Berlinale 2026: crítica de «The Loneliest Man in Town», de Tizza Covi y Rainer Frimmel (Competición)

Berlinale 2026: crítica de «The Loneliest Man in Town», de Tizza Covi y Rainer Frimmel (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
19 Feb, 2026 07:57 | Sin comentarios

Un blusero austríaco octogenario, último inquilino de su edificio, resiste obstinadamente a los desarrolladores que buscan expulsarlo y encuentra aliados inesperados en el camino.

Alois Koch AKA Al Cook es un cantante y guitarrista de blues y rockabilly. Cuando era más joven sacó varios discos y tuvo la ilusión de convertirse en el Elvis Presley austríaco, pero es claro que no lo logró. Hoy ronda los 80 años, sigue escuchando blues religiosamente en unos vinilos cuidadosamente seleccionados, toca la guitarra, canta en bares y pasa gran parte del tiempo por su cuenta. No se trata, o no solamente, de una cuestión de soledad personal, de alguien que no quiere ver gente o no tiene amigos, sino de una soledad literal en el sentido que es el único inquilino que sigue en el edificio en el que vive.

Esa doble soledad –la más íntima se irá conociendo con el paso de los minutos– lo transforman en algo así como en el último mohicano de una época olvidada. No solo la musical, sino por el tipo de vivienda en la que Alois vive y que ha sido comprada por un grupo de inversores que fueron sacando, uno a uno y con algún dinero de por medio, al resto de los inquilinos. Pero Alois no quiere saber nada con irse y resiste. Su casa es su mundo, su vida, todo. Y, un poco como el personaje que hacía Sonia Braga en Aquarius, no piensa ceder a las presiones de los nuevos dueños. Aunque le corten la luz en Navidad. Y el agua. Y le pongan a un pesado a hacerle la vida imposible en plan «firma acá o te voy a volver loco«.

The Loneliest Man in Town es una comedia melancólica de los realizadores de La pivellina, quienes cada vez van virando más a la ficción. Si bien sus películas se siguen apoyando en personajes de la vida real, la construcción del mundo va incorporando (o eso parece) más y más elementos guionados. Y lo que hace este film es intentar contar las maneras en las que el apocado Alois intenta sobrevivir a la agresión de los nuevos dueños y los nuevos (y viejos) amigos que encuentra o recupera en su loable pero caótica misión.

En un tono humorístico seco, con un personaje y una música que recuerda al cine de Aki Kaurismäki, Covi y Frimmel trazan un retrato centrado en el cambio de una época que involucra a una ciudad pero también a todo lo que pasa adentro. Si bien Viena, comparativamente hablando, sigue siendo una urbe que respeta mucho sus tradiciones, incluyendo las edilicias, es claro que no es todos los distritos es así y que los especuladores inmobiliarios y la gentrificación acechan en todos lados. Y es Alois, sus vinilos y las quejumbrosas voces de clásicos bluseros los que presentan una suerte de resistencia cultural.

Alois es viudo, no tiene muchos posibles Planes B para escapar al acoso y hasta el bar en el que suele parar y en el que se siente como en casa cierra también, completando la metáfora sobre el cambio del barrio y como afecta a estos «pobladores originarios». Quizás la solución sea deshacerse de todo e irse a la cuna del blues, a conocer finalmente todo aquello que lo obsesiona desde muy joven. O quizás surja por otro lado, cuando la necesidad convoque a fantasmas que se creían olvidados.

Cuánto hay real y cuánto de ficcional en la historia que se cuenta en The Loneliest Man in Town es lo de menos. Lo que importa aquí es retratar la melancolía que genera el paso del tiempo y de ciertas costumbres, la resiliencia de aquellos que todavía creen en ciertos códigos y las sorprendentes segundas y terceras oportunidades que se abren en la vida cuando uno menos se lo espera. Aquella frase de que «crisis significa oportunidad» aplica a la perfección en esta película. Y si es con la guitarra y la voz de Robert Johnson por detrás, mejor aún.