
Berlinale 2026 / Series: reseña de «La casa de los espíritus», de Francisca Alegría y Fernanda Urrejola (Prime Video)
Los tres primeros episodios de la serie adaptada de la épica novela de la escritora chilenaIsabel Allende fueron presentados en el Festival de Berlín. Se estrenará el 29 de abril.
En la tradición de grandes novelas épicas latinoamericanas –de esas que atraviesan generaciones, la historia de un país y familias por lo general poderosas e influyentes–, La casa de los espíritus es un material perfecto para una adaptación al formato serial. Su historia se expande a lo largo de casi un siglo, toma por lo menos cuatro generaciones en la vida de una familia –y de quienes la rodean– y tiene el flujo temporal y episódico que se corresponde bien con el de los capítulos de una novela. Eso sí: todo eso que la hace adaptable también la puede volver previsible, si se quiere hasta convencional.
Los elementos que llamaron la atención cuando la novela de Isabel Allende apareció, allá por 1982, suenan hoy un poco anticuados, demodé, convirtiendo a la serie en una suerte de telenovela de prestigio, algo así como el world music de las series. Más allá de sus elementos sobrenaturales y las implicancias políticas que tiene –más difusas en la serie que en la novela–, uno observa la serie creada por las chilenas Francisca Alegría y Fernanda Urrejola, y es difícil ver mucho más que un cuidado producto de consumo cultural internacional con una relativa potencia dramática y una relevancia política hasta ahora indefinida.
Los tres primeros episodios de la serie que se exhibieron a modo de preestreno en el Festival de Berlín –en total están anunciados ocho– se ocupan de la primera parte de la novela, más que nada centrándose en las experiencias de Clara del Valle de niña y joven (encarnada por la española Nicole Wallace) a partir de sus “cuadernos de escribir la vida” que encuentra su nieta Alba (la argentina Rocío «Rochi» Hernández) y en los que va contando su historia y luego la de su familia, sumándose allí otros narradores.

Los eventos son, por lo general, idénticos a los de la novela, con apenas algunos cambios menores, otros cosméticos y un menor peso de los conflictos políticos de su tiempo. Incluyen hechos conocidos como la fascinación de la niña Clara por su tío Marcos, viajero y extravagante; el perro Barrabás que hereda de él, la dolorosa historia y accidental muerte de su querida hermana Rosa (la cantante y actriz argentina Chiara Parravicini) en un atentado político dirigido a su padre (el español Eduard Fernández), candidato a senador, y su posterior llamado a silencio, dejando de hablar por varios años. Los primeros episodios incorporan también a la madre de Clara, Nívea (la actriz chilena Aline Kuppenheim), a sus otros hermanos, la ama de llaves y otros personajes clásicos de la novela.
Tras el fallecimiento y la traumática autopsia de Rosa, el que aparecerá con mayor fuerza en la trama es Esteban Trueba (el actor mexicano Alfonso Herrera), enamorado de la bella mujer y devastado por su muerte. El hombre abandonará la búsqueda de oro, levantará una hacienda de la nada, hará una fortuna allí, se convertirá en un personaje detestable (embarazando a decenas de mujeres que trabajan para él y no reconociendo a ninguno de sus varios hijos) y reaparecerá en la vida de la familia Del Valle para casarse con Clara, con la que tiene una relación que irá pasando de fría a complicada. Un rol clave allí lo tiene su hermana Férula Trueba (la mexicana Fernanda Castillo), secretamente enamorada de su cuñada. En el medio habrá más accidentes, más muertes truculentas y, sobre todo, se irá acrecentando el elemento quizás más distintivo de la novela: los dones sobrenaturales de Clara que le permiten predecir el futuro, mover objetos y hasta ver apariciones fantasmagóricas.
Los tres primeros episodios llegan hasta la adultez de Clara (allí aparece por primera vez Dolores Fonzi en ese rol) y todavía, en términos de la novela, queda muchísimo camino por recorrer, ya que Blanca –la hija mayor de Clara y Esteban– todavía es una niña y ella es una figura clave del resto de la historia. Hasta el momento, la serie cuyos episodios dirigen la propia Alegría (el primero y el tercero) y el veterano Andrés Wood (el segundo), deja muy en segundo plano temáticas políticas específicas para centrarse en aspectos más generales y menos “controvertidos”, como el voto de las mujeres, el maltrato a los indígenas y la violencia de género.

Si bien en la novela nunca se nombra a Chile como el país en el que transcurre la historia, es bastante obvio que ese es el contexto. En la serie es aún más difuso: si bien los acentos que usan los actores de distintos países que actúan en la serie podrían definirse como “ligeramente virados al chileno”, los conflictos políticos son pintados en un tono más bien generalista. Pero aún falta para los episodios políticos más conocidos de la novela y del país, por lo que se verá allí cómo la serie se acerca a esos temas y personajes.
Más allá de su conexión local específica, la serie fluye narrativamente con cierta ligereza, especialmente en el primer episodio en el que se van presentando a los distintos personajes y el mundo que habitan. La puesta en escena es prolija, por momentos suntuosa (tiene similares características, al menos en lo referido a su opulencia campesina, a las grandes estancias de Como agua para chocolate o Cien años de soledad, dos series con las que esta “compite”) pero a la vez fuertemente académica, como si las plataformas de streaming no pudieran imaginar otro modelo audiovisual para este tipo de relatos épicos que no fuese el mismo que ya era un tanto anticuado en los años ‘90, cuando Bille August llevó al cine la novela con un gran elenco.
Algunas cuidadas escenas de sexo, un poco de humor negro, mucha atención en el diseño de producción y la dirección de arte, diálogos entre funcionales y explicativos, y un elenco de actores que se toma muy en serio su complicado trabajo de dar una cierta unidad a una serie de una «latinidad» difusa dan como resultado una serie inobjetable desde su prolijidad y respeto al texto original pero un tanto desabrida en lo que respecta a casi todo lo demás. Es difícil encontrarle una personalidad propia a una serie que parece más una aplicada transposición visual de un texto que otra cosa. Lo que uno ve, finalmente, es un producto sin grandes fallas ni problemas evidentes, pero algo falto de vida, de respiración y quizás hasta del espíritu que precisa para tener entidad propia.




Estos productos son la música de ascensor del mundo audiovisual actual… triste etapa de la cultura y el cine.