
Berlinale 2026: crítica de «Truly Naked», de Muriel d’Ansembourg (Perspectives)
Un adolescente que trabaja para su padre, una estrella del porno, filmando sus películas, entra en crisis cuando empieza a verse con una chica que no ve con buenos ojos lo que hacen.
Alec es un adolescente que se dedica a la pornografía. No es que ve porno sino que hace porno, trabaja en la industria. Lo hace para su padre, Dylan, un actor y productor de películas que trabaja en ellas y lo utiliza como camarógrafo y editor. Es así que el chico, tímido y amable en su vida pública y escolar, en su casa –que funciona como plató de filmación– se pasa gran parte del tiempo viendo a su padre teniendo sexo con algunos de sus «pajaritos», como él llama a las chicas que trabajan para él. Era algo que Dylan empezó haciendo con su madre, que falleció. Y ese es un fantasma que flota a lo largo del film.
Alec (Caolán O’Gorman) está tan acostumbrado a grabar a su padre que casi no lo registra como algo sexual o llamativo cuando lo hace. Pero afuera de casa trata de que nadie se entere. En la escuela a la que empezó a ir en el pequeño pueblo en el que ahora viven, tras mudarse de Londres, nadie sabe cual es el negocio familiar. Y el chico desea que eso siga siendo así. Cuando le piden, para una clase, un trabajo multimedia sobre adicciones, Alec termina aceptando la propuesta de la docente de hacerlo sobre la pornografía. Y lo pone a trabajar con Nina (Safiya Benaddi), una chica bastante directa y feminista que lo lleva a replantearse su manera de entender y de relacionarse con el sexo.
La franqueza sexual de Truly Naked, después de una primera escena llamativa, se naturaliza, de un modo similar a lo que le pasa a Alec. Su padre, Dylan (Andrew Howard), es un veterano performer con ideas bastante tradicionales respecto a su trabajo, y al que le cuesta aceptar otras maneras de pensarlo. Así, mientras Alec y Nina intensifican su relación –que se complica por la manera en la que el chico se maneja con el sexo, acostumbrado más a la brusquedad que a la ternura, a la agresión que a la vulnerabilidad–, su relación con su padre se resiente y complica. Otras subtramas ligadas a lo que sucede en el colegio o a las complicadas experiencias de un par de chicas que trabajan para Dylan se suman a un relato que pone en cuestionamiento, si se quiere, la mirada patriarcal respecto al sexo.

Más allá de algunas escenas y situaciones entre excesivas y un poco torpes, Truly Naked funciona muy bien como una exploración en el mundo de la pornografía a través de una mirada un tanto particular como es la de estos adolescentes que son testigos, si se quiere privilegiados, de lo que sucede en este universo en lo más íntimo. Es Nina quien lleva a Alec a cuestionarse algunas cosas de su propia vida y de su relación con el sexo. Y la directora, a la vez, le propone al espectador hacer un análisis similar. Lo curioso –hasta podría sonar contradictorio– es que lo hace acercándose bastante a las formas de la pornografía.
La película inglesa de la realizadora neerlandesa es un tanto episódica y abarca más asuntos de los que sabe como lidiar, pero salvo algunos –el bullying escolar es tan previsible como innecesario, el personaje de la madre de Nina es más una declaración de principios que un personaje real–, los demás suman a la mirada crítica pero a la vez comprensiva que tiene sobre el mundo que retrata. En ese sentido, un personaje más que interesante es el de Lizzie (Alessa Savage, actriz porno en la vida real), la chica que actúa en la mayoría de las películas de Dylan, quien tiene una similar y ambivalente mirada sobre la industria pornográfica.
Los apuntes más interesantes del film de D’Ansembourg tienen que ver con su análisis de la mirada, algo que sirve para hablar de sexo, de porno y también de cine. Alec filma las escenas detrás de la cámara poniendo el foco en las partes del cuerpo que, según su padre, más «venden». Y cuando le toca atravesar una situación sexual personal, su mirada también se va hacia esas zonas, sin poder mirar a los ojos a Nina. En ese juego –que luego se hará aún más complicado–, esta franca, directa pero a la vez amable y sensible película inglesa encuentra su metáfora más redonda y adecuada. La que mejor resume todas las tensiones –sexuales y de las otras– que se ponen en juego.



