es obvio decir que el chico no es del todo convencional. La realizadora Hanna Bergholm lo muestra solo parcialmente durante casi toda la película pero, a juzgar por la mirada de todos, luce raro: es muy grande, muy peludo y no para de llorar (más un gruñido bestial que un llanto) durante todo el día. Casi no duerme y los intentos de Saga de alimentarlo no sirven de mucho: el bebé la muerde y parece más interesado en chupar la sangre que brota de la herida que en otra cosa. Y así, de a poco, Saga empieza a perder la paciencia, las ideas y luego, la cabeza. Jon intenta bajar las cosas a tierra pero es obvio que no piensan lo mismo en casi nada. Y la cosa se complica entre ellos también.

La realizadora de Hatching no tarda en llevar este cuento al territorio del terror más clásico. Si bien temáticamente la historia incorpora elementos más cercanos al drama psicológico –depresión posparto y derivados–, la película encara directamente hacia el lado más salvaje, cruento y violento. La madre de Saga no ayuda demasiado, las presiones sociales la enloquecen aún más y la convicción de que su hijo, pese a lo que le dicen, no es normal, pueden con su sanidad. Las soluciones que encuentra a veces funcionan aunque no son las que recomendaría ningún pediatra en su sano juicio.
Yön Lapsi –tal el título original– es directa, brutal y no particularmente sutil. Una de las mejores decisiones del guión pasa por no profundizar en exceso en las mitologías que rodean a la situación, ni la ligada a la naturaleza, a los árboles o a qué relación puede o no tener el niño con eso. Y lo mismo pasa con la religión: el padre de Jon es sacerdote y es claro que una cosa no combina con la otra. Bergholm posiciona esos elementos en el relato a modo de trucos de guión, juegos narrativos para meter al espectador en el clima de una película de género cuando en realidad su interés y su intención pasa por otro lado.
La película termina estando a mitad de camino entre el horror más o menos clásico y eso que hoy se da por llamar elevated horror, o terror de autor, con una directa conexión a clásicos como El bebé de Rosemary, de la que se inspira hasta en la construcción del fuera de campo. Acaso su participación en la competencia oficial del Festival de Berlín hagan suponer que la película es más seria o sesuda de lo que es, pero Nightborn nunca deja de ser un entretenimiento algo extravagante, oscuro y por momentos hasta cómico acerca de las dificultades de ser una madre primeriza. Lo que es seguro es que tres chicos no tendrán…



