Berlinale 2026: crítica de «London», de Sebastian Brameshuber (Panorama)

Berlinale 2026: crítica de «London», de Sebastian Brameshuber (Panorama)

Un hombre va y viene a menudo de Viena a Salzburgo y transforma sus recorridos en viajes compartidos a través de los cuales va conociendo a distintas personas.

La mecánica es simple y su repetición, engañosa. Bobby va y viene de Viena a Salzburgo bastante seguido y aprovecha esos constantes traslados para convertirlos en viajes compartidos. Si bien el film no explica nunca demasiado bien el operativo, lo que parece hacer Bobby es una mezcla de negocio (lo que cobra, dice, le alcanza para pagar la gasolina) con distracción: en lugar de viajar solo, aburrirse o quizás dormirse en a ruta, aprovecha para mantener conversaciones con extraños. Y eso es, más o menos, lo que narra London, o la excusa que le permite existir como película.

El film de Sebastian Brameshuber solo sale del coche que Bobby maneja en los descansos entre pasajero y pasajero, o en algunos pocos momentos más que aparecerán más cerca del final. Pero en lo esencial es eso que los americanos llaman un two hander: pequeñas escenas entre dos personas, organizadas a modo de plano y contraplano entre Bobby que está conduciendo y su ocasional acompañando sentado usualmente a su lado. Algunos planos de la ruta a distintas horas del día y en distintas temporadas del año completan el panorama visual. Lo demás está en lo que pasa adentro: los diálogos, las historias, las emociones contenidas, las situaciones cómicas, las dificultades de comunicación y otros momentos capturados de la vida de un conductor y sus acompañantes.

Bobby tiene una excusa dolorosa para hacer todo el tiempo ese viaje: un viejo amigo tuvo un ACV y quedó en coma, por lo que él viaja a hacerle compañía semanalmente. Esa anécdota, que contará más de una vez, irá llevando a Bobby a hablar de su vida, de su historia, de su familia y de sus elecciones. Pero en paralelo están las historias de los viajantes: inmigrantes, trabajadores, universitarios, gente que huye de algo o necesita ayuda, y así. Quizás lo más flojo de London es que no muchos de los personajes que acompañan a Bobby –con excepción de tres o cuatro– son realmente interesantes. El centro es siempre él, que aún con su calma y apacible disposición, tiene muchas cosas para expresar.

Acá va una aclaración que creo pertinente. Conozco personalmente a Bobby Sommer bastante bien, por razones que no vienen al caso comentar acá, por lo que la película me termina generando la posibilidad de verlo, escucharlo y pasar un rato con él. El Bobby de la ficción es bastante parecido al verdadero –su trabajo real, más allá de actuar ocasionalmente, tiene que ver con conducir autos– y me es imposible saber hasta qué punto el interés que me genera verlo y escucharlo será el mismo para otros espectadores. Tengo la sensación de que sí, ya que la misma magia que Bobby Sommer (el actor, no el personaje) proyecta en la vida real se siente en la pantalla, por más que su personaje sea más serio, oscuro y en apariencia perturbado que el real.

Más allá de eso –y pese a las debilidades citadas de algunos de sus acompañantes–, London funciona como una reflexión sobre el paso del tiempo, las elecciones en la vida, los riesgos que uno toma (o no toma) y el compromiso que involucran en tiempos en los que todo está corrido de lugar. Bobby hace de su libertad una bandera, una elección de vida que lo caracteriza y que ha jurado no traicionar jamás, pero a veces esa libertad se choca con la responsabilidad y el compromiso. Y hay veces que hay que poner las cosas sobre la mesa y analizar bien qué decisiones tomar.