
Berlinale 2026: crítica de «Roya», de Mahnaz Mohammadi (Panorama)
Una mujer iraní sale del confinamiento solitario de una prisión físicamente libre pero psicológicamente quebrada, e intenta reinsertarse en un mundo atravesado por la violencia y la represión.
La experiencia de estar detenido en lo que se llama confinamiento solitario puede ser brutal, desconcertante. Y es eso, fundamentalmente, lo que intenta transmitir esta impresionista película iraní centrada en una mujer iraní llamada Roya (Melisa Sözen) que atraviesa una situación de ese tipo. Por el modo en que Mahnaz Mohammadi cuenta la historia, el espectador tiene que rearmar o imaginar la secuencia de eventos en su cabeza porque nada es del todo lineal ni realista y, da la impresión, que pasado, presente y futuro se mezclan todo el tiempo. Al menos en la cabeza de la protagonista.
Durante los primeros 20 minutos Roya estará filmada desde el punto de vista parcial y subjetivo de una mujer que está, además, cubierta con un chador que apenas le deja ver un resquicio de la cárcel de Evin, en Teherán, en la que está detenida. Menos aún, ya que las voces que la rodean y, entre otras cosas, le dan indicaciones precisas en tono severo, le exigen que solo mire para abajo, a los zapatos de sus interlocutores. Pero pronto veremos que eso es lo más ligero. Lo pesado son los golpes, empujones, gritos y más golpes que Roya recibe y que el espectador ve desde la posición de una cámara que se cae, se golpea, se levanta, se revuelca y se vuelve a caer. Brutal es poco.

Luego de esa larga y vivida introducción, la película empieza a acumular escenas de la vida de Roya en lo que parece ser tras la salida de esa cárcel, con la mujer en estado semi-catatónico –la mujer casi no habla en toda la película– mientras se va topando con su familia, enterándose de algunas novedades, concurriendo a velorios y así. Si bien acá la película ya recupera un formato un tanto más clásico –ya no hay cámara subjetiva–, sonoramente sigue generando confusión, como si Roya no pudiera estar del todo presente en el mundo que le toca vivir. ¿O será que hay algo más complejo que justifique este tono?
Roya es intrigante como concepto aunque un tanto enredada en su construcción. Si bien ese estado de confusión que la película genera es buscado como representación del estado en el que se encuentra su detenida protagonista, por momentos se hace demasiado difícil hacer pie en la lógica de la historia y poder conectar con un personaje que está todo el tiempo con la mirada perdida. Algunos elementos –ligados a su padre o a una forzada confesión que pretenden de ella– sirven como anclas para su descentrada experiencia, pero la película es –salvo en esos salvajes primeros 20 minutos– en exceso fría y distante como para lograr transmitir con toda la fuerza la potencia de la experiencia.
Las conexiones de la historia con el presente de Irán se harán más evidentes con el paso de los minutos y uno vaya obteniendo precisiones a partir de los comentarios de aquellos que rodean a una protagonista entumecida física y emocionalmente por su experiencia. Y es en ese ámbito áspero, violento y cruel que uno cobra real dimensión de la resiliencia de Roya y de muchas mujeres como ella que desafiaron al regimen y que tratan, en la medida de sus posibilidades y en medio de una violencia desmedida, de seguir dando batalla.



