
Berlinale 2026: crítica de «The Only Living Pickpocket in New York», de Noah Segan (Special Gala)
Un carterista del Bronx ya entrado en años roba más de lo que esperaba y termina siendo perseguido por un secreto digital al que ni siquiera puede acceder. Con John Turturro, Steve Buscemi y Giancarlo Esposito.
Harry Lehman es un carterista de la vieja escuela. Nada de cosas online ni siquiera tarjetas de crédito. Lo suyo es meter sutilmente la mano en bolsillos y carteras para quedarse con dinero, billeteras, alhajas, relojes y algún que otro objeto preciado. Lo que sobra, a la basura, o en un buzón. Nada de complicaciones. Luego será cuestión de llevárselo a un viejo amigo revendedor de cosas usadas (y robadas) y sacar algo de efectivo para seguir subsistiendo. Todo esto mientras en la banda sonora suena una melodía funk que parece sacada de un blaxploitation de los años ’70: cine neoyorquino de la más pura cepa.
A esto hay que sumarle un ingrediente fundamental. Estos dos viejos ladrones que se basan más que nada en el Bronx son interpretados por John Turturro y Steve Buscemi, dos de esos actores que deberían trabajar juntos más seguido y que cargan en su rostro la experiencia de conocer las calles, las mañas, el barrio, todo. Lo de Turturro es pura manualidad. Nada de engaño verbal o truco sucio. Salvo por alguna urgencia, todo consiste en velocidad de manos. Buscemi, en ese sentido, trabaja igual: apenas sabe prender su vieja computadora, a la que usa para mandar emails y nada más. Lo demás es ver lo que le traen y ponerle un valor que nadie discute. El problema es que la gente cada vez anda menos por las calles con objetos analógicos.
En este homenaje a los policiales de antaño, hecho con más nostalgia, ternura y humor que con violencia, Harry Lehman no puede dejar de trabajar porque necesita dinero para cuidar a su esposa enferma (Karina Arroyave), que está postrada y no puede valerse por sí misma. Pero en medio de una rutina calculada surge un inesperado problema cuando se mete en el auto caro de un joven, le roba sus objetos personales y descubre, además de un montón de dinero, un reloj caro y una memory card, un arma, de la que se deshace de inmediato. Lo que no sabe es que este tal Dylan (Will Price) es un chico «conectado» que moverá cielo y tierra para encontrarlo ya que esa tarjeta tiene mucho valor.

Harry pronto toma conciencia del lío en el que se ha metido y trata de ganar tiempo, aunque está lejos de saber cómo descubrir, con sus viejos métodos, lo que hay adentro de este USB. Y esa carrera amenazante contra el tiempo –Dylan y los suyos no le pierden pisada– irá llevando a The Only Living Pickpocket in New York a cobrar cierta gravedad inesperada. No solo por el caso policial en sí, si no a partir de lo que eso genera en Harry, alguien que sabe que quizás su época de gloria ya pasó y que ahora lo más importante, aunque sea por una vez, es cuidar de los otros.
Dirigida por Noah Segan y producida por Rian Johnson, la película tiene un tempo muy típico de los dramas independientes de los ’70. Si bien la estructura es la de un relato policial con todo lo que ello implica –Giancarlo Esposito, otro veterano con mucha calle, encarna a un policía que es más amigo de Harry que perseguidor; y más tarde aparecerá Jamie Lee Curtis–, Segan lo presenta todo desde un lugar más reflexivo, tanto por la edad de sus protagonistas como por las implicancias que tiene el creciente peligro que lo rodea, ya que involucra a su mujer y también a su hija (Tatiana Maslany), con la que tiene una nula relación, con todo el dolor que eso le causa.
Estrenada mundialmente en el Festival de Sundance, The Only Living Pickpocket in New York es uno de esos relatos que ya no se hacen muy seguido. Los policiales piden más acción (este casi no la tiene), protagonistas más jóvenes (acá son todos casi septuagenarios) y una tensión y suspenso crecientes. El film de Segan (es su segundo después de Blood Relatives, de 2022) va por otro lado. Es como una especie de secuela de una película nunca hecha que recupera a criminales y policías que fueron importantes 30 o 40 años atrás y que hoy se las rebuscan como pueden, con su sabiduría y también sus limitaciones, sabiendo que todos tienen los días contados y que hay gente que ansía reemplazarlos. Eso sí, no todos parecen capaces de poder hacerlo.
Filmada en las calles menos turísticas de Nueva York al punto que por momentos parece que se respira el olor de las partes menos gentrificadas de la ciudad –hay escenas en sus cinco distritos– y usando excelentes canciones que aparecen aquí y allá para reflejar aspectos de la historia (“New York, I Love You but You’re Bringing Me Down”, de LCD Soundsystem, abre la película y parece comentarla con su letra), la película de Segan dura apenas 88 minutos y va volviéndose cada vez más amarga y melancólica a partir de las travesías y problemas en los que se mete Harry. Para el final, eso sí, se guarda una serie de giros narrativos entre ingeniosos y emotivos que dejarán grabados en la memoria a sus personajes y a la siempre fascinante pero tramposa silueta de la ciudad que nunca duerme.



