
Berlinale 2026: crítica de «Rosebush Pruning», de Karim Aïnouz (Competición)
Una familia billonaria profundamente disfuncional implosiona desde adentro cuando la llegada de una extraña altera sus rutinas perversas en esta sátira negrísima sobre el privilegio, la crueldad y la autodestrucción.
Las sátiras basadas en las vidas licenciosas, absurdas y grotescas de los ultra-millonarios han ido creciendo por motivos obvios en los últimos años a partir de la fama de figuras que bien podrían ser sus protagonistas. Es una época de billonarios excéntricos –de eso no hay duda– y de actos públicos bastante crueles y egocéntricos. No es exagerado pensar que sus vidas privadas de personas y familias de este tipo pueden ser igual o peores que lo que conocemos de ellos –la mayoría de la gente muestra su mejor lado en público y en estos casos ya de por sí es bastante terrible–, por lo que imaginarlos en la intimidad da para cualquier cosa.
Y eso es, esencialmente, lo que hace Karim Aїnouz en Rosebush Pruning: poner a un grupo familiar desagradable y cruel a actuar de maneras horribles entre ellos mismos en una suerte de caótico vale-todo que no tiene límites. Como siempre, el problema aparece a la hora de la forma: una película sobre gente fea, cruel y estúpida, ¿tiene que ser también fea, cruel y estúpida? Eso tienden a creer muchos cineastas y el realizador brasileño, en base a un guión del griego Efthimis Filippou, habitual colaborador de Yorgos Lanthimos, va de lleno hacia allí, creando una comedia negrísima acerca de un grupo de gente impresentable, delirante y obviamente problemática que vive para hacerle daño a los demás y también entre ellos mismos.
El personaje principal y narrador de esta saga es Ed (Callum Turner), uno de los cuatro hermanos Taylor que se han ido a vivir a Cataluña, donde residen en una enorme casona, de la que parecen no salir casi nunca. Ed, sin embargo, que por algún motivo no sabe leer ni escribir y está obsesionado con las marcas de moda, se ha enamorado de un hombre griego y la ha prometido irse a vivir con él allí. Pero en el interín nos irá contando la negrísima historia de esta familia compuesta por un tiránico padre ciego (Tracy Letts) y sus hijos.

Además de Ed está Anna (Riley Keough), Jack (Jamie Bell) y Robert (Lukas Gage). La madre ha desaparecido (Pamela Anderson) y las vidas de todos ellos parece consistir en maltratarse uno a otro porque sí, pero a la vez tener as actitudes más incestuosas imaginables. La llegada al lugar de Martha (Elle Fanning), la novia de Jack, desacomoda las rutinas establecidas y lleva a los protagonistas a desatar sus lados más perversos y brutales, los que por razones de buen gusto no conviene explicitar acá. Incluyen, como podrán imaginarse, un montón de actos bruscos entre ellos y con la recién llegada. Algunas sorpresas narrativas irán dando paso a un estadío aún más violento de la relación entre todos ellos y, de allí en adelante, será un milagro si alguien sale con vida de allí.
Inspirada por la clásica película I pugni in tasca, la opera prima de Marco Bellocchio, un cineasta que –más allá de algunas similitudes en la trama– poco parece tener que ver con este tipo de retrato, ética y estética, Rosebush Pruning se suma a esta moda de retratos grotescos de los privilegiados, cuyo ejemplo más conocido es el cine de Ruben Ostlund en películas como El triángulo de la tristeza, la debatida Saltburn, de Emerald Fennell, o el citado Lanthimos, aunque en una etapa anterior a la actual. A Ainouz no le sienta del todo bien el tono. Se lo nota un tanto incómodo en este tipo de registro ya que su cine, si bien es sensual, erótico y por momentos perverso, tiene otra manera de tratar a sus personajes, una cierta calidez o comprensión por sus actos que acá brilla por su ausencia.
Lo que queda es un pastiche de escenas violentas, desagradables de ver y en algunos casos hasta incomprensibles narrativamente. De vuelta: la vida del uno por ciento de los privilegiados merece ser mirada de una manera crítica, pero si la idea es usar con ellos la misma crueldad y similar falta de respeto que usan para con el resto del mundo, ese no parece ser el mejor camino. Uno podrá divertirse imaginando sus desgracias, pero es un pasatiempo que no amerita una película. Un sketch de Saturday Night Live burlándose de un millonario patético y sus nepo-babies es una cosa. Pasar dos horas con ellos es un castigo.



