
Berlinale 2026: crítica de «Rose», de Markus Schleinzer (Competición)
Una mujer llega a una aldea alemana en el siglo XVII, se hace pasar por hombre, se integra a la sociedad y se casa en ese drama austríaco de época protagonizado por Sandra Hüller.
El realizador austríaco Markus Schleinzer se había dado a conocer con una opera prima estrenada en 2011 titulada Michael y centrada en un pedófilo que secuestraba a un niño y lo encerraba en un sótano. Nada hacía suponer que, con el correr de los años, este riguroso y algo cruento formalista pasaría a realizar una película sobre una mujer que, en el siglo XVII, se hizo pasar por un hombre. Filmada en estricto blanco y negro, Rose tiene como protagonista nada menos que a Sandra Hüller. Aquí, la actriz de Anatomía de una caída encarna a una mujer que elige vivir como un hombre al instalarse en un pueblo alejado de todo en lo que será la actual Alemania tras la llamada Guerra de los 30 Años.
¿Por qué lo hace? La voz en off nos dice que no es tanto por tema de sexualidad sino porque se da cuenta que, usando pantalones y actuando como un hombre, es más escuchado y tenido en cuenta que como mujer. Si bien inicialmente en el pueblo lo miran un tanto rato –por su aspecto esmirriado, sus heridas de guerra y los papeles que presenta reclamando una tierra–, el personaje, del que nunca sabemos que nombre utiliza, se instala en ese pueblo, trabaja, colabora, va a la iglesia, construye, pone dinero, se convierte en un pilar de la sociedad y finalmente se casa. Bueno, le ofrecen en matrimonio a Suzanna (Caro Braun), una mujer amable y bastante más perspicaz de lo que inicialmente parece.
Si bien el matrimonio no se termina de «consumar», nadie parece hacer demasiado escándalo en la materia, ya que es un pueblo tan devoto y religioso que parece tomado como un mandato de represión o autocastigo más. «Rose» no se define como hombre o mujer. Simplemente, existe como uno más y funciona de acuerdo a las necesidades y mandatos sociales. Salvo, claro, en la intimidad. En algún momento, sin embargo, las cosas empezarán a enredarse por ese lado, lo que llevará a reconfigurar las perspectivas y hasta la suerte de los personajes.

Pese a la rigurosa sequedad de la propuesta, Rose posee momentos muy divertidos y peculiares. El rostro pétreo de Hüller ayuda mucho para no despertar sospechas entre los habitantes del pueblo que la acoge. Y eso sucede también con su esposa y la familia de ella. Y el humor se cuela en esos intersticios. Cuando Suzanna quede embarazada, allí las cosas se volverán un tanto más raras. Para «Rose» será la tranquilidad de saber que nadie sospechará de ella. Pero en otro sentido habría que descubrir qué es lo que puede haber sucedido allí.
Lo que sucede después de esa y otras revelaciones no es lo necesariamente lo esperable y eso está más ligado a la relación que se establece entre ambas protagonistas, una que va más allá de roles determinados y de géneros. Hay una hermandad (sororidad) allí que podría evitarle a Rose –bah, a ambas– meterse en problemas. Y el realizador conduce esta etapa con una gravedad propia del cine de Carl Dreyer pero, a la vez, con pasajeros momentos de humor, ligados a los descubrimientos que van teniendo lugar. Eso sí, Rose jamás se convierte en farsa o parodia: la extrañeza está puesta en la manera en la que, de a poco, va quedando claro que eso de que las parejas las compongan hombres y mujeres quizás sea una convención como cualquier otra.
Todo esto no tendría la potencia emocional que tiene si no fuera por Hüller, una actriz que hace muchísimo con poco, que expresa mil emociones contradictorias con los ojos o a través de pequeños movimientos físicos. El realizador, que viene del mundo del casting (trabajó en eso con Michael Haneke y Ulrich Seidl, entre otros), la rodea con una serie de personajes que parecen sacados de un cuadro de la época. Pero de todos modos la «rosa» en cuestión, la que corona la propuesta, es la actriz alemana que está más cerca de parecerse a una capataz de estancia de un viejo western que a una mujer intentando imitar a un hombre. De alguna manera, eso es Rose: un western que no habla tanto de género como del poder y el patriarcado en todas sus extrañas formas.



