Berlinale 2026: crítica de «Queen at Sea», de Lance Hammer (Competición)

Berlinale 2026: crítica de «Queen at Sea», de Lance Hammer (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
17 Feb, 2026 02:45 | Sin comentarios

En este drama familiar, una complicada situación sexual de una pareja de la tercera edad deriva en un problema en el que intervienen los servicios sociales. Con Juliette Binoche y Tom Courtenay.

No es muy común que pasen 18 años entre una primera y una segunda película. Pero ese es el caso de Lance Hammer, cineasta que parecía haber dejado la dirección tras una experiencia inicial con Ballast que fue muy exitosa desde lo artístico pero bastante problemática desde lo personal y lo económico, lo que lo llevó a abandonar Hollywood y la industria del cine tradicional para enfocarse en proyectos de otro tipo. Queen at Sea, el film que marca su regreso, poco y nada tiene que ver en apariencia con aquel. En lugar de un grupo de afroamericanos del sur de los Estados Unidos los protagonistas son británicos y franceses que lidian con los problemas que surgen con la vejez.

Nada menos que Juliette Binoche encarna a Amanda, una profesora franco-británica que vive y trabaja en Newcastle pero que está en Londres pasando un tiempo con su madre, Leslie (Anna Calder-Marshall), que sufre una severa demencia y es poco y nada consciente de sus actos. Leslie está casada con Martin (el veterano Tom Courtenay, con más de seis décadas de carrera), padrastro de Amanda, que está bastante más sano y entero que ella. Un día, al abrir la puerta del cuarto, Amanda los encuentra teniendo sexo y arma un escándalo, ya que en el estado en el que Leslie está –en el que no puede dar consentimiento ni cuenta de sus actos–, considera que se trata de un abuso, hasta de una violación. Como Martin no acepta su postura, surge una pelea y Amanda termina llamando a la policía.

A partir del ingreso de las autoridades y los servicios sociales la situación va cobrando un peso cada vez más serio. Nadie sabe muy bien cómo interpretar lo que pasó pero por precaución las autoridades detienen a Martin y hasta clausuran el cuarto, considerándolo una «escena del crimen». Cuando Amanda toma conciencia de las dimensiones que tomó el asunto se arrepiente de haberlo denunciado, pero ya es tarde. Encima, Martin insiste en volver a la casa a estar con Leslie, pese a la prohibición de las autoridades. Y Amanda, a cierta altura, ya no sabe muy bien qué es lo que corresponde hacer. Leslie, por su parte, no parece darse cuenta de nada de lo que está sucediendo a su alrededor.

El hecho específico que dispara la situación es intrigante porque abre varias puertas de análisis. Si bien, técnicamente, debería considerarse una violación, hay varios elementos que ensombrecen la situación. La relación entre Leslie y Martin es amorosa, ella claramente lo necesita y él cubre casi todas sus necesidades. Su gran problema, pese a lo que le dice Amanda, es que no comparte la idea de que no pueda tener sexo con su mujer desde hace décadas. Y no parece dispuesto a acatar las órdenes. Pero el sistema va para otro lado y pronto da la sensación que lo más efectivo sería llevarla a ella a un geriátrico. ¿Pero no se convertirá eso en un problema aún peor?

Hammer no parece confiar mucho en el sistema de salud británico y da a entender en todo momento que entrar en él es meterse en un laberinto riesgoso y problemático, aún en lo que respecta a los geriátricos. Se trata de una lectura discutible –la mayoría de los hechos de violencia de género de los que se hacen cargo son menos curiosos y debatibles que este–, pero es con la que la película corre. ¿Habría sido mejor dejar todo como estaba? ¿No será que Amanda también, aún en su demencia, tiene irrefrenables deseos sexuales y no solo es Martin el que los busca?

En paralelo, Queen at Sea se ocupa de la vida personal de Amanda y de su relación con su hija, Sara (Florence Hunt, de Bridgerton), quien es una adolescente que está descubriendo el sexo y el primer amor. Es una subtrama a todas luces innecesaria en el contexto del film y que parece más puesta para aligerar un poco el tono, sacar al espectador de la zona más lúgubre de la vida de la anciana pareja. Su justificación temática puede ser lógica –marcar el arco completo que va desde los primeros acercamientos románticos a los últimos, de la pasión aventurera del principio a la más complicada sexualidad de la tercera edad y, especialmente, ofrecer una idea del sexo más bella, consensuada y positiva–, pero en una película que de por sí es larga y tiene más giros que los necesarios, se podría quitar casi por completo. No es mucho lo que aporta.

Más allá de la pintura un tanto burda que Hammer hace de las instituciones públicas –algo que también hicieron Ken Loach y Mike Leigh en otros films con similares tensiones con los servicios sociales ingleses–, la primera hora del film es dolorosa, conmovedora, sostenida por la mirada dolorida y la confusión de Amanda respecto a lo que hizo y a lo que debería hacer. Ni ella tiene muy claro cómo lidiar con la enfermedad de la madre y, pese a lo complicado de su actitud, la posición de Martin parece más clara y emocionalmente lógica.

Para la segunda mitad la película se enreda en giros dramáticos innecesarios –uno tiene lugar en un geriátrico, otro está ligado a la hija de Amanda, y así– y de a poco va entrando en una zona un tanto más cruenta, donde lo doloroso se transforma en angustiante y la cámara actúa con un grado innecesario de crueldad. Es allí donde Queen at Sea pierde un poco la línea de la empatía y del humanismo que intentaba sostener minutos antes para entrar de lleno en una zona donde las desgracias, las malas elecciones y las crueles casualidades van enredándolo todo. En esos momentos la película recuerda más a Amour, de Michael Haneke, que iba a fondo a la hora de mostrar la decadencia de la situación.

Pese a ir perdiendo fuerza con el paso de los minutos por algunas injustificables elecciones narrativas y formales, uno tiene la sensación de que la temática elegida por Hammer es potente y hasta necesaria de ser tratada. No solo en lo que respecta a la sexualidad de las personas de la tercera edad sino en función de los cuidados, los maltratos y los miedos que genera llegar a esa etapa de la vida o tener familiares que atraviesan similares situación de confusión, de falta de memoria y de demencia. Para Amanda, para Martin y hasta para los sistemas de salud pública no es fácil lidiar con lo que le sucede a personajes como Leslie. No hay soluciones sencillas ni agradables. Se trata de aprender a vivir con el sufrimiento propio, con el ajeno y con el dolor que todo eso conlleva.